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En esta entrega intentaré mostrar cómo era el día a día de un ciudadano romano, cómo empleaba y repartía su tiempo e incluso cómo lo medía. Me centraré en cómo era la vida en los dos períodos más prósperos del Imperio, las cuatro décadas de gobierno de Octavio Cesar Augusto, el primer emperador, y la época de los Antoninos, iniciada por mis dos paisanos Trajano y Adriano, a los que les siguió Antonino Pío, sin duda uno de los mejores emperadores y sin embargo de los menos conocidos y Marco Aurelio. Los Antoninos acabaron con el hijo de éste último, el loquito de Cómodo, que la lió parda hasta que lo quitaron de en medio, algo que el chaval se buscó a pulso. Ah, y que no tiene nada que ver con la película Gladiator, que históricamente no tiene base alguna. Pero ya me estoy dispersando, así que centrémonos.


Desglosar en un sólo artículo cómo era la vida de los ciudadanos de Roma sería demasiado extenso y sobre todo pretencioso por parte de este simple aficionado a la Historia. Como de costumbre tampoco quiero aburrirte con largos artículos, por eso prefiero centrarme en lo principal y sobre todo, en temas poco conocidos que nos puedan sorprender. Desde luego intentaré huir del lenguaje erudito o usar demasiados términos latinos poco entendibles para el profano y como dije antes, no extenderme demasiado en algunos temas que, al fin y al cabo, en futuros artículos me centraré de forma más concreta.

El ciudadano romano vivía deprisa, pero no por culpa del reloj, como nos ocurre a nosotros, sino por aprovechar todas las oportunidades y placeres que la capital del Imperio podía proporcionarle. Existían los relojes, pero el horario era tan flexible que nos sorprendería. Hablando de relojes existían dos tipos mayoritarios, el de sol y la clepsidra de agua. No voy a explicar cómo funcionaba el de sol, ya que está medianamente claro, aunque debo informar que la hora cambiaba en cada ciudad y para compensarlo, el palito que hacía sombra sobre las marcas era de diferente tamaño dependiendo dónde se estuviera. De estos los había hasta de bolsillo, se han encontrado relojes de sol de unos tres centímetros.

Luego estaba la clepsidra de agua, un reloj más sofisticado y preciso y que sobre todo servía para medir las horas nocturnas. Incluso había en el foro uno de grandes dimensiones que daba la hora con distintos sonidos y marcaba el día de la semana y el mes. Pero tanto uno como otro reloj no tenían ni de lejos la precisión de los actuales, ya que marcaban las horas, pero no las dividían en sesenta minutos y de segundos ya ni hablamos. Para empezar, los romanos dividían el día en veinticuatro horas, hasta aquí bien, lo simpático del tema era que dividían el día en doce horas diurnas y doce nocturnas, daba igual que fuera verano o invierno.

Total, que de esta manera el día en invierno hacía que esas doce horas diurnas fueran muy cortas, mientras que se alargaban en verano. Si pensamos que el romano solía trabajar de media unas siete horas diarias, en invierno en realidad curraba poco más de unas cinco, mientras en verano se estiraban más de ocho horas de trabajo diario. Sinceramente, me parece de lo más práctico, flexibilidad en el trabajo sin merma de sueldo dependiendo del clima y la época del año.

Asímismo, el romano dividía la semana en siete días, por los siete astros conocidos en aquellos momentos y que les da nombre a cada día de la semana, nombres que mantenemos casi sin alterar. Además hacían la semana inglesa, sábado y domingo libres. Pero encima contaban conque por cada día de trabajo existía al menos uno de fiesta e incluso dos dependiendo de la época del año o si al emperador le daba por celebrar alguna victoria o lo que le viniera en gana. Como es natural, esto sólo servía para los ciudadanos romanos que tenían un trabajo normal en un taller, almacén o taberna, no para los esclavos, estos curraban un día sí y otro también.

Veamos cómo se lo montaba el ciudadano romano en su día a día. Roma, a pesar de ser una ciudad abierta y cosmopolita nunca perdió ciertas costumbres campesinas de su origen. Es por eso que el romano se levantaba justo antes del alba, sólo a los más jóvenes y juerguistas se les pegaban las sábanas, por cierto, una expresión netamente romana, y que conste que levantarse tarde era hacerlo a las ocho de la mañana. Lo primero que hacía era lavarse la cara y las manos, vestirse, picar algo, salir y hacer de "cliente". A ver cómo explico esto de ser cliente...

Una cuarta parte de los romanos no trabajaban, vivían de la annona augusta, lo que sería una prestación social de por vida que les proporcionaba mensualmente el Estado, que tenía la obligación de mantener a sus ciudadanos. Traspolándolo a hoy día, sería como cobrar un subsidio de unos cuatrocientos o quinientos euros mensuales, pero de por vida y sin dar mayores explicaciones más allá de ser ciudadano romano y que no trabajaba porque no le daba la real gana. Todos tenían derecho a esta prestación. Pero como es lógico, la annona sólo daba para alquilar un pisito alto o una habitación en una insula y comer y Roma ofrecía demasiados vicios como para conformarse con eso. Así que todos eran clientes de alguien que estaba por encima de él y que hacía que pudieran vivir mucho mejor sin dar un palo al agua.

Daba igual que fueras un trabajador con un sueldo fijo, que podía ser más del doble de la annona o un beneficiario de este subsidio, todos formaban parte de la clientela de alguien y lo primero que se hacía por las mañanas era salir para atender sus deberes de clientela. No sólo los libertos, esclavos liberados o que habían comprado su libertad, seguían dependiendo de su "amo". Desde el más humilde al más importante, todos los ciudadanos romanos estaban ligados a alguien que era superior en el escalafón social, alguien al que podríamos definir como "padrino", y que tenía la obligación de ofrecer el llamado obsequium como forma de obtener respeto.

El "padrino" tenía la obligación de recibir en su casa a sus clientes, invitarlos a comer o ayudarles con donativos. Si alguno de sus clientes carecía de lo más básico como alimentos, le preparaba una cesta con viandas (sportula), pero lo normal para evitar el engorro de preparar estas cestas era darles el donativo en metálico. En la época de Trajano era una costumbre tan extendida que la cantidad apenas variaba de una casa a otra y estaba estipulada en unos seis sestercios por cabeza y día. Los que tenían trabajo pasaban antes por la casa del "padrino" para recibir el obsequium y sumarlo al salario que percibía en el taller, almacén o en la taberna.

Así que, el romano económicamente privilegiado, tenía que levantarse temprano para atender a las ruidosas recepciones si no quería ver en entredicho su reputación, ya que el poder de un rico se medía por la magnitud de su clientela. Seis sestercios por día no era mucho, así que había ciudadanos y libertos que se buscaban más de un "padrino" para sumar más dinero a la annona o a su sueldo como empleado. Ya he dicho más de una vez que los romanos eran más listos que los ratones coloraos.

Fuera de Roma no había tal obligación por parte del patricio, pero en la capital, la reputación era algo muy serio e importante y un rico ciudadano romano no podía permitirse las quejas de una clientela mal atendida o la falta de saludo o respeto y el tratamiento de señor (dominus) por parte de sus vecinos o apadrinados. De la misma forma que este "padrino" atendía a su clientela, a la vez era cliente de otro que estaba por encima de él, y que tras atender sus obligaciones, iba a casa de su propio "padrino" en busca de su obsequium. Y así continuaba la cosa escalando lentamente en la jerarquizada sociedad romana, todos en busca de su aguinaldo. El único que se libraba era el emperador, que obviamente no tenía obligaciones con nadie.

Como podemos ver, esta forma piramidal de mover la economía de la capital del Imperio era de lo más beneficiosa para todos, aunque para nosotros no lo parezca. El ciudadano se gastaba los dineros en las tabernas, o los espectáculos, cuyos dueños eran esos mismos "padrinos", y estos se gastaban sus dineros en invertir en empresas de sus propios "padrinos" y los tribunos pagaban, como todos, sus impuestos al emperador y parte de esos impuestos volvían al pueblo con la annona, los locales públicos y espectáculos organizados por el emperador. Era un círculo perfecto donde el dinero no dejaba de moverse, cambiando de manos una y otra vez, para beneficio de todos.

Las romanas no tenían que cumplir con esta obligación de la clientela, así que las más humildes se ocupaban de las tareas domésticas y las más pudientes a acicalarse y después ir de visita a casa de las amigas para chismorrear mientras fumaban una pipa de cannabis, para más tarde, tras el almuerzo, dirigirse a las termas. El cotilleo era uno de los grandes pasatiempos de los ciudadanos de Roma. Para los romanos había dos lugares idóneos para las habladurías, uno era la barbería y otro la taberna.

El romano era esclavo de la moda, ir a la peluquería para afeitarse y peinarse era una tarea diaria obligada. La clientela era amplia, así que la peluquería contaba con varios bancos donde mientras se esperaba su turno se daba rienda suelta a la lengua. El centro de los cotilleos, lógicamente eran los supuestos escándalos de la familia imperial. En tiempos de Augusto era su hija Julia, que andaba como loca en busca de nuevos amantes, para vergüenza de su anticuado y viejo padre, que terminó desterrándola después de su último escándalo, organizar una orgía para ella solita de forma pública en pleno foro. O en tiempos de Claudio, el famoso furor uterino de su esposa Mesalina que competía con las más famosas prostitutas del barrio de Suburra, donde por cierto tenía una habitación alquilada para ejercer el oficio como una más.

Es curioso el tema de las peluquerías masculinas, que había por todas partes, ya que el afeitado era norma obligada para un ciudadanos romano. Y también era norma que algunos barberos o tonsores tuvieran mala fama en un arte realmente difícil, como es realizar un afeitado eficaz con una navaja de hierro sobre un rostro en el que no había nada de lubricante, si no sólo agua. Los escritores de la época hacían muchas bromas por los cortes en las barbillas de los romanos. Eso sí, un tonsor realmente habilidoso podía llegar a acumular una auténtica fortuna por los altos precios de su exclusivo servicio.

Las mujeres por el contrario solían acicalarse en casa, donde no faltaban una ingente cantidad de ungüentos, maquillajes y perfumes, así como disponer del servicio de una peluquera, bien una esclava particular, o una profesional contratada. En la época de la República, la romana solía peinarse con la raya en medio y su cabello recogido en un moño o con trenzas. En el Imperio la moda cambió y los peinados se volvieron realmente sofisticados, alcanzando alturas y formas tan complejas como las que podían lucir las damas del siglo XVIII. También eran habituales las pelucas. Gustaban mucho las rubias brillantes, pero también se usaban de variados colores. Las prostitutas solían usarlas de los colores más vivos y brillantes y también utilizaban calzados con plataformas. ¿Fetichismo o para que las vean mejor? Quizás ambas cosas.

Las mujeres iban de visita a casa de amigas, los hombres  a ver a su "padrino" en busca del obsequium, ir a la peluquería, de compras... tal ajetreo daba hambre y para eso no faltaba en cada calle locales o tiendas de comida rápida, donde por un módico precio tomabas un plato de asado, verduras u otro alimento ya preparado y un buen vaso de vino romano, que era bastante fuerte y por eso aguado con alegría. Casi no había diferencia entre un local de comida rápida actual con los de la antigua roma, aunque quizás en Roma hubieran aún más, algunos pertenecientes a una cadena de comida rápida, tal cual pudieran ser los McDonals de la época.

Imagina por un momento en intenso ajetreo de las calles de la Roma Imperial donde habitaban más de un millón de personas. Gente por todas partes, palanquines llevados por esclavos, carros con los que se hacía el reparto diario desde los almacenes a los puntos de venta... Era tal la ingente cantidad de materiales a repartir, que Roma estaba llena de almacenes o polígonos industriales, tanto dentro de la propia ciudad como fuera.

Hubo una época en que por los constantes problemas de atascos y los accidentes, se prohibió el reparto diurno de artículos, realizándose éste por la noche. Así que ahora imagina el ruido de tanto carro y vocerío nocturno, no había quien pegara ojo. Como de costumbre, una ley que intentaba solucionar un problema siempre traía consigo otros. Tampoco las cosas han cambiado mucho en este sentido.

Por las mañanas, estaba el que trabajaba, como dije antes, bien en un almacén, una obra, un taller o una taberna, pero también como dependiente en unos grandes almacenes. A los romanos les gustaba gastar y para eso en el foro podía encontrar una de las grandes superficies, con no menos de ochenta tiendas donde podía encontrarse de todo, sin diferencia alguna con los grandes almacenes actuales. Además el foro era otro lugar de reunión habitual y donde solían estar también alguno de los templos más importantes.

Los romanos ociosos, si no había juegos en el anfiteatro, carrera de cuadrigas en el circo o en el teatro no había una obra nueva o reponían una de las buenas, por norma tiraba para la taberna, donde no faltaba vino, diversión, chismorreos y también juegos de azar. Las tabernas, que podían ser visitadas tanto por hombres como por mujeres, también era el sitio ideal para ligar o encontrar una amante esporádica, ya que el sexo formaba parte de la vida diaria de Roma.

Llegados al medio día, el romano solía volver a casa a comer en familia, además en verano a esas horas las calles iban vaciándose poco a poco, la ciudad se paralizaba, porque igual que nosotros, después de la comida venía la obligada siesta de las que pocos romanos se privaban en época de estío. Otra sana costumbre que ha llegado hasta nuestros días. Así que la siesta no es netamente española, sino propiamente romana. Después de la siesta, pues nada, otra vez a la calle a intentar seguir echando el rato.

Otro lugar de reunión y visita obligada por excelencia eran las termas. Las termas eran mucho más que unos simples baños y piscinas. Para comenzar tenían su zona de deporte, donde se podía practicar una especie de frontón, hacer footing, lanzamiento de peso, jugar a los bolos o ejercitarse en la lucha, a la que eran muy aficionados. Después se podía pasar por la zona de saunas, las salas de masaje y finalmente sumergirse en agua muy fría, pasar a agua muy caliente y quedarse en la piscina más amplia, la de agua templada. Aquí se aprovechaba, tanto hombres como mujeres, para seguir charlando, relacionarse, buscar novia o hacer negocios. Aunque según la época, ambos sexos podían estar separados en las termas.

Por toda Roma había termas de diferentes categorías, desde las gratuitas patrocinadas por un comerciante o empresa, pasando de las más asequibles a las más caras. No obstante, incluso las de precio más elevado nos parecerían hoy día increíblemente baratas. En las termas también había váteres, pero asimismo los podíamos encontrar de forma independiente por toda la ciudad y de nuevo de todas las categorías.

Actualmente podría chocarnos un poco estos váteres públicos. Todos hemos visto algunas imágenes de esos locales, donde vemos unos agujeros, bajo los cuales corría el agua, pero lo que vemos son ruinas, no como eran en realidad. Lo normal es que tuvieran una forma cuadrada pero sin uno de los lados, o bien semicirculares. El váter en sí, estaba recubierto con suave madera, sobre la que te sentabas. Lo que ibas evacuando de tu cuerpo caía directamente sobre agua corriente. Cada váter estaba separado del de al lado por unos apoyabrazos con diferentes formas, siendo la más corriente de delfín. En el centro del cuadrado o semicírculo había una estatua que solía ser una fuente cuya agua perfumada era repartida alrededor del cuadrado por unos pequeños canales, más o menos a unos centímetros de los pies de quienes estaban sentados.

Los que han hecho la mili, igual les suena lo de estar en las letrinas mientras se comparte charla, algunas viandas o se juega a las cartas. Para los romanos este acto era de lo más natural, no era un hecho sucio que debería buscar la intimidad absoluta, sino que además se aprovechaba de nuevo para el chismorreo e incluso hacer negocio. Para limpiarse el trasero se usaba una esponja al final de un palo, normalmente tú llevabas la tuya, porque una cosa es la naturalidad y otra la falta de higiene. El sexo, el cuerpo desnudo, realizar las necesidades fisiológicas eran para el romano algo de lo más natural, que lo son, algo que fuimos perdiendo con la llegada del cristianismo, cómo no, donde todo eso comenzó de golpe a ser sucio y pecaminoso.

Tras terminar la jornada laboral y pasar por las termas, otro pasatiempo era pasear por los amplios y numerosos jardines de la capital, disfrutando del frescor de sus fuentes y la vegetación, de las impresionantes estatuas que se exhibían y de algunos músicos callejeros que tocaban la lira. Estos paseos los dabas con tu pareja, con los amigos o en grupos de ambos sexos. También había bancos donde sentarte y compartir una buena jarra de vino con los amiguetes y sobre todo, también era un lugar ideal para ligar, bien una pareja estable o buscar un rollete de una noche, consumarlo entre la vegetación del parque a la caída de la noche, en un portal o en el dormitorio de uno de los amantes, o bien alquilar una habitación en uno de los numerosos hoteles y posadas de la capital.

Con la caída de la noche el romano daba por terminada la jornada, pero no todos, claro. Una ley no escrita venía a decir que hasta los veinticinco años el romano no tenía porque tomarse la vida en serio, si no que su obligación era divertirse lo más posible. Así que si a los chavales les quedaban suficientes sestercios, el destino natural era la taberna, donde iniciar la juerga nocturna tras haber dejado a la novia en casa, el que la tuviera, claro.

El vino calienta la boca, la sangre y otras partes del cuerpo, así que tocaba darse una vuelta por uno de los numerosos prostíbulos de la ciudad. Por cierto, tanto los burdeles como las prostitutas, totalmente legales, pagaban impuestos, algo que si hoy se hiciera se acabaría con parte de la crisis actual en la que andamos inmersos, pero con tanto mojigato a ver quién es el guapo que propone tal medida de lo más práctica y sensata.

Pero ir a visitar una meretriz era algo diferente a lo que ocurre hoy día. De entrada los precios eran casi ridículos, imagina que por dos o tres euros puedas disfrutar de los placeres de una hetaira. Aunque como en todo, había categorías, desde las más económicas a las tremendamente caras, que te podían costar una fortuna por una noche de placer. Pero los prostibulos más normalitos, como dije antes, eran tremendamente baratos. Pero cuidado, si por culpa del vino o cualquier otra causa no funcionabas y no dejabas satisfecha a la prostituta, lo normal es que el encargado te echara a patadas del lugar por no dar la talla llamándote de todo un poco, mientras la chica se acordaba de parte de tu familia.

Y ahí ibas, borracho, sin haber funcionado, con dos buenas patadas en el culo por parte del encargado del prostíbulo y cabreado. Pues la lías. Rompes, cantas, gritas... hasta que llega la policía nocturna, que normalmente también eran bomberos y lo que hiciera falta, y te echan la bronca, pero claro, estás con la papa y te envalentonas con quien no debes, así que lo normal es que termines en un calabozo pasando la borrachera tras recibir una buena paliza.

Como comenté antes, no quiero extenderme mucho en este artículo y he querido contar de forma bastante breve, lo que era más o menos un día normal en la vida de un ciudadano romano. Me faltan infinidad de detalles, como por ejemplo, qué hacía cuando había juegos en el anfiteatro o carreras en el circo, o todos los servicios detallados de unas termas, los colegios, el matrimonio, cómo se lo montaban con el sexo en Roma o el papel de los esclavos en la economía y en los quehaceres diarios, pero serán temas a tratar en próximas entregas.

Espero que esta serie de artículos sobre la vida en la Roma Imperial te estén gustando y te resulten interesantes y entretenidos, además de aprender un poco más de dónde viene realmente nuestra cultura, nuestra propia civilización, ya que nunca hemos dejado de ser los mismos romanos que vivieron hace dos mil años.

José Luis Carranco

PS: Por cierto, se agradecen los comentarios a continuación de todos los artículos que se publican, es la mejor forma de saber que lo que se publica gusta o no, e intentar mejorar, y saber además los temas que más os atraen. Muchas gracias :)

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Comentarios 

 
+12 #1 Antonio G. 17-08-2011 16:58
Como en los anteriores artículos, un trabajo excelente que nos acerca la historia de forma amena y entretenida utilizando un lenguaje natural. Es leer y parece que me lo están contando cara a cara, algo que lo hace aún más interesante, aparte de comprobar que ha habido detrás un buen trabajo de documentación. Si no es mucho pedir, espero pronto una próxima e interesante entrega. Muchas gracias por tan formidable trabajo. Saludos.
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+7 #2 Dariana 17-08-2011 17:05
:lol: ya espero el siguiente.
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+7 #3 maleni Elan 19-08-2011 00:00
Excelente.... muy buen articulo, mis felicitaciones.
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+5 #4 Malissa 23-09-2011 08:18
Me encantan tus artículos, se ve que te gusta la cultura romana como a mi. Espero el próximo con impaciencia. Gracias
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+6 #5 Luís Antonio 05-11-2011 16:42
¡Fantástico! Muy cercano, fácil de entender y con una documentación realmente estupenda. ¿Tienes más?

Gracias, y saludos.
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+3 #6 juli 01-11-2012 20:15
Muy buen trabajo. Me encanta la historia romana (bueno, toda) Tengo muchas preguntas y respuestas de la historia romana sacadas de un programa de televisión. ¡¡enhorabuena!!
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+2 #7 JEduardo de Colombia 09-12-2012 23:54
Muy entrenido y fácil de entender. Mil gracias por la iniciativa. +5
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0 #8 monica 18-02-2013 19:22
:D :D :D :lol: :D :D :D que guay y y y y y y y y y y y esta muy bien escrito y muy bien explicado .
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