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Como comenté en el prólogo de esta serie de artículos sobre la vida cotidiana en la Roma Imperial y la similitud con nuestras actuales ciudades, edificios y forma de vida, podría comentaros que, si un romano viajara dos mil años en el tiempo y se encontrara en uno de los cascos antiguos de nuestras grandes ciudades, es muy probable que no notara casi diferencia alguna, en todo caso, que nuestros edificios de viviendas son mucho más feos y grises en comparación con los suyos. Obviamente no me refiero a los grandes palacios imperiales, ni las lujosas casas solariegas, sino a los barrios de Roma, donde predominaban dos tipo de viviendas la dumus y la insula.


Es tanta la información que quiero ofrecer, que es posible que a veces me disperse un poco y me salga del tema central de este artículo. De entrada pido que me disculpéis, pero intentaré desperdigarme lo menos posible y volver al redil con rapidez, ya que mucha de esa información aparte del tema central de las viviendas romanas, las trate en futuras entregas. También intentaré no extenderme demasiado y centrarme en lo primordial y más interesante, no tengo la intención de aburrir o hacer una exposición para estudiosos del tema, para eso están las bibliotecas y obras mucho más completas y eruditas de las que pueda escribir este simple aficionado a la Historia. Comencemos...

Roma, comenzó siendo una pequeña aldea y llegó a ser una de las ciudades más grandes y modernas de toda la historia conocida, desde la que se gobernaba un Imperio como pocas veces se ha visto y que llegó a durar más de seis siglos. Una de las características de aquel primigenio pueblo fue, que a diferencia del resto de otros que poblaba Italia, era capaz de absorber todo tipo de conocimientos y mejorarlos. Roma era una ciudad abierta a todo y a todos, algo que la enriqueció en todos los sentidos, tanto cultural como técnicamente. No hacía diferencia de raza o procedencia a todos los que querían instalarse en la ciudad en busca de una oportunidad. Esta apertura de mente de los primeros gobernantes romanos les hizo adaptar, por ejemplo, las calzadas etruscas, pero mejorándolas y gracias a ello, ir expandiendo su territorio hasta ocupar toda la península Itálica.

Con la República, sus ejércitos llegaron a un nivel de sofisticación armamentística y estratégica, que el pueblo romano llegó a sentir una seguridad en sus legiones que ningún otro podría tener. Con la llegada de Cayo Julio Cesar la expansión romana fue impresionante, siendo el primer cónsul romano en atravesar el río Rin e internarse en tierras germanas. Y entonces, tras una de sus innumerables guerras civiles, llegó el primer emperador: Augusto, que llevó a Roma a un nivel que no se volvió a ver hasta la llegada de Trajano y los Antoninos. Su largo reinado de cuatro décadas de paz, llevó a los ciudadanos romanos y a la economía del Imperio a una prosperidad nunca vista, lo que hizo que la capital se convirtiera en lo que llegó a ser, el ombligo del mundo conocido

Como todas las ciudades de la antigüedad, Roma tenía unos límites marcados por sus murallas, y aunque sucesivamente fue ampliando su perímetro, llegó un momento en que tantas eran las personas que llegaban a la capital del Imperio para trabajar e instalarse, que al no poder crecer de forma horizontal, comenzó a hacerlo de forma vertical, algo que podemos ver en nuestras propias ciudades a pesar de no contar con murallas que las limiten. Esta verticalidad dio a Roma sus primeras insulae, en plena República, unos tres o cuatro siglos antes de Augusto.

Pero antes de seguir hablado de domus y de insulae, me he dado cuenta de que no os he explicado la diferencia entre ambas y lo que significa. Bien, la dumus solía ser una casa amplia e independiente de una o dos plantas y normalmente eran propiedad de aristócratas, altos cargos públicos o ricos comerciantes. La domus sería lo que hoy llamamos chalé o incluso mansión. La insula eran edificaciones más altas, con varias plantas divididas en cenacula, lo que serían pisos, con varias habitaciones que tenían los mismos usos que les podríamos dar hoy día. Incluso la distribución tanto de la domus como de los pisos de una insula tenían un orden similar a las actuales. Un vestíbulo, después la cocina, el salón, las habitaciones, el baño... Como podéis ver, poco ha cambiado en la forma y uso de las viviendas en dos mil años.

La ciudad de Roma estaba dividida en catorce regiones, lo que hoy serían distritos, y en la época del Imperio se contabilizaban en la capital casi unas dos mil domus y unas sesenta mil insulae, que no es poco, aunque son cifras siempre aproximativas, a pesar de estar en documentos censales de la época. Pero no podemos olvidar que aunque los romanos era tremendamente escrupulosos con los censos, a veces, la desidia de los funcionarios, que igual copiaban un documento anterior alterando levemente las cifras, hace que tampoco podamos fiarnos al cien por cien y que quizás fueran aún más, tantas como para poder llegar a albergar a más de un millón de habitantes.

Lo curioso para la mentalidad actual, es que dentro de estos distritos no había exclusivos barrios con chalés para las clases más pudientes y barrios con bloques de viviendas para la plebe, sino que ambas formas de vivienda compartían espacio dentro de las diferentes regiones de la ciudad. Esto demuestra una vez más el carácter igualitario y cosmopolita de Roma, donde un alto dignatario vivía junto a las más humildes viviendas. De hecho, Julio Cesar, descendiente de una de las grandes familias patricias y que alcanzó las más altas cotas de poder, durante una larga parte de su vida vivió en el barrio de Suburra, uno de los de peor fama de la capital.

Un detalle que tenemos que tener en cuenta antes de comenzar a hablar en profundidad de las viviendas romanas, es que no podemos hacer comparaciones con las encontradas en Pompeya y Herculano, sin duda las mejor conservadas gracias a la erupción volcánica del Vesubio que las mantuvo intactas, con las viviendas de la capital del Imperio, ya que aquellas estaban edificadas en un lugar netamente turístico y de veraneo, nada que ver con una capital. En todo caso, nos sirve para poder ver con exactitud su forma, la decoración, el mobiliario, los jardines... pero sólo podemos usar estos conocimientos para complementar los huecos que dejan las propias ruinas de Roma.

Lo que más puede llamar la atención es el aspecto tan moderno de los edificios romanos, tanto en su tamaño como en su forma. Dentro de la capital, la domus, dependiendo del poder económico de su propietario, podía tener desde unos doscientos a unos ochocientos metros cuadrados. Aunque estos tamaños son una media, ya que las podía haber mucho mayores cuando se trataba de una persona realmente importante. Aunque en estos casos preferían salir de las murallas de la ciudad, donde el espacio no era problema. No obstante, altos cargos públicos también tenían una domus cerca de la zona gubernamental del palacio imperial por motivos prácticos de desplazamiento a su lugar de trabajo. Aparte, lógicamente, de disponer de una en el campo o en la playa.

Comencemos a ver su forma y las impresionantes comodidades que tenía, nada que envidiar a las actuales. Por ejemplo, si la domus era de un comerciante, solía tener dos plantas, una superior donde estaban los dormitorios y algunos salones y una inferior que era ocupada por locales de almacenaje y manufactura de los productos con los que comerciaba. También disponía de una zona de carga y descarga para su distribución y solía tener un local abierto al publico, bien una taberna o una tienda donde vendía sus productos directamente a los consumidores.

Algo que no faltaba en una domus eran los baños que disponían de calefacción centralizada. Cuando hablo de baños no me refiero a una simple bañera, sino a varias piscinas, unas con agua fría, otra caliente y templada, así como una sauna, a la que eran tan aficionados. La calefacción se distribuía por el suelo, algo que se está comenzado a instalar hoy día en las casas más modernas, pero como veis, no es nada nuevo. Bajo un suelo, por ejemplo de mármol, había una serie de huecos por donde corría agua o aire caliente procedente de unas calderas llamadas hipocaustum. El aire caliente al pesar menos que el frío, se elevaba, calentando toda la estancia. Este tipo de calefacción podían extenderse por todas las habitaciones de la domus y de no ser posible, siempre contaban con estufas de bronce, que podían estar bellamente trabajadas. En la planta baja nunca faltaban los jardines con fuentes, ya que una de estas viviendas solía disponer también de agua corriente distribuidas por sus correspondientes cañerías de plomo o cobre.

Otra comodidad que se ha descubierto hace no mucho, y que impresiona, es que muchas piscinas y salones de las domus disponían de grandes ventanales. Esto podría parecer un inconveniente en el frío invierno y durante todo el año por el ruido habitual de una ciudad de tal tamaño. Pero para eso los romanos inventaron algo que nosotros conocemos como Climalit, doble cristal en las ventanas para aislar térmicamente la vivienda y de la misma manera, evitar los desagradables ruidos procedente de las calles cercanas. Una comodidad de la que disponemos en nuestras viviendas desde no hace mucho y la verdad, no todos tenemos este tipo de ventanas y desde luego, no con la eficacia del sistema romano, que aunque nos parezca mentira, sigue estando por delante de la actual.

Las paredes estaban ricamente adornadas con pinturas, los suelos contaban con hermosos mosaicos, los jardines con exuberantes plantas y exquisitas estatuas, sin embargo, algo que nos llamaría la atención hoy día sería la escasez de mobiliario, tanto en los salones como en las habitaciones. Aunque he podido leer en algunas exposiciones que los romanos tenían una rica variedad de mobiliario, esto no es cierto ni está probado. El romano era muy práctico en este sentido y los muebles eran muy escasos para la mentalidad actual, aunque el dueño de la casa tuviera una enorme fortuna. Lo rico del mobiliario no era su variedad, si no su cantidad, el material en que estuviera construido y sobre todo por sus ricos adornos.

El mueble romano por excelencia, ya sea en un piso plebeyo o en una casa patricia, era la cama, donde se dormía, echaba una siesta, comía o recibía visitas. Por norma se tenía tantos y variados lechos como su posición les permitía. La mayoría eran individuales, llamados lectuli, los había de dos plazas, el lectus genialis, normalmente usado para dormir en pareja y sobre todo para tener relaciones sexuales, de ahí lo de genialis. En tercer lugar el más usado y conocido, el triclinium, la cama de tres plazas, que indefectiblemente da nombre a todos los demás a causa del cine, donde tenga el tamaño que tenga, siempre es un triclinium. Los que querían hacer alarde de su riqueza los tenía incluso de seis plazas o más.

Como comenté antes, el más usado era el triclinium, que se usaba en los salones donde se organizaban banquetes o se recibía visita. Era el ideal para comer y charlar en compañía. Aunque nos puedan parecer incómodos a primera vista, los romanos tenían cogido el tranquillo a las posturas ideales para que el confort sobre el triclinium fuera el ideal. La mayoría eran fabricados con madera, encina o arce, pero los había de bronce con las patas de marfil e incluso los más ricos los podían tener de plata maciza. Sea como sea, la cama era el mueble por excelencia de los romanos, ya fuera un rico patricio en una domus o un plebeyo en una insula.

Los romanos apenas utilizaban otros muebles. Sus mesas no tenían nada que ver con las nuestras, grandes y de cuatro patas, que comenzaron a usarse ya en la época cristiana. Normalmente lo que podíamos considerar mesas eran una placa de mármol apoyada sobre un único pie redondo, cuyo uso era exponer bellos y ricos adornos para demostrar la riqueza del propietario o bien unas mesillas redondas de madera con tres patas, casi siempre plegables y que por norma estaban rematadas por garras de león. Estas mesillas eran las más utilizadas y se usaban para colocar las viandas y las jarras de vino para los comensales y visitas.

En cuanto a las sillas, la cosa se complica, prácticamente no se han hallado restos y los escritos casi ni las nombran. Según todos los estudios raramente había sillas en una casa. Algo normal, ya que como he apuntado antes todo se hacía tumbado o reclinado sobre una cama, incluido leer o escribir. No había realmente necesidad de tener sillas y en muy pocas casas las había. Igual podían encontrarse algún que otro taburete, pero poco. Sí existían unas sillas con respaldo alto llamadas cathedra, usadas por sacerdotes, jueces o maestros. De ahí nos ha llegado lo que actualmente se conoce en las Universidades como cátedra, que no es otra cosa que tener un asiento de los buenos porque eres un pedagogo de nivel.

Pero a todos os sonará esas sillas plegables de madera con su asiento de cuero, parecidas a las típicas que llevamos a la playa. Pues bien, éstas eran las más usadas. De hecho, el tema de que fueran plegables era porque normalmente cuando ibas de visita y por un casual sabías que tenías que esperar o bien la persona que ibas a ver era de un nivel muy superior al tuyo e igual no te invitaba a tumbarte en el triclinium, pues llevabas tu propia silla contigo. Habitualmente eran de madera, pero no podemos olvidar que Julio Cesar llevaba una que era de oro macizo, bueno, no la llevaba él personalmente, que para eso tenía sirvientes para tal menester. Pero como digo, la silla como la conocemos hoy día era una rareza.

En cuestión de otro tipo de mobiliario, algunos pensaréis en armarios o arcones para la ropa. Sí, había armarios, pero como eran más listos que nosotros, ya entonces utilizaban armarios empotrados y los arcones, normalmente eran para guardar documentos o cosas de valor. También podíamos encontrar candelabros y lámparas de aceite, que normalmente eran de bronce. Pero donde se demostraba la riqueza del dueño de la casa era en la cantidad de plata, oro y piedras preciosas y semipresiosas que pudieran llevar incrustados sus escasos pero exclusivos muebles.

Me gustaría recalcar que aunque existían las camas de dos plazas, estas no eran normalmente usadas para dormir en pareja, que también estaba esa posibilidad, pero los matrimonios romanos solían dormir en habitaciones separadas, cada uno en su propia cama individual. Es por esto que los dormitorios solían ser pequeños, con la cama, una lámpara de aceite y un brasero de bronce para las noches de invierno y nada más. Esto de cada uno en su dormitorio me parece ideal, ya que de esta manera no tienes que soportar los ronquidos del que tienes al lado, que igual habla en sueños, se mueve dormido o lee y está con la luz encendida durante horas e incordia, reconozco que yo soy de esa especie molesta y aún no sé como no me han enviado a dormir a otra habitación.

A pesar de esta aparente escasez de mobiliario, no debemos olvidar que los suelos estaban bellamente adornados con mosaicos, todas las paredes pintadas con bellas y coloridas imágenes. Además tenían espléndidas alfombras y el salón, donde solían haber varios triclinia, por norma contaba con una ingente cantidad de almohadones y cojines de vivos colores y suaves tejidos adamascados, tanto en los mismos triclinium como por los suelos. Y cómo no, ricos cortinajes en los ventanales.

Otro mito sobre las casas romanas era la escasez de luz a pesar de contar con grandes ventanales y gran cantidad de ventanas, así que los historiadores de hace medio siglo seguían viendo las domus como lugares oscuros, llenos de lámparas y candelabros de aceite, asfixiantes, con un fuerte olor, y con las paredes ennegrecidas por la cantidad ingente de humo de las luminarias. Como se ha ido comprobando, por ejemplo, las pinturas de las paredes o los techos, siempre adornados con vivos colores, no presentan la acción de tales humos en una cantidad excesiva, más allá de lo que podría considerarse normal en una iluminación netamente nocturna.

Este mito viene sobre todo dado, a que hace unas décadas pensaban que los cristales fabricados por los romanos eran totalmente opacos, eso los que se lo podían permitir, según estos mismos historiadores. Se pensaba que la industria del cristal era algo extraño y en exceso caro, pero los últimos descubrimientos nos habla de que era mucho más diferente de lo que se pensaba. El soplado de vidrio se conocía ya un siglo antes de la llegada del Imperio, así que fabricar planchas de cristal no era nada complicado, lo que podría serlo en todo caso serían las copas de cristal que se usaban asiduamente o las figuras bellamente labradas y trabajadas, que también las había, pero no lo que podíamos considerar cristales para ventanas, que las había en todas las casas. Y además, como apunté antes, ya se usaba el doble cristal, algo que incluso hoy nos resulta novedoso.

Pero muchos historiadores, incluso algunos actuales, piensan que todos esos grandes ventanales y las innumerables ventanas estaban cubiertas por una especie de papel encerado o pieles finas, algo propio de la Edad Media, pero no de la Roma Imperial. Piensan que las ventanas sencillamente tenían algunas cortinas y contraventanas de madera, y como también llovía y hacía frío o calor, siempre estaban cerradas. Como hemos visto, los romanos eran gente que le gustaba la comodidad y eran bastante prácticos y desde luego, no tenían un pelo de tontos. En una civilización tan avanzada como lo puede ser la nuestra, sería estúpido pensar que sus viviendas contaban con tantas ventanas para finalmente tenerlas tapadas.

Como digo, no eran tontos y la construcción de una pared con muchas ventanas no era algo sencillo para la estabilidad de los muros que soportaban un gran peso sobre ellos, por lo que por lógica su función era la de suministrar luz solar a las viviendas, hiciera frío, calor, lloviera o hiciera viento. En lo que algunos historiadores de anteriores décadas y como digo, incluso algunos actuales se apoyan para la teoría de la falta de cristal en las ventanas, es la escasez de restos de estos materiales en las ruinas encontradas. Veamos algunos detalles que quitan todo su peso a esta teoría.

De entrada muchas ruinas de domus e insulae cuentan con restos de un marco de madera en sus ventanas. De hecho lo que llevó al descubrimiento de que usaban doble cristal era que dichos marcos estaban trabajados precisamente con huecos para alojar dos láminas de cristal separadas por algunos centímetros. Otro detalle que justifica la falta de restos de esos cristales es que el reciclaje en los anteriores dos mil años estaba a la orden del día, absolutamente nada se desperdiciaba y todos sabemos que el cristal, el papel o el metal, son de los materiales más fáciles de reciclar. Al igual que a muchas construcciones romanas, que usaban hormigón armado, les han sido retiradas las barras y grapas de hierro que unía los bloques para su posterior reciclado y uso, algo que podemos observar fácilmente en las piedras del Coliseo de Roma. El cristal, por su valor, no podía sufrir un destino diferente: el reciclaje.

Pasemos ahora a las insulae o bloques de pisos. La insula contaba con ciertas características, unas positivas y otras tremendamente negativas. Como comenté anteriormente, cuatro siglos antes de nuestra era, en plena República, ya existían las insulae, que por norma llegaban a las cuatro o cinco plantas de altura. A todo el que llegaba a Roma impresionaba esos edificios, pero llegó un momento que eran tan habituales que hubo que esperar a la llegada del primer emperador Augusto para comenzar de nuevo a sorprender al visitante por las vertiginosas alturas que llegaron a alcanzar.

Las técnicas de construcción, el uso del arco o el hormigón armado, que posibilitó construir el Coliseo con sus cincuenta y dos metros de altura, también hizo posible la construcción de auténticos rascacielos. La más famosa insula de la que se tiene referencia por su impresionante altura, era la insula Felicles. Se desconoce el número de plantas y la altura total de este edificio que llegó a durar en pie unos doscientos años y que era calificada de autentico monstruo por personas que estaban acostumbradas a hacerlo todo a lo grande. Posiblemente, esta insula no tendría nada que envidiar a los rascacielos neoyorquinos, aunque quizás no dejaba de ser un caso aislado.

Para que nos hagamos una idea de como era una insula, sólo tenéis que imaginar los patios de vecinos. Solían ser cuadradas y en la parte interior del cuadro estaba el patio con las escaleras y los pasillos que conectaban las diferentes cenacula o pisos. Pero las altas insulae tenían un gravísimo problema. Como hoy día, existían los constructores especuladores que ahorraban sus buenos dineros utilizando materiales de mala calidad, por lo que la insula sufría constantemente del peligro de derrumbe. De ahí que Augusto, cansado de ese peligro, pusiera límite a la altura de los bloques de pisos en veinte metros, para evitar en lo posible el peligro de colapso del edificio.

Queda claro que el peligro de estos derrumbes no sólo era la altura exagerada que algunos edificios alcanzaban, sino la usura de los constructores en utilizar materiales defectuosos para abaratar costes y tener un mayor beneficio en los alquileres, ya que la siempre impresionante insula Felicles, fue la más alta nunca construida y doscientos años después de su edificación, seguía en pie sin mayores problemas, algo de lo que los edificios actuales no podrían presumir.

Exteriormente la insula estaba bellamente adornada con vivos colores y pinturas. Tenía muchas ventanas y balcones de los que pendían plantas y macetas con flores. Eran habituales las enredaderas que escalaban las paredes de las insulae, dotándolas de vistosidad y frescor. En la planta baja estaban los comercios más variados, también con toldos de ricos colores y desde luego, no faltaban las fuentes cercanas a las insulae, que servían para suministrar agua al vecindario.

Ya he comentado la forma de las insulae, con su patio interior, pero veamos su distribución. Lo más destacado era que conforme más alto se vivía, menor era el poder adquisitivo de los inquilinos y peor era la vivienda. En los bajos de las insulae podíamos encontrarnos dos cosas, o bien los típicos locales comerciales como las tabernas, fruterías, carnicerías, zapaterías y colmados, o bien una vivienda, normalmente la del dueño de la insula, y que era calificada como domus, con las mismas comodidades de las domus en sí mismas como la calefacción o el agua corriente. Pero por norma, en el bajo de las insulae lo que podían encontrar los romanos eran los típicos locales comerciales.

En estos casos las viviendas privilegiadas estaban en la primera planta, que contaba con grandes balcones con jardines, bastantes habitaciones y las comodidades de una pequeña domus. Una curiosidad es que por las características de estas primeras plantas, eran conocidas como principales, algo que ha llegado hasta hoy día, ya que en muchos lugares se sigue usando para definir a la primera planta como el principal, aunque las ventajas de entonces se hayan perdido. Es normal escuchar, el bajo, el principal, la segunda planta u oír decir a alguien, yo vivo en un principal, o sea, una primera planta de una insula o bloque.

Como dije, conforme se ascendía en la insula, se descendía en clase social. Las comodidades se perdían a partir de la planta principal. El agua había que cogerla de una fuente pública con la que podía contar la propia insula o ir a las disponibles por las calles, no contaban con calefacción y desde luego no disponían de baño. Incluso se podía carecer de cama, siendo ésta en vez un mueble, una construcción de ladrillos pegada a la pared en la que se ponía un jergón para dormir. Es por ello, que los inquilinos de las insulae pasaban en ellas el menor tiempo posible, llenando las calles, el anfiteatro o los jardines y baños públicos, cualquier cosa antes de estar en una incómoda y a veces insalubre vivienda.

Otro problema que ocasionaba las insulae era el constante peligro de incendio, tan habituales en la capital del imperio, por ello dotada de varios cuerpos de bomberos en cada región o distrito. Los vecinos de los pisos más humildes utilizaban braseros y ascuas, que a menudo prendían en cortinas o mantas y ya la teníamos liada. Como he dicho, los incendios era algo que preocupaba mucho a las autoridades, que no paraban de dictar normas para impedirlos, casi siempre con escaso éxito.

Recordar el incendio más catastrófico de Roma ocurrido en el año 64 durante el gobierno de Nerón, quien no lo causó ni mucho menos, todo lo contrario, hizo todo lo posible por ayudar a la población con medidas sociales e indemnizaciones importantes y extraordinarias para la época y luchó contra el fuego con todos los medios disponibles. Algún día igual escribo sobre Nerón, el emperador más injustamente vilipendiado por sus contrincantes políticos y siglos después, por los cristianos, siempre intrigantes y sedientos de poder. Creo que ya va siendo hora de contar sus logros y buen gobierno y cómo no, sus malos actos, pero sin dejar de señalar que fue uno de los emperadores más queridos por el pueblo, a pesar de lo que se pueda leer o ver en el cine. Pero eso será en otro momento.

Destacar que en las insulae, los vecinos no eran propietarios de los pisos, sino que estos siempre eran de alquiler, y como es lógico, cuanto más alto vivías, más barato era. Un rico comerciante podía tener varias insulae, de las que se encargaba un casero, que posiblemente viviera en la planta principal. El dueño le alquilaba la insula al casero y este aumentaba el precio del alquiler a los arrendados para tener sus ganancias. También era habitual el realquiler de las viviendas o bien, alquilar un piso y realquilar las habitaciones que no se usaban de forma individual. Algo que hoy día también ocurre. Las insulae también disponían de porteros y personal de mantenimiento, normalmente esclavos al servicio del dueño de la insula.

No quiero terminar sin hablar de la principal domus de la capital del Imperio, la dumus imperial, sin duda la mayor y más impresionante. Hay que destacar sobre todo la construida por Nerón, la Domus Aurea, que alcanzaba una extensión de ochenta hectáreas y que contaba con casi doscientas estancias entre habitaciones y salones. Pero cuidado, no confundamos la domus del emperador con los palacios de los reyes actuales, que también son inmensos, pero exclusivos de la familia y su servidumbre. La domus imperial de Roma no sólo era la vivienda del emperador, que ocupaba una ínfima parte de todo el edificio, sino que también contenía los diferentes ministerios, más de mil funcionarios, casi todos libertos imperiales, los archivos con toda la documentación y libros para gestionar el Imperio...

En definitiva, el lugar donde se gobernaba en todos los sentidos. El Senado, en la época imperial, no pasaba de ser un mero adorno, poco más que los actuales senados. Pero lo que quería recalcar es precisamente eso, que la domus imperial podía ser inmensa, una pequeña ciudad dentro de la gran ciudad, y para poder hacer una comparación o hacernos una idea, imagina cómo sería en la actualidad si todos los ministerios y edificios gubernamentales y su inmensa burocracia y funcionarios, estuvieran ubicados en un mismo lugar. Necesitaría ochenta hectareas o más aún. Por eso, los que criticaban la opulencia del emperador y su enorme domus con sus extensos jardines, debería antes pensar que los aposentos imperiales y las zonas de asueto del emperador, eran sólo una pequeña parte de la domus.

Espero que este artículo haya servido para hacerte una idea de cómo eran en realidad las viviendas en la capital del Imperio Romano y haber conseguido que te resultara interesante y que no te haya parecido aburrido. Podría haberme extendido bastante más y haber profundizado en muchos otros detalles, pero he preferido ir a lo más básico, ya que es casi seguro que los comente en próximas entregas. Como puede ser en la siguiente, donde hablaré cómo llenaba su tiempo el ciudadanos romano, cómo lo medía, las diversiones, el trabajo y las muchas oportunidades que ofrecía la vida en la Roma Imperial.

José Luis Carranco

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Comentarios 

 
+7 #1 Antonio G. 11-08-2011 18:45
Brillante artículo, como todos los anteriores. Se nota que la documentación es buena y que rellena algunos huecos a pesar de la brevedad del texto, que se ve conciso y huyendo de las complicaiones técnicas y antropológicas para mostrarnos la vida real de forma clara. Estoy ansioso por leer el próximo artículo de esta interesante serie. Gracias señor José Luis Carranco por regalarnos su tiempo y su buen saber hacer como escritor y articulista.
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+6 #2 Damian 18-08-2011 15:22
MUy bueno, siguiendo la historia y los conocimientos que no nos enseñan ni siquiera ne la escuela. Muchas gracias y voy a por la siguiente entrega......
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+3 #3 Malissa 23-09-2011 09:00
LLevo mucho tiempo buscando por la red información sobre el uso de ventanas de cristal en la antigua roma, hace una semana encontré varias referencias pero lo que he leido aquí, la gran abundancia de ventanales y el doble cristal me ha dejado estupefacta ¿de dónde sacas tanta información? gracias por compartirla
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+4 #4 José Luis Carranco 23-09-2011 09:18
La verdad es que los romanos tenían fábricas de vídrio, ya antes incluso de la llegada del Imperio. Conocían el soplado de vídrio y el uso de vasos de cristal era de lo más habitual, algunos bellamente tallados.
Como es obvio, si fabricaban vasos, una lámina para proteger ventanas no tiene complicación alguna, ni era algo que tuviera un precio alto, así que parece que su uso era generalizado.
El uso del doble cristal es un descubrimiento que se hizo hace ya unos años en las ruinas de Ostia.
Estoy permanentemente atento a cualquier nuevo descubrimiento sobre Roma, algo que ocurre con frecuencia conforme se estudian sus restos y que por norma, siempre sorprenden y además, tengo un amigo historiador enamorado de Roma, con el que debato durante horas y horas, discutiendo sobre los más novedosos descubrimientos .
En breve colgaré unos vídeos sobre la tecnología de los romanos, que es bastante actualizado, aunque tiene unos años y ya han aparecido nuevos datos, y precisamente ahí hablan sobre el descubrimiento del uso de doble cristal en las ventanas como forma de aislamiento.
Muchas gracias por los comentarios, ayudan a conocer el interés por estas cositas que escribo. Un abrazo a todos, todas.
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0 #5 Carlos Augusto 05-01-2014 17:42
En verdad he leido un bello artículo, que me hace admirar aún más los logros y la organización del imperio romano. Recién me despacho con el tema de los vidrios dobles, siempre me formulé la pregunta sobre con qué cubrían los romanos sus aberturas, pensando que el vidrio plano (menos el doble) no estaría a su alcance. Estoy en descuerdo con el pretendido uso del hormigón armado. No lo usaron, ni en el Coliseo ni en otros monumenetos conocidos. El HºAº es un procedimiento constructivo donde se aprovechan las cualidades del hierro (o el acero) por su resitencia a la tracción mientras que el Hº (de cemento puzolánico de la época de los romanos), tiene buena resistencia a la compresión. Es así como para salvar una luz, ya sea de una viga o una losa, en la época actual se coloca el hierro en la parte inferior, traccionada, mientras que el hormigon aguanta la compresiín en la parte superior, todo en proporciones adecuadas de acuerdo al cálculo. . Los romanos usaron el hierro como insertos, en el coliseo para sostener un largo sistema de puntales o maderos que sostenían una especie de cubierta o de sombrillas para proteger a los espectadores del sol. Espero le haya sido útil mi información.
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