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Canaletto. Recepción del embajador de Francia

Percibo un sonido rítmico, un sonido que viene acompañándome desde hace un rato. Agudizo mi oído y me doy cuenta que son mis propios pasos, que son el eco que mis zapatos van dejando a cada pisada que doy. Me pregunto cuánto tiempo llevaré absorta en la contemplación para haber estado ajena a mis propios pasos y no encuentro respuesta, no lo sé.

Camino sin rumbo por las pequeñas calles de Venecia, atrapada, dejándome llevar sin más interés que ser arrastrada por su hechizo, fusionándome con ella a través de mis sentidos, sólo sintiendo, sólo quiero sentirla.

Su belleza me da una inmensa paz y me doy cuenta que estoy sonriendo; no puedo evitar pensar lo que pensarán aquéllos que reparen en mi sonrisa:

-¿Está loca esta mujer que va sonriendo sola por las calles?-

-¿Sufrirá en verdad algún trastorno mental?-

-¿Por qué sonríe?, ¡no es normal que sonría!, lo normal es que no haya rastro de emociones en su rostro, y además es que ¡va sola!, debe de tomar alguna substancia que la haga sonreír-.

Continúo mi paseo con la tranquilidad de que puedo sonreír sin temor a que esto siembre cualquier tipo de curiosidad porque ya las personas no nos miramos. Caminamos inmersos en nuestros objetivos, rápido, casi sin tiempo. Siempre nos falta tiempo para parar y percibir el momento. Parece como si las vidas estuvieran fundamentadas en momentos que no están en el ahora, en momentos inmediatos y lejanos o también aquéllos que ya son pasado y están en el recuerdo; qué pocas veces paramos a pensar que vivimos un momento irrepetible.

Claro que, también podemos sentir miedo de nuestro tiempo por no saber qué hacer con él. Por esto llenamos de obligaciones y responsabilidades nuestra vida, es así como le damos sentido. Administramos el tiempo con cosas que de alguna manera no nos deje pensar en este tesoro que es la vida. Es más sencillo tener proyectos en su mayoría materiales, y que en la consecución de ellos se nos vaya "nuestro tiempo". Antes fue Dios el que daba sentido a las vidas, hoy es la hipoteca de la casa, tener dinero ahorrado por si "en otro momento" lo necesitamos y disponer de un BMW en el garaje.

Fulmino mis racionales reflexiones y nuevamente me dejo embriagar por Venecia; sólo quiero sentir. Disfrutar del silencio, de sus calles vacías, de esos edificios humedecidos por las aguas de los canales que soportan cada poco inundaciones; qué curioso es este lugar formado de islas unidas por más de un ciento de pequeños puentes.

No quiero irme sin volver a ver la iglesia de Tintoretto, el templo Madonna dell'Orto del cual era feligrés y están sus restos enterrados; por lo que esta vez sí, camino con un plan:
Mi reencuentro con el Maestro veneciano.

Hoy es mucho mejor que la anterior vez que vi este lugar. Hoy es sólo para mí. Nadie más que yo en este momento puede ver la decoración que nos dejó el gran pintor. No hay un solo sonido discordante que me perturbe en mi contemplación de cada rincón. Puedo acercarme, alejarme y volverme a acercar cuantas veces quiera a aquéllo que me guste especialmente. Puedo sentarme y cerrar los ojos sintiendo esta maravillosa paz escuchando el Tocata y fuga de Bach que el organista interpreta en el soberbio órgano, uno de los mejores de toda Venecia.

Abandono este templo dedicado inicialmente a San Cristóbal, patrón de los viajeros, y que posteriormente fue consagrado a la Virgen María prometiéndome volver.

Creo que tengo un poco de hambre, me he olvidado de comer. Voy a tomar un café con un pastel en la Plaza San Marcos mirando la Basílica bizantina y el Palacio Ducal.
Quiero escuchar el reloj diciéndome que son las 6 de esta preciosa tarde de primavera.

Olga Diego

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