COLABORA
Escribir, crear, diseñar... es un trabajo con muchas horas detrás que tienen un valor y que es necesario para todos. ¿Qué valor le das tú a la cultura y al entretenimiento que te aportamos? Necesitamos tu apoyo para mantener Revista en Red. Es voluntario y con la cantidad que se pueda y contribuirás para que siga creciendo y entreteniendo. Muchas gracias por valorar nuestro trabajo.

Siguenos en Facebook
¿Quién está en línea?
Tenemos 95 invitados conectado(s)
Comparte en Facebook

PROLOGO

PRIMERA ESFERA

Año 879 - En algún lugar del monte Merón.


Yusuf observaba sus cabras rebuscar entre las rojizas piedras, en la falda del monte, el más mínimo atisbo de pasto. Algunas arañaban la tierra con sus pezuñas y después bajaban su hocico mordisqueando los tiernos brotes que aún no había acabado de salir buscando el sol. El pastor suspiró algo cansado, la edad no perdonaba y si no fuera por la ayuda del pequeño Abdalá es posible que sus días estuvieran llegando a su fin. Estaba en paz con Alá, podía reclamarlo cuando quisiera.


El asno rebuznó reclamando las caricias de su dueño, que poco tardó en complacer al noble bruto, casi tan viejo como él. Abdalá jugaba con su perro, que no perdía de vista el rebaño a pesar de los retozos del chico.
Un sonido distinto reclamó la atención del viejo pastor.

Una de las cabras golpeaba con insistencia una roca que parecía que no acaba de apartarse de su camino. Se acercó pesadamente apoyado en su cayado hacia donde el animal no dejaba de golpear en el suelo. Cuando estaba a unos metros, pudo ver un brillante resplandor colorido procedente de una piedra casi totalmente enterrada. De un golpe con su bastón alejó a la tozuda cabra y se agachó, limpiando con su mano el objeto que lanzaba hermosos fulgores a la luz del sol.

La tierra se obstinaba en mostrar el objeto a Yusuf, pegada con fuerza en toda su superficie. El viejo pastor consiguió sacar a  la luz una parte del hermoso objeto y ante él se mostró lo que parecía ser una fracción de una enorme piedra preciosa. Maravillado lanzó un grito llamando a su lado al joven Abdalá y entre ambos, no sin esfuerzo, poco a poco fueron desenterrando la preciada piedra multicolor. El viejo con su cayado y el chico con una piedra, consiguieron ir recuperando el preciado objeto. Con un paño, que humedeció un poco, fue limpiando la pulida superficie con exclamaciones de asombro ante tal objeto.

Secó su sudor con el mismo paño húmedo con el que limpió la prodigiosa piedra mientras expresaba su alegría con una gran sonrisa de su desdentada boca. Con ardor consiguieron alzar la roca en una de las espuertas del asno y reuniendo el rebaño, Yusuf decidió ir a Jerusalén para ofrecer la piedra al sultán, que seguramente le recompensaría con generosidad, viendo su avanzada vejez llena de placeres antes de que Alá lo reclamara a su lado.

Viernes 15 de Julio de 1.099, Jerusalén

La noticia llenó de esperanzas a los cercados habitantes de la Ciudad Santa, la expedición de Al-Dawla, el gobernador de El Cairo, se acercaba a Jerusalén.

Sin embargo, una de las torres de asalto comandadas por Godofredo consiguió pegarse a la muralla tendiendo su puente levadizo sobre la fortaleza musulmana. Lethaldo y Engerberto Tournai, caballeros flamencos, fueron los primeros en saltar sobre la muralla, brotando chispas de sus espadas al chocar contra las cimitarras sarracenas. Godofredo de Bouillon los seguía de cerca enaltecido por la próxima victoria. Los guerreros cruzados se multiplicaban por doquier escalando y embistiendo desde sus torres de asalto a los defensores de las murallas de Jerusalén.

Poco a poco los sarracenos retrocedieron, atrincherándose finalmente en la mezquita de Al-Aqsa con la vana esperanza de resistir hasta la llegada de las tropas que venían en su ayuda desde El Cairo.

El capitán Abul Husayn, acompañado por dos de sus mejores guerreros, fue hasta una pequeña capilla donde se guardaba la Piedra Sagrada de Merón cubierta por un suave paño carmesí. Los dos soldados la cogieron, y guiados por su capitán, llegaron hasta las caballerizas de Al-Aqsa, donde ordenó a unos atemorizados ciudadanos que comenzaran a cavar.

Tras una fatigosa hora, el capitán ordenó parar y enterraron la piedra a unos tres metros de profundidad, disimulando posteriormente el cubierto agujero con tierra suelta y estiércol. Después ordenó a sus soldados que degollaran a las personas que estaban presentes, incluyendo a quienes les ayudaron, tras lo cual, el mismo capitán dio muerte a sus subordinados, corriendo después a la explanada de la mezquita a luchar contra los cristianos que asolaban su ciudad.

Los cruzados cayeron sobre el último bastión sarraceno de Jerusalén, profanando y saqueando la sagrada mezquita. El baño de sangre tardó mucho en suspenderse, pasando a cuchillo a todo hombre, mujer o niño que encontraban, a pesar de los gritos y los lloros suplicando piedad. La matanza no paró hasta que la sangre sobrepasaba los tobillos a los cruzados. El capitán Abul Husayn se encontraba tirado junto a amontonados y sangrantes cuerpos en la misma entrada de la mezquita, con el sable aún en su fría mano y completamente destripado, el secreto del lugar donde se hallaba la Piedra Sagrada de Al-Aqsa moría con él.

Año 1.119 - Jerusalén

Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Ome se presentaron ante Balduino II, rey de Jerusalén, pidiéndole alojamiento para ellos y sus hermanos de armas, que habían logrado de su santidad Urbano II la autorización para la constitución de una nueva orden para salvaguardar los caminos hacia Tierra Santa.

El rey, viendo que no tenían iglesia ni lugar alguno donde habitar, les alojó cerca de donde se ubicaba su palacio, en las caballerizas de la mezquita de Al-Aqsa, justo encima de lo que antes fue el templo de Salomón. Por esta razón aquella orden fue llamada del Templo o de los Templarios. Algo más tarde, los monjes custodios del Santo Sepulcro, les cedieron más terreno contiguo a esas caballerizas.

Se reunieron los nueve caballeros, Hugo de Payens, Godofredo de Saint-Omer, Godofredo Bisol, Payen de Montdidier, Archembaud de Saint Aignant, Andrés de Montbard, Gondemar, Hugo de Champagne y Jacques de Rossal y pronto comenzaron a elucubrar sobre los tesoros que podrían encontrar bajo el suelo en el que se hallaban. Una especie de fiebre del oro les contagió y pasaron pocos días antes de comenzar a cavar donde buenamente les parecía a cada uno de ellos.

Pasaron un par de semanas donde hoyaron el suelo de las caballerizas por acá y por acullá, cuando una noche, a la lumbre de un candil, la pala del caballero Gondemar chocó contra algo duro y no parecía una piedra cualquiera como les ocurrió en más de una ocasión. Rápidamente saltó al interior del amplio agujero y llamó a sus compañeros, que prestos, se pusieron a apartar tierra con prontitud. Una tela de apagado color rojo envolvía un objeto esférico. Lo sacaron fuera y retiraron el paño. Unos fulgores rojos y azulados iluminaron sus rostros de asombro a la luz de la tenue llama. Ocultaron la gran piedra esférica hecha por Dios de rubíes y zafiros y al poco partieron hacia Francia donde establecieron su primera encomienda, refugio de la Piedra de Dios.

Verano de 1.307 - Poitiers, Francia

Jaques de Molay, gran maestre del Temple, estaba visiblemente preocupado. Hacía dieciséis años que habían perdido el último baluarte templario en Tierra Santa, San Juan de Acre, y aquella reunión con el Santo Padre no presagiaba nada bueno. Lo hicieron entrar en una gran sala, donde esperaban algunos príncipes de la Iglesia, el gran maestre de los Hospitalarios y representantes del rey de Francia, entre ellos el aborrecible Nogaret. Miró a algunos cardenales que bajaron el rostro ante Molay, que no se amilanó. Aquel detalle le confirmaba que algo se tramaba entre el Santo Padre y el pérfido rey Enrique, ávido de hacerse con los supuestos tesoros del Temple.

El papa Clemente V hizo su aparición y se sentó sobre un sillón de suave seda púrpura que estaba sobre un entarimado. Todos inclinaron la cabeza ante el Santo Padre. Tras el obligado besamanos, el papa comenzó a hablar desglosando la historia del Temple en sus doscientos años de existencia. Después hizo lo mismo con la Orden del Hospital, terminando su perorata, conminando a los maestres de las dos órdenes a la unión de ambas.
Jaques de Molay protestó enérgicamente, no viendo razón alguna para dicha unión, defendiendo a capa y espada la independencia del Temple ante las protestas del representante del Hospital y Nogaret.

Clemente V, repentinamente, dio por terminada la reunión y llamó en privado a Jaques de Molay. El Papa le explicó la situación a las claras: el Temple estaba en peligro. El Santo Padre ideó la unión de las dos órdenes con la intención de salvar al Temple de las acusaciones de herejía que el rey Enrique tenía pensado lanzar sobre ella. El gran maestre se encolerizó, pero el Papa lo llamó a la calma, Enrique sólo quería las riquezas del Temple y para ello estaba dispuesto a todo, pues su ruina era manifiesta.

Jaques de Molay se quedó un rato pensativo y entonces le habló por primera vez de la Piedra de Dios. Los mezquinos ojos del Papa brillaron y su papada pareció cobrar vida ante su fortuita suerte. Le dijo que esa piedra debía estar en la auténtica casa de Dios, su creador y no en la de uno de sus servidores.

Al final llegaron a un acuerdo, el Papa tendría la piedra, dando libertad de acceso a ella a todos los caballeros del Temple que quisieran meditar ante la Sagrada Piedra, donde veían la mano de Dios y a su vez, el Papa convencería al rey de Francia de sus inútiles tentativas, a la vez que se olvidaba de la unión de las órdenes. Clemente V le prometió salvaguardar la Orden del Temple bajo su protección personal, aparte de otras supuestas dádivas, a cambio de la Piedra de Dios.

Al siguiente día una comitiva de doce caballeros templarios, que no llevaban sus mantos blancos con la roja cruz, sino una simple capa marrón, para pasar desapercibidos, transportó la piedra en un pequeño carromato hasta el palacio papal a las afueras de París, sin saber que aquel acto de nada serviría, pues la suerte del Temple hacía tiempo que estaba echada.

 


SEGUNDA ESFERA

Año 1.553, Nuevo Mundo


La mermada sección de soldados españoles salió de una espesa masa selvática y ante ellos se presentó una montaña. Comenzaron a rodearla buscando un acceso que les ayudara a sobrepasarla, pero tras larga caminata llegaron a la conclusión de que se hallaban ante un amplio grupo de montañas. Lo que antes de la partida era una sección acompañada por cinco religiosos, había quedado en poco más de dos pelotones, y de los religiosos sólo sobrevivían dos, ambos de la orden de los dominicos, los dos franciscanos y el jesuita que los acompañaban habían quedado en el camino.

Se acercaba la noche y el capitán Gonzalo de Berlanga decidió establecer campamento. Tres de sus hombres salieron en busca de alimentos mientras otros montaban artilugios para recuperar el agua que por la noche rezumaba de las plantas selváticas que los rodeaban. Montaron un más que improvisado campamento rodeado por varias fogatas. Cayeron en un profundo sueño tras cenar un desconocido tipo de lagarto y un par de roedores. Incluso los dos hombres de guardia no pudieron resistir el sopor tras un día de agotadora marcha.

A la mañana siguiente, el soldado que se despertó primero comenzó a buscar un sitio donde aligerar su cuerpo. Pero al apartar unas grandes hojas encontró el rastro de un camino que tendía a subir ese sector de la montaña. Rápidamente volvió al campamento y despertó a todos dando la noticia casi a gritos, tan desesperados estaban tras dos meses de infructuosa búsqueda, dando tumbos por las selvas del Nuevo Mundo, persiguiendo el sueño de su capitán, encontrar una de esas ciudades repletas de oro que los llevaría a la gloria de los conquistadores y a riquezas y mercedes sin fin, además de pensar un poco en engrandecer los territorios de su majestad el rey de España. Los religiosos buscaban salvajes a los que convertir para de esa forma también ganar, no sólo almas para Dios, sino además interesantes promociones dentro de su orden.

Aquel rastro se fue haciendo más claro conforme iban ascendiendo la pendiente a pesar de la foresta que los seguía cercando. El ascenso era duro y no recorrieron mucho más de un par de miles de metros antes de que de nuevo las luces del cielo se fueran mitigando anunciando una nueva noche en aquel infierno húmedo y sofocante.

A la siguiente mañana despertaron al oír unos ruidos de tambores algo más arriba sobre sus cabezas. Al otear hacia la cumbre pudieron ver delgadas columnas de humo ascender hacia el límpido cielo. El capitán Gonzalo de Berlanga dio orden de que sus soldados se pusieran todas las protecciones y prepararan las armas de fuego, siempre descargadas y con la pólvora protegida de la intensa humedad. Los dos religiosos insistieron en acompañarlos, pues para ellos era más peligroso quedarse solos que seguirlos hacia el supuesto asentamiento indígena.

Continuaron siguiendo el escarpado camino, más pesado por llevar al completo y bien apretadas sus protecciones de acero, aunque quizás no tanto al no portar el total de su impedimenta que quedó en el pequeño campamento.

Los tambores callaron, pero ahora les llegaba claramente el sonido de voces en una extraña lengua, como todas las que los conquistadores españoles fueron encontrando en el Nuevo Mundo. Aunque intentaron no hacer ruido alguno, les fue algo difícil pues era imposible hacer que el metal no chocara con el metal tal y como iban pertrechados.

Las voces callaron, claramente habían descubierto la reducida tropa que se les acercaba. No obstante ninguno de los indígenas había corrido a buscar arma alguna. Cuando los soldados españoles llegaron al final del camino se encontraron con una pequeña aldea, con edificios de piedra y cuyo centro estaba dominado por una vieja pirámide escalonada que no superaba los doce metros de altura.

Los españoles penetraron en el pequeño pueblo ojo avizor y con las armas de fuego preparadas, sin embargo fueron recibidos con sonrisas y gritos a todas luces de bienvenida. No obstante los soldados no cambiaron de postura y cuando un hombre se acercó en exceso a uno de los soldados, éste disparó y el nativo cayó fulminado al suelo con su pecho sangrando a borbotones. El resto de indígenas gritaron, esta vez de terror, y corrieron de aquí para allá ocultándose en sus casas. Varios hombres salieron de los edificios armados con lanzas y hachas, pero en vez de enfrentarse a los soldados españoles de brillantes armaduras, corrieron hacia la pirámide y fueron a ponerse en guardia ante una pequeña entrada situada en el primer escalón.

Los soldados se desplegaron a una orden del capitán, mientras éste parlamentaba con el sargento la rara actitud de los indígenas al proteger la pirámide en vez de sus propias casas o familias.

-No cabe duda, mi capitán, de que protegen un tesoro, creo que hemos llegado a nuestra meta, vos mandáis qué debemos hacer.
-Pasar a sangre y fuego este poblado rebelde, pues queda claro que no quieren que veamos qué ocultan, pues ha de ser algo valioso que bien nos vendrá para no regresar con las manos vacías. Dad la orden, sargento, y demostremos a estos salvajes que nadie se enfrenta a soldados de los tercios del Emperador Carlos sin recibir el merecido castigo.

Efectivamente la sangre y el fuego no se hicieron esperar. Primero derribaron a los hombres que protegían la entrada de la pirámide con sus armas de fuego, para proseguir después con las espadas, casa por casa. No dejaron a nadie con vida, degollando a las mujeres, y despanzurrando a los niños pequeños. Unos doscientos indígenas cayeron ante la barbarie conquistadora de los españoles.

Unos pocos consiguieron escapar internándose en la selva, pero ninguno de los dieciocho hombres del capitán Gonzalo de Berlanga se molestaron en seguirlos, todos más pendientes de penetrar en la pirámide y saquear sus tesoros. En ese momento aparecieron los dos dominicos que se habían resguardado tras unos árboles.

-¿No dais la extremaunción a estos salvajes, padre? –les gritó el capitán.
-Vos mismo lo habéis dicho, capitán, son salvajes, no bautizados, no tienen derecho al perdón de Dios a través de sus servidores, pues Él sabrá qué ha de hacer con estas almas perdidas que adoran a dioses paganos.

Todos se reunieron ante la entrada de la pequeña pirámide con su capitán al frente. Una pequeña humareda de un olor dulce y agradable salía de su interior. El capitán ordenó preparar varias antorchas y que sólo tres de sus hombres lo acompañaran al interior del monumento, uno de los religiosos también se ofreció a acompañarlos.

Al internarse varios metros, la humareda, en ningún momento molesta, se fue haciendo más intensa conforme iban caminando. Pasaron dos o tres recodos que parecían construidos de forma caprichosa, cuando al final percibieron una tenue luz, a la vez que les llegaba el sonido de una leve salmodia. Aquello les puso en guardia y avanzaron más precavidamente. Al llegar a la fuente de la luz, se encontraron en una amplia estancia donde un viejo nativo con la piel pintada murmuraba unas palabras de forma repetitiva a modo de cántico. Los españoles le gritaron, pero el hombre ni se inmutó, continuando con su rezo, como si nadie hubiera entrado en el recinto.

Sin mediar palabra alguna el capitán alzó su espada y de un certero golpe cercenó la cabeza del desgraciado, que rodó hasta dar con una pared. Entonces todos se fijaron en el objeto que estaba sobre un alto pedestal de piedra y quedaron hechizados ante la maravilla que tenían delante: una impresionante esfera de rubí con vetas de zafiro azul de un tamaño inusitado.

A los pies del pedestal varias figuras de oro bellamente labradas representaban a diferentes animales y plantas así como a seres humanos. En ese momento el capitán se arrepintió de haber dado muerte al viejo, quizás les podría haber informado dónde encontrar más piedras como aquella.

Año 1.586 - Madrid, España

El Cardenal Granvela, Secretario de Estado de Felipe II, hablaba con el enviado papal sobre cómo convencer a su majestad de que cediera la Piedra de Santo Domingo a Su Santidad el Papa Sixto V.

El rey andaba muy ocupado, más atento a los ornamentos de El Escorial y de colmar sus bibliotecas y estancias con su frenética sed de coleccionista que en los problemas reales del Estado. Su hijo Felipe había cumplido ocho años, la sucesión estaba garantizada y el monarca se ocupaba más de lo que su Secretario de Estado consideraba bagatelas, quien realmente manejaba los diferentes ministerios era él. Granvela pensó que podía ser un buen momento para convencer al rey de la conveniencia de congraciarse con la Santa Madre Iglesia con un regalo a la altura de tan grande y católico monarca.

Decidió desplazarse hasta El Escorial, llevando infinidad de papeles en varias carteras que portaban sus secretarios para que el rey firmara varios decretos y órdenes. Tras el trabajo de rigor, fueron caminando hasta el patio de los Mascarones donde Granvela comenzó a hablarle de los deseos del Papa de construir una nueva basílica en los estados pontificios dedicada a Santo Domingo y la conveniencia de que la llamada Piedra de Santo Domingo estuviera en un lugar de honor en dicha basílica.

Por supuesto aquello era una patraña inventada por el cardenal, pero estaba seguro que podría convencer al rey Felipe. Además, añadió, el escudo de su majestad estaría presente en el altar, así como en la entrada de la nueva basílica y todos los rezos allí realizados serían a la mayor gloria y salvación del alma de su majestad. Aquello acabó de convencer al monarca, siempre temeroso del más allá. Tras algunas gestiones, un mes más tarde la llamada Piedra o Esfera de Santo Domingo partió con nutrida escolta hacia los estados pontificios.

 

TERCERA ESFERA

Año 1.819 – Nueva Gales del Sur, Australia


Hacía tres años que el jesuita James Goodfield había llegado al continente australiano. Desde joven se alejó de la religión anglicana para hacerse católico, en un primer momento por contradecir a sus padres, luego ya por pura vocación. Cursó sus estudios teológicos en un viejo seminario de París y terminó en la casa central de la Sociedad de Jesús en Roma, que aún andaba en plena fase de reorganización tras el período de disolución de la Compañía. El voto de especial fidelidad al papado que compromete a los jesuitas, le hizo tomar el camino de las misiones en vez de continuar con sus estudios sobre filosofía y teología a las que quería entregarse de por vida en la capital del catolicismo.

Un buen día el general de los jesuitas reunió a un buen número de sus hermanos y les habló de la necesidad de ir como misioneros a los nuevos continentes que estaban en proceso de descubrimiento y conquista. Fueron designadas las tierras a la que cada grupo de diez jesuitas debería ir para propagar la palabra de Dios y conquistar a su vez nuevas almas para el cristianismo.

De cada grupo, uno de los jesuitas quedaría como responsable del mismo, así que su general se reunió con los tres elegidos, entre ellos el bueno de James, y les quedó encomendado que estuvieran bien atentos a cualquier descubrimiento con referencia a una piedra esférica hecha por Dios de piedras preciosas, sin especificar nada más que la obligación de guardar secreto e informar con la mayor antelación si dicho descubrimiento tenía lugar en alguno de los continentes asignados a cada grupo.

A James le fue encomendando el nuevo continente llamado Australia por su situación, y así acabó en lo que unos años después fue conocido como Nueva Gales del Sur.

Su grupo se había dispersado siguiendo la costa e inscribiéndose en los diferentes asentamientos que iban surgiendo. James decidió quedarse en la floreciente Newcastle, haciendo bastantes incursiones hacia el interior. En esas incursiones tomó contacto con las tribus aborígenes y en especial con una de ellas, un reducido grupo con creencias muy arraigadas a un único dios, aunque esa deidad estuviera representada por las mismas rocas, ya que para ellos no había más dios que la misma Tierra. Le costó algo tomar confianza con dicha tribu, a la vez que ir aprendiendo su complicado idioma.

Conforme fue instruyéndose pudo ir hablándoles de Dios, y aunque escuchaban con interés, nadie era capaz de quitarles de la cabeza que hablaban del mismo dios. James no insistía demasiado, prefería impregnarse de sus costumbres y ritos para poder entrar cada vez más dentro de sus cabezas y poder comprenderlos para esbozar un plan con el que poder rebatir sus opiniones y mostrarles el verdadero camino.

Los ritos de esa tribu no eran muchos. Cada mañana al despuntar el sol se reunían ante una gran piedra redonda y daban gracias a la diosa tierra por hacer que el sol apareciera un día más en el horizonte. Este rito de agradecimiento se repetía no menos de cinco veces al día. A media mañana agradecían que la caza fuera buena, tras el almuerzo que el tiempo fuera benigno, a la tarde agradecían que el fuego no hubiera vuelto a arrasar sus campos y a la noche suplicaban que permitiera que el sol volviera a ganar la batalla contra las tinieblas. No era complicado, pero sí primitivo.

Tuvo conocimiento de que una vez cada diez años se realizaba una especie de peregrinación hacia el interior, un camino que duraba al menos diez días de caminata bajo un sol de justicia y que tenía como misión el ir a agradecer la vida a la piedra primigenia hecha por la tierra a imagen y semejanza suya. De hecho todas las rocas esféricas que algunas tribus del continente adoraban habían tocado la piedra primigenia y ese contacto servía para poder tener los mismos poderes, pero que dicho magnetismo debía ser regenerado cada diez años, de forma que cargaban con su esfera particular hasta el lugar donde se hallaba la piedra primigenia.

Era como si las cruces que había en cada iglesia debieran ser tocadas por un lignus crucis para convertirse en la verdadera cruz tan sólo por ese contacto. Aquella costumbre, más bien leyenda para James, le puso en alerta sobre lo que el general de su orden les había encomendado a cada responsable de los grupos de misioneros y decidió pedir permiso para que pudiera acompañarlos. No tuvo problemas, más bien los habitantes del pequeño poblado se alegraron de la decisión del hombre blanco como si éste se hubiera convencido de que su dios también estaba en la piedra primigenia.

El camino era realmente arduo y pronto el padre James se tuvo que acostumbrar a llevar el torso desnudo, aunque aquello le valió unas serias quemaduras en sus esbeltas espaldas.

Tras casi dos semana de caminata llegaron a su destino. Ante ellos se alzaba una montaña sagrada de caprichosa forma aplanada y que se alzaba sobre el terreno no más de cincuenta metros. Su destino se hallaba en la base de la montaña donde una cueva horadada por la mano del hombre, no se sabe cuánto tiempo atrás, albergaba la piedra primigenia.

Alrededor de la montaña se iba formando una aglomeración de aborígenes bastante llamativa y aquello, como si de una romería se tratara, era una fiesta para todos.

Aquella misma noche, James pudo acceder al interior de la cueva con una antorcha en su mano y sin que nadie se lo impidiera pues el camino que llevaba hasta la piedra primigenia era libre para todos los seres de la Tierra.
Las sospechas del padre James se hicieron realidad y ante él se encontraba una bella esfera de color rojo azulado que lanzaba destellos a la luz de su antorcha. Alargó su mano como si pudiera sentir el magnetismo de la piedra, pero no sintió nada, sólo la suavidad de la superficie de la piedra primigenia.

Cinco meses después el padre James volvió a Nueva Gales del Sur acompañado por doce hermanos, con la orden de hacerse con la esfera y transportarla hasta Roma. Exceptuando a James, el resto de hermanos vestían ropajes seglares como una forma de no levantar sospechas. Se encaminaron al interior siguiendo el mismo camino que hacía cinco meses siguió con los aborígenes hasta llegar a la montaña sagrada.

Nadie vigilaba la piedra primigenia ni había aborígenes cerca. La confianza de aquellas inocentes gentes le hizo sentir un remordimiento interior que fue acallado por su voto de obediencia. Sin ningún otro problema, dos semanas después estaba de nuevo a bordo de un buque genovés que lo llevaría directamente hacia Roma con su preciado tesoro.

 

CUARTA ESFERA

Año 26 - Alto Egipto


En Nubia, Yeshua el esenio, en su peregrinar por el mundo en búsqueda de la espiritualidad, descubrió unos templos de una belleza prodigiosa. Eran dos, excavados en la misma roca de gres a orillas del Nilo, verdeado de hermosos campos, con infinidad de árboles.

Unos sacerdotes rezaban por la gloria del más grande rey del Alto y Bajo Egipto, representante en la tierra del dios Amón, aunque allí pudo encontrar otras divinidades como Horus o Ra.

En compañía de aquellos sacerdotes, Yeshua permaneció por espacio de dos años. En ese tiempo pudo conocer a Ioova, el dios único representado por Amón y del que emergieron el resto de deidades de Egipto.

Yeshua observó que cuando el sacerdote comulgaba en el sanctasantorum con la presencia divina, el mundo material dejaba de existir, recibiendo mensajes de las mismas piedras que representaban a los dioses. En el templo no se enseñaba ninguna verdad absoluta ni ningún fanatismo, el fanatismo llevaba a la muerte y al fin de la civilización, pues hay que admirar todas las religiones porque en verdad todas son una. Había que escuchar a los dioses cuando hablaban a través de las piedras.

Yeshua preguntó porqué si realmente sólo había un dios, cómo era posible que existiera infinidad de deidades cada una representante de un área concreta. No había misterio alguno en ello, si tus plegarias van dirigidas a un dios en exclusiva, ésta se podría perderse en los millones de plegarias que van dirigidas a ella, pero si rezabas directamente a la deidad que fuera la responsable del asunto que te llevaba ante ella, era más fácil para los dioses atender tus ruegos y rezos.

Era tan sencillo y práctico este planteamiento que hasta Yeshua llegó a comprenderlo, incluso aquel razonamiento le llevaba a robustecer la idea de Yahvé, Él está en todos sitios, en un grano de arena o en una montaña, Él era omnipresente.

Yeshua llegó a la conclusión que ese Ioova al que adoraban los egipcios a través de Amón no era otro que Jehová, aunque su nombre tal y como lo pronunciaban los egipcios era completamente distinto.

Yeshua pudo conocer la Primera Piedra y a través de ella se podía encontrar la Verdad. Era una roca esférica formada de una veta de rubí mezclada con zafiro, un prodigio de la naturaleza digno de haber sido creado por Dios. Según entraba el sol por uno de los diferentes pasajes que estaban realizados para dicha misión, la esfera se iluminaba y entonces el sacerdote podía leer la Verdad de la Creación.

Una tarde, tras el almuerzo, y mientras Yeshua estudiaba unos papiros bajo la sombra de un sicómoro, el sumo sacerdote de los dos templos del paraje llamado Abu Simbel quiso hablar con él. Durante los rituales de la mañana el gran faraón Ramsés le había hablado desde la estatua que representaba a Amón. Le dijo que pocos eran los años que le quedaban a sus templos, pues llegaban tiempos de desgracia para todo Egipto. Le dijo que Yeshua era un profeta, más que eso, un elegido con una misión que cumplir.

La Piedra de Ioova debía marchar con él a las tierras de los judíos, porque Yeshua llevaría una buena nueva nacida de las enseñanzas recibidas en Judea, Asia y Egipto, que él había comprendido la Verdad y la Piedra le marcaría el camino, un camino lleno de felicidad y amor para todos los seres que poblaban el planeta y sobre esa piedra se edificaría el gran templo del Amor, respetando la Regla de Maat, única regla por la que todos debían regirse para que la tierra los colmara de felicidad y amor.

Él preguntó porqué realmente Ramsés lo había elegido y cómo ellos podían deshacerse de tamaño tesoro. El sacerdote tan sólo le dijo unas extrañas palabras, que tardó años en comprender.

-Porque tú perteneces a su linaje. Tú eres Ramsés. Tú eres el primer hijo y el primer padre. Tú eres el que eres.

Así fue como Yeshua regresó a Galilea acompañado de un joven sacerdote egipcio de quince años y un asno, en cuya espuerta se encontraba la Primera Piedra.

Año 33 - Judea


El Rabí Yeshua, a sus treinta y dos años, había realizado grandes viajes, primero un largo periplo por las regiones de Asia donde se imbuyó del idealismo de sus gentes, descubriendo un nuevo mundo de espiritualidad lleno de matices. Más tarde recaló en Egipto, un imperio que ya no era lo que fue, pero hermoso como no existía otro.

Recorrió el Nilo en su vasta extensión descubriendo nuevos lugares con un encanto fuera de toda duda. De la misma forma conoció sus deidades que poco habían cambiado en tres mil años y de nuevo un mundo desconocido se abrió para él. Absorbió conocimientos ignorados por el pueblo judío a pesar de haber residido durante siglos en las tierras del Nilo, viviendo en paz e igualdad con el pueblo egipcio. Ahora conocía la Verdad, la Regla y así se la explicaba a sus discípulos.

El reino de Dios era un reino de Amor, donde sólo dos mandamientos podían tener cabida: Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Con estos dos mandamientos, el resto quedaban obsoletos, pues aplicando el segundo era impensable que nadie cayera en el resto de mandamientos que Yahvé transmitió a Moisés.

Mostró la Piedra a sus discípulos diciéndoles que la Verdad estaba en ella siempre que supieran como mirarla. Entonces fue hacia uno de sus discípulos más amado, Simón, y le entregó la Primera Piedra para que él se hiciera cargo de ella en adelante, ya que Yeshua sabía que su fin estaba próximo, pues todo estaba ya escrito.

Le enunció que a partir de entonces se llamaría Pedro, que significa Piedra, “pues sobre esta Piedra se edificará mi Iglesia”…

Año 64 - Roma

El incendio asolaba la ciudad desde hacía varios días y a pesar de los esfuerzos del emperador parecía que nada era capaz de contenerlo, las víctimas se contaban por decenas de miles y el sufrimiento no dejaba de extenderse por toda la ciudad. Nerón había puesto en marcha toda una ingente maquinaria de ayuda para mitigar en lo posible el sufrimiento de su pueblo.

En el Circo Vaticano se refugiaron numerosos damnificados, como iba ocurriendo en los espacios más o menos despejados de toda Roma. Pedro estaba tumbado en una de las galerías del circo y junto a él se encontraban varios de sus discípulos intentando en lo posible mitigar su dolor. Una enorme viga caída por el furioso fuego había roto el espinazo del obispo de Roma y todos sabían que su fin estaba cerca. A su lado, uno de sus discípulos protegía la Piedra Sagrada tocada por Jesús y entregada por Él a Pedro para cimentar con ella su Iglesia.

Pedro tosió casi sin fuerzas mientras un hilo de sangre fluía por la comisura de sus labios manchando aún más de rojo su poblada barba blanca. Entre estertores pidió ser enterrado junto a la Primera Piedra, ya que algún día esa piedra se convertiría en los cimientos de la nueva Iglesia de Cristo, como el Maestro le había anunciado. Todos lloraron desconsoladamente la muerte de su maestro.

Su cuerpo fue lavado y purificado, cubierto con una gran sábana de lino y de la misma forma fue envuelta la Piedra Sagrada. Después los discípulos de Pedro transportaron el cuerpo inerte hasta el monte Vaticano cercano al mismo circo donde murió el apóstol. Allí había una necrópolis y en ella dieron solemne sepultura al cuerpo, y al lado de éste permaneció la Piedra en espera de su momento.

Año 324 - Roma


Constantino miraba los planos y el lugar donde se alzaría la nueva basílica. Había sacado los restos del fundador de la Iglesia Cristiana, Pedro. Sus huesos fueron lavados y envueltos en un paño rojo con ribetes de oro e introducidos en una tumba que tenía dos partes, en la inferior quedaron los huesos de Pedro, en la superior la esfera, la Piedra Sagrada de Jesús. Taparon la tumba y luego pintaron de rojo la entrada y escribieron sobre ella: “Petrus Eni”. Después la tierra lo cubrió todo, a modo de cimientos y al poco, comenzaron a construir la basílica del Vaticano.

Año 1.949 - Roma

Gianni Malverti retiraba con extremo cuidado las porciones de tierra que aún quedaban adheridas a la pared rojiza en la que estaba trabajando.
Por orden del Papa Pío XII en 1.939 dio comienzo la excavación en los subterráneos del Vaticano para tratar de hallar la auténtica tumba del apóstol San Pedro. Las excavaciones fueron duras y lentas hasta que en 1.949 el equipo en el que trabajaba Gianni encontró una necrópolis que se extendía de oeste a este en paralelo a lo que fue el Circo de Nerón.

La necrópolis estaba inundada de tierra, posiblemente por ser la base de la basílica primigenia y el trabajo de vaciado de toda aquella tierra fue arduo. Al estar en un subterráneo, el desescombro era complicado, sobre todo cuando se intenta no dañar aquello que está oculto, llegando a lugares donde tan sólo podían trabajar con una brocha y una cucharilla.

Se encontraron cinco monumentos, el más antiguo fue datado en el siglo II. Se incluía una parte de un edificio adosado a un muro pintado en rojo que servía de fondo para el más antiguo de los monumentos, el mismo en el que Gianni estaba trabajando en ese momento. Hacía tan sólo unos días que se habían encontrado varias inscripciones latinas que se dataron en la época de Constantino. Esas leyendas eran en casi su totalidad muestras de devoción hacia el apóstol Pedro por parte de los fieles.

Gianni continuó con una pequeña brocha, parecía que había encontrado una nueva inscripción. Su pulso se aceleró al salir al descubierto las primeras tres letras del nombre del apóstol. Con mucho más cuidado continuó eliminando los restos de tierra hasta que sacó a la luz la leyenda "Petrus Eni": Pedro está aquí o como también se podía traducir, la Piedra está aquí. Gianni iluminó aún más la pared, avisó a los otros tres arqueólogos que estaban trabajando en otros sectores de la necrópolis. Éstos se acercaron con celeridad, seguidos por un jesuita que siempre estaba pendiente de todos sus movimientos.

Al fin, allí estaba el cuerpo de San Pedro. No cabía la menor duda, aquella era la inscripción que Constantino ordenó poner en la entrada de la tumba del apóstol. El jesuita se acercó y sus dedos acariciaron el vetusto rótulo. Sin tardanza conminó a los arqueólogos a abandonar la necrópolis, blandiendo la excusa de avisar al Santo Padre del hallazgo.

Una hora después, Pío XII suspendía las excavaciones, anunciando que se había encontrado la tumba del apóstol san Pedro y que no eran ya necesarios los servicios de los arqueólogos seglares. Gianni, al igual que sus compañeros no pudo ni imaginar que ocurriría tal cosa, que a tan sólo unos centímetros de tener en sus manos los restos del apóstol les iba a ser denegado tal derecho ganado tras años de duro y paciente trabajo. Un día después recibieron un generoso talón como prima por los servicios prestados al Vaticano y fueron despedidos sin más.

Un equipo de tres jesuitas fue enviado por el papa para continuar las investigaciones, éstas ya en el más estricto secreto. Con sumo cuidado los padres jesuitas expertos en arqueología fueron retirando la pared pintada de rojo bajo la luz de potentes focos. El muro cedió enseguida y en su interior encontraron bastantes escombros como si dentro hubiera habido un derrumbe, pero una forma redondeada sobresalía entre los cascotes. Estaba cubierta por un raído paño rojo que prácticamente había perdido su color.

Sacaron a la luz el objeto, un objeto que llevaban siglos buscando. Los brillos rojizos y azules poco tardaron en hacer su presencia en la gruta de la necrópolis alumbrada por los potentes focos de tungsteno. Los jesuitas se sonrieron, cargaron la esfera, la taparon, hicieron desalojar la basílica y la llevaron ante el Santo Padre que ordenó colocarla junto a las demás.

A ninguno de ellos se les ocurrió excavar un poco más en aquel montón de escombros donde en verdad se hallaban los huesos de san Pedro, que serían al fin identificados diez años después, pero aquella no era su misión, la auténtica misión que les llevó hasta los cimientos de la basílica ya estaba cumplida.

 

QUINTA ESFERA

22 de Octubre de 1978


El Correo Meridional
En la región rusa de Zasiadko, en una de las 209 minas de la cuenca hullera de Donetsk, ha aparecido un bloque de corindón de un extraordinario tamaño. Además de su dimensión, lo asombroso del descubrimiento es su perfecta forma esférica de casi medio metro de diámetro, sin aristas, ni protuberancia alguna. Su superficie está perfectamente pulida, presentando una suavidad asombrosa en toda su extensión. Autoridades locales se hacen cargo de la piedra y deciden que quedará como muestra de la superioridad mineralógica soviética en las oficinas de la Empresa Minera Estatal de Zasiadko….

24 de mayo de 1999

El Correo Meridional

Una enorme explosión de grisú mató a 50 mineros en Zasiadko, en la que se ha convertido en una de las peores tragedias en la historia de la minería ucraniana. Zasiadko se hizo famosa a finales de los años 70 por la aparición de un extraordinario bloque esférico de corindón que quedó olvidado tras la disolución de la Unión Soviética en los sótanos de las dependencias de la Empresa Estatal de Minas…

12 de Enero de 2000

El Correo Meridional

Tras una exhaustiva investigación por parte del nuevo gobierno ucraniano para poner al día las minas de Zasiadko, se ha comprobado que la famosa esfera de corindón hallada en los años 70 en una de sus minas ha desaparecido. Según fuentes de la investigación, una de las peores explosiones en la historia de la minería ucraniana acaecidas el pasado año, fue provocada con la intención de sustraer dicho bloque de piedra. Se desconoce por completo la autoría del hecho…

Al fin había llegado la oportunidad que siempre había esperado Konstantín Vasíliev, su tío Sergey había muerto y él se haría con el control de la empresa. Habían sido muchos años a la sombra de su tío, un clásico en sus métodos, a veces usando tecnología moderna, pero siempre arcaicos en su ejecución. Él se encargaría de que todo cambiara y la nueva generación de Vasíliev haría cambiar la casaca a todo.

Su tío nunca había querido tocar ciertos sectores del negocio, contentándose con la extorsión y el tráfico de armas a gran escala, pero dentro de poco la empresa tendría nuevos apartados como la prostitución y desde luego otro muy especial, las drogas, dirigido por él mismo. Habría que eliminar a varios sujetos y enfrentarse con la competencia, pero Konstantín estaba dispuesto, tenía todo lo necesario para ello, armas, hombres y dinero, los georgianos y los azerbaijanos, que copaban el mercado de la droga y la prostitución, deberían pensar en ir preparándose para lo que se les avecinaba, él era un auténtico soviético y no le temblaría la mano para quitar de en medio a esos cerdos y hacerles entender que en el mercado había una nueva empresa.

Svetlana le acariciaba su torso desnudo, aún algo sudoroso tras el intenso ejercicio sexual al que lo había expuesto, pero qué mejor forma para celebrar los funerales del “padrecito” Sergey. Su teléfono móvil lo sacó de tan agradables pensamientos. Bebió de un trago su vaso de vodka y se colocó el pequeño aparato en su oreja izquierda.

-Señor Vasíliev, perdone que lo moleste en estos momentos, pero el testamento de su tío no puede esperar.
-Está bien, en una hora estaré ahí.

Con aire aburrido quitaba una arruga inexistente de su caro traje de lino mientras escuchaba sin mucho interés al notario leer el testamento de su tío, el cual le dejaba absolutamente todo a su sobrino, único hijo de su hermano Yuri, fallecido en extrañas circunstancias hacía unos años, cuando ambos dirigían la empresa tras perder sus puestos en la KGB por la gran reducción de fuerzas que comenzó en 1.993.

Konstantín nunca dudó que su tío Sergey fue quien hizo desaparecer a su padre para tener el control absoluto de la empresa, pero le importaba muy poco, su padre debería haber estado más despierto. Además le tenía cariño al viejo al que todos llamaban “padrecito”, a partir de ahora él sería el “padrecito”.

Pietro esperaba a la entrada del despacho del nuevo director de la empresa Vasíliev Ltd, esperaba que el sobrino fuera más abierto que su viejo tío. Sabía que el joven era tremendamente ambicioso y necesitaba ingentes cantidades de dinero para la más que probable guerra que iba a producirse entre las diferentes bandas que mandaban en el país.

Pietro conocía bien los vicios de Konstantín: cocaína y mujeres. Pero sobre todo el poder, que le suministraba sus vicios en cantidades inmensas sin coste alguno. Era caprichoso y sobre todo con un ego fuera de lugar en un negocio que tan bien conocía Pietro Mazzini, uno de los miembros de una de las familias más antiguas de uomo di fidenza de la Madre y como no, de la mafia, de hecho la primera letra de mafia correspondía al nombre Mazzini, uno de sus ascendentes. Sólo necesitó una llamada con la frase “la Madre le necesita” y dejó todo sus negocios para dirigirse a Roma y recibir instrucciones.

Volvió a mirar de nuevo su Rolex de oro, el cachorro lo estaba haciendo esperar más de lo deseado, más de lo que estaba acostumbrado a esperar, pero la Madre merecía aquella falta de respeto y cualquier otra cosa que le exigiera, el honor de la familia y su palabra estaban por encima de todo, incluso ante esos desplantes que ningún otro se atrevería a cometer.

Por fin una escultural rubia de alegres ojos azules le indicó en un inglés con fuerte acento ruso que pasara. Pietro entró en el enorme despacho donde lo que estaba fuera de lugar era precisamente la mesa de despacho. La estancia tenía un enorme ventanal y una chimenea justo en el centro de la habitación, rodeada de confortables sofás. Konstantín estaba de pie observando el fuego al tiempo que hacía una seña al visitante para que fuera junto a él y se sentara en uno de los sofás.

Pietro lo observó detenidamente. Konstantín era un hombre de unos treinta años, delgado, con su pelo largo recogido en una coleta. Llevaba una camisa azul de seda y unos pantalones de cuero que cubrían a medias unas lustradas botas militares. En su mano el eterno vaso de vodka y estaba claro que el enorme anillo que llevaba en el dedo corazón de su mano derecha tenía un compartimiento donde llevaba permanentemente su amada cocaína de la que era esclavo. El joven cojeaba un poco de la pierna derecha, herencia de la polio.

Konstantín abrió disimuladamente su anillo, lo acercó a su nariz y absorbió con fuerza.

-Bien, ¿qué deseas de mí, Pietro?

A Pietro le molestó que le tuteara sin conocerlo siquiera, otro detalle a tener en cuenta, se creía más que nadie, otro fallo dentro del negocio. Mazzini le expuso el asunto qué le traía hasta allí y el jefe de la actualmente conocida como mafia soviética se sorprendió de la petición, pues desconocía que entre las pertenencias que su tío le había dejado existiera una piedra esférica de una especie de piedra preciosa que él desconocía, el corindón.

Konstantín pulsó con un dedo el perenne teléfono de su oreja derecha. Preguntó a su lugarteniente Sasha si tenía conocimiento de dicho objeto. Efectivamente la piedra existía y estaba en los sótanos de la Casa Azul de la empresa en San Petersburgo.

-Bien, mi querido Pietro, tenemos esa esfera, pero como comprenderás tiene un precio y ese precio no es nada bajo.
-Diga un precio.

El joven hizo un exagerado gesto como si estuviera pensando intensamente, a la vez que absorbía exageradamente por su nariz, como si algo en su interior se estuviera escapando.

-Bien, digamos 100 millones de euros –lo dijo con cierta sorna, creyéndose que dicha cantidad era enorme y que comenzaría un divertido regateo.
-Hecho -fue la lacónica respuesta del representante de la mafia italiana.
-¿Cómo?
-¿Cómo lo quiere, en dólares, euros, rublos o directamente en oro sin marcas?

Pasmado le costó hablar con la seguridad que siempre quería aparentar…

-Oro, por su puesto, es más fácil de colocar en cualquier país –respondió sin saber muy bien si había hecho un buen negocio o le acababan de timar.

Aquel tipo aceptó la cifra sin la más mínima duda, y además el desembolso sería en oro sin marcas de ningún banco estatal, lo que añadía una ventaja no imaginada.

-Está bien, la piedra está en San Petersburgo, como comprenderás tardaré unos días en tenerla en Moscú, aunque si tienes prisa puedo mandar mi avión privado por ella y la tendrás mañana mismo aquí.
-Mejor mañana.
-¿Pero tendrás el oro mañana aquí?
-No le quepa duda, joven.
-Bien, haremos la transacción en el aeropuerto, tengo un hangar muy discreto en el aeropuerto de Vnukovo donde podemos hacer negocios sin que nadie nos moleste.
-Me parece correcto.
-Pues si te parece bien, mañana a las doce del medio día te espero en el hangar número tres de Vnukovo. Pregunta en la entrada, el vigilante te indicará con toda amabilidad dónde estamos, pertenece a nuestra empresa.
-Está bien –dijo Pietro levantándose y alargando su mano-. Mañana estaré a las doce en el hangar tres del aeropuerto de Vnukovo, espero que la piedra esté en perfectas condiciones y embalada para su transporte.
-Sí, claro, y espero que tú traigas el oro.
-No le quepa duda al respecto, la seriedad en los negocios de nuestra familia es conocida sobradamente, buenos días señor Vasíliev.
-Buenos días, señor Mazzini.

Konstantín se quedó pensativo, cincuenta millones de euros en oro, una auténtica fortuna para poner en marcha sus planes sin el mayor contratiempo, pero, ¿tanto valía aquella dichosa piedra? ¿Habría pedido poco? Qué tipos más raros estos italianos.

Al siguiente día un avión jet privado Boeing despegaba del aeropuerto de Vnukovo con destino Italia.

En tierra, Konstantín miraba embelesado las treinta cajas repletas de pequeños lingotes de oro sin marca alguna que brillaban más que los propios rayos del sol.


Las cinco esferas al fin han sido reunidas para develar los secretos que encierran en su interior....



Capítulo - I

No había Nada, sólo era la Nada, no tenía límites, la Nada no puede tenerlo porque es Nada. Un pequeño punto negro, pura energía, era lo que existía en la Nada, ni en su centro ni en un extremo, la Nada no tenía forma, era Nada. El pequeño punto se contorsionaba, se retorcía sobre sí mismo en su redondez, latía con vida propia. Su fuerza era ilimitada pues lo concentraba todo en él. En un instante, imposible de medir un tiempo que ni siquiera existía, el punto se resquebrajó, estalló por su propia fuerza como nunca nada lo hizo o haría, y la energía fluyó esparciéndose en la Nada. Y aquel fue el principio.

Julio de 2017. Ciudad Estado Vaticano...



© José Luis Carranco, 2008
Depósito Legal: SE-01185-2008

Más información sobre el libro y dónde puedes adquirirlo en http://www.elsecretodelasesferas.com

También puedes tener el libro completo de El Secreto de las Esferas en formato PDF para leerlo en tu pc o en tu Ebook, si contribuyes y ayudas al mantenimiento de Revista en Red con un donativo de 12 euros, pinchando en los botones de "Donar" en las columnas de los lados. Muchas gracias por estar ahí.

Share
Share/Save/Bookmark

Comentarios 

 
+9 #1 No Name 01-11-2011 16:46
La semana pasada me llegó el ejemplar en papel. Me enganchó de tal forma que en tres días lo leí. Tiene todos los ingredientes para ser un bestseler, misterio, acción, emoción, sentimiento... El despliegue de información es increíble, siempre quieres saber más, y cuando lo acabas, te perece poco, quieres más. Es una historia coral donde todos los personajes tienen su importancia y se ha desarrollado con tal habilidad que no sabes quién es el protagonista hasta casi el último capítulo, que tiene un final sublime y apoteósico al que deseas llegar durante toda la novela. Ha sido como estar viendo una emocionante película, es muy cinematográfica .
Es una pena que el libro no esté en manos de una gran editorial para que tuviera una gran difusión y encontrarlo en librerías, porque lo merece y además su precio en papel sería más bajo, pero merece la pena hasta el ultimo euro.
Lo recomiendo, es de las mejores historias que he leído en los últimos años. Mi enhorabuena, señor Carranco, como seguidor conocía su imaginación y habilidad al escribir una historia, pero no me esperaba algo tan fascinante y apasionante que supera todo lo leído. Un saludo.
Citar
 

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar

INICIO
E.A.C. RADIO
Banner
APADRÍNANOS
Escribir, crear, diseñar... es un trabajo con muchas horas detrás que tienen un valor y que es necesario para todos. ¿Qué valor le das tú a la cultura y al entretenimiento que te aportamos? Necesitamos tu apoyo para mantener Revista en Red. Es voluntario y con la cantidad que se pueda y así seguir creciendo y entreteniendo. Muchas gracias por valorar nuestro trabajo.