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Hace muchos, muchos años, yo era un ser humano, como lo eres tú que lees estas palabras mal escritas. Ahora vivo en las profundidades de la tierra, junto a los que son mis hermanos. Si por casualidad me vieras, no lo creerías y el terror recorrería todo tu cuerpo al ver un ser salido del mismísimo Infierno. He decidido escribirlo. Aunque mis ojos no vean, aún recuerdo cómo son los símbolos llamados letras y como formar las frases adecuadas. Podrías escribirlo tú si te lo contara, pero mi voz ya casi no es capaz de articular un idioma conocido por quienes viven en la superficie. Además, no podrías relatarlo, porque si me encontraras en una noche oscura y sin Luna, significaría que yo sería lo último que vieras en tu vida.

PRIMERA PARTE

Pero como toda historia, es mejor que comience por el principio. No soy espeleólogo, ni tengo una especial curiosidad por las cuevas, pero durante unas vacaciones en Mallorca, en un viaje organizado, se incluía visitar unas grutas al parecer famosas. No sé cómo, ni porqué, pero me alejé del grupo, me introduje por una pequeña cavidad, como guiado por un insensato instinto y ahí empezó todo. Varias bifurcaciones me hicieron perderme irremisiblemente. Sin embargo continuaba adelante o más bien hacia abajo, buscando angustiado cómo encontrar el camino perdido o al menos una salida de aquel laberinto.

A pesar de que mi interés por la espeleología es nulo, soy en exceso previsor cuando viajo, aunque vaya a la vuelta de la esquina. Llevaba una mochila, calzado de montaña, barritas energéticas, una linterna con dos juegos de pilas de recambio y otra de lo más novedosa, que consistía en una manivela para recargar su pequeña batería que alimentaba las diminutas bombillas leds del artilugio.

Cualquiera puede pensar que no es normal que llevara todo aquello en una excursión programada y guiada y sobre todo, segura, pero odio la oscuridad y nadie podía garantizarme que aquella ruta marcada e iluminada no se quedara a oscuras por cualquier avería. Soy un maniático con estas cosas, lo reconozco y por una vez, esa manía compulsiva, sólo en cierta manera, me salvó la vida.

En las entrañas de la tierra no existe el tiempo aunque lleves un reloj, no hay manera de orientarse aunque lleves una brújula, sólo deambulas eligiendo una bifurcación tras otra, algunas llevaban a algún sitio, la mayoría a la nada. Lo único que notaba es que bajaba y bajaba sin cesar, sin tener la más mínima idea de hasta dónde podía llegar a profundizar en la tierra. No sabía si era de día o de noche en un lugar donde la luz pierde todo su sentido, más que el de ayudarte a dar el siguiente paso. La luz. Siempre he adorado la luz, hasta que llegó el día en que descubrí que la luz estaba en la oscuridad, pero para darme cuenta de eso aún faltaba.

El aire era distinto, todo era cambiante en aquellas profundidades. A veces notaba presión en mis oídos, otras un exceso de oxígeno que me volvía eufórico y a veces una pestilencia que me hacía cambiar de camino con rapidez. La linterna estaba terminando de agotar el último recambio de pilas. Había dormido en varias ocasiones y me despertaba sin saber dónde estaba buscando algún sonido, algún resquicio de luz, hasta que me veía forzado a encender la linterna para continuar caminando, bajando.

El agua parecía no ser ningún problema, pequeños arroyos subterráneos aparecían cuando menos lo esperaba e incluso amplios lagos de agua helada que vadeaba como podía o me hacían elegir otro sendero. Pero la comida era algo diferente. Hacía mucho que la última barrita energética había acabado en mi estómago. El hambre podía ser un acicate extraordinario para obligarte a dar un paso más, a tomar una bifurcación más, a hundirte cada vez más en la tierra.

La linterna murió definitivamente hace ya bastante. La tiré. La pequeña luminaria que yo mismo podía recargar con su manivela era lo que me quedaba. Al menos no dependía de las pilas de presunta larga duración, ni que la bombilla se rompiera, pues ese novedoso invento lleno de diminutas destellantes leds, hacía que me sintiera algo más seguro. Una podía fallar, veinte, no.

Horas, días, semanas... Ya dije que aunque llevara reloj, el tiempo aquí abajo no existe, se estira o se encoge de forma extraordinaria, quitando todo sentido a un aparato con manecillas, que en un arrebato por mi parte, acabó en una sima, de la que no fui siquiera capaz de imaginar su profundidad, porque no lo escuché cuando llegó al fondo, si es que existía algún fondo sobre el que caer.

La iluminación bajaba lentamente, me paraba y le daba vueltas a la manivela durante varios minutos y de nuevo ahí estaba la luz salvadora que me guiaba un poco más hacia lo desconocido.

Un recodo y ahí estaban. Unos escalones claramente realizados por la mano del hombre. Gastados por el uso, pero que en mí produjo un efecto exultante. Quizás lo que me había parecido una bajada sin fin hacia los infiernos fue una subida hacia la superficie. Palpé los erosionados escalones. Suaves al tacto, estaban ahí, eran reales, mi mente no me estaba jugando una mala pasada. Pero la escalera no era de subida, si no de bajada. Sin embargo, alguien los había construido y en ellos vi la salvación.

Comencé a bajar por las escaleras, cada vez más excitado, corriendo, casi volando a pesar de sentirme tremendamente hambriento y cansado. Parecía como si aquella enloquecida bajada nunca pudiera ser terminada, porque los peldaños parecían ser infinitos. Finalmente los escalones me llevaron a una gruta, ni grande ni pequeña, pero era un espacio amplio. En ese momento la pequeña linterna se apagó y frenéticamente di vueltas a la manivela para tener luz lo antes posible y poder comprobar por dónde podía continuar aquel camino. No la recargué mucho, sólo lo suficiente para orientarme.

Le di al interruptor de encendido y ahí estaba aquella visión de terror delante de mí. No oí nada, ningún paso o sonido que me anunciara que no estaba solo. Y en aquel momento, es lo que más hubiera deseado en el mundo, estar realmente solo en aquella gruta.

Era un ser completamente blanco, como si su piel fuera traslúcida. Iba desnudo. Su cuerpo, idéntico al de cualquier ser humano, era delgado, pero plagado de fibrosa musculatura natural. Lo realmente terrorífico era su cabeza.

De su frente partían dos amplios cuernos que se retorcían sobre sí mismos en una perfecta espiral. Su nariz eran dos simples oquedades plagado de pequeñas protuberancias óseas. Sus orejas, alargadas y amplias, llegando a unirse a la espiral formada por aquellos cuernos blancos. Sus ojos eran lechosos, claramente ciego. En aquel lugar no había nada que ver. Sin embargo, aquel ser me miraba directamente a los ojos, inmóvil como una estatua de sal. En ese preciso momento la linterna sumió de nuevo el lugar en la más profunda oscuridad.

Totalmente exaltado, di vueltas enloquecidamente a la manivela, ávido de luz, para comprobar que aquella visión era real y no un producto más de mi imaginación. Sólo recargué el aparato durante unos escasos segundos, deseoso de poder iluminar la estancia, aunque fuera de forma mínima. Paré, le di al interruptor del encendido y mi respiración se cortó.

A unos centímetros de mi cara, estaba el rostro de la criatura. No había oído absolutamente nada, como si se hubiera deslizado por el aire, pero ahí se encontraba, notando su lenta respiración contra mi cara. Sentí de repente como si hubiera perdido el juicio. En ese momento pensé que lo normal hubiera sido lanzar un grito, pero mi garganta no fue capaz de emitir el más mínimo sonido. Lo único que podía mirar era aquel rostro infernal que me observaba con sus ojos blancos y vacíos, como si realmente pudiera verme. La luz fue menguando hasta desaparecer y entonces advertí un pequeño golpe sobre mi clavícula y perdí el sentido.

Desperté sin saber el tiempo transcurrido. Sentía los huesos del hombro de aquella criatura clavándose sobre mi estómago, mientras mis bamboleantes brazos rozaban la piel de su espalda. No era suave ni rasposa, sencillamente se sentía curtida. La oscuridad era absoluta mientras era transportado con una facilidad pasmosa por aquel ser, como si mi cuerpo no pesara. Sus pies casi no hacían ruido al andar. De vez en cuando escuchaba un sonido gutural y unos clicks y chasquidos salir de su garganta, lentos, suaves y muy graves. En respuesta escuchaba otros similares, lo que me hizo pensar que se había cruzado con otra criatura como él.

Se paró, sabía, no sé cómo, que se había dado cuanta de que yo estaba despierto. Me bajo de su hombro, de nuevo sin esfuerzo aparente y me sentó suavemente sobre el suelo, apoyando mi espalda contra la pared. Abrí la boca para decir algo y su mano rápidamente me la tapó. Forcejeé un poco, pero me encontraba demasiado débil y a su total merced.

Hurgó en uno de los bolsillos de mis pantalones y puso algo en mis manos. Era la pequeña linterna led. Y por primera vez escuché realmente su voz. Tan sólo dijo: "Luz". Pero fue un sonido tremendamente grave, lánguido y próximo, como intentando que no se escuchara más allá de nuestros rostros casi pegados.

Di vueltas a la manivela, esta vez casi con desgana, sin deseos de ver de nuevo a aquella criatura y sin embargo, necesitaba imperiosamente la luz, como si fuera la única forma de evitar perder la cordura. Pulsé el interruptor y de nuevo ahí estaba ese rostro, mirándome sin realmente ver.

Me fijé en sus carnosos labios, el único toque de color en un fondo blanco. Abrió la boca para hablar, noté que le costaba un gran esfuerzo hacerlo y de nuevo ahí estaba esa voz profunda y grave. Levanto un dedo: "No hablar". Levantó un segundo: "No llorar". Levantó un tercero: "No resistirse". Levantó un cuarto: "Aprende". Cerró los dedos y alzó el pulgar: "Si no, tú mueres". Y lentamente giró su mano hasta que el pulgar apuntó hacia abajo.

"Estás débil, necesitas fuerza, comida". Vi que estaba sentado en una espacie de oquedad en aquella especie de tubería subterránea, a todas luces un camino. "Mira. Aprende". Señaló a un lado de donde estaba sentado. El suelo estaba cubierto de líquenes de color verde claro. Me pareció increíble que tuviera algún color en un lugar donde no llegaba la luz del sol. Su mano se sumergió entre aquel diminuto vergel y arrancó un buen trozo. Dejó al descubierto una pequeña corriente de agua en la que introdujo un dedo. Se lo llevó a los labios. "Tú, prueba. No ácida, no amarga, no dulce, buena. Aprende". Hice lo que creí que tenía que hacer, repetir sus movimientos. El agua estaba fría y casi sin sabor, más allá de un tenue gusto mineral.

En la cintura de aquel ser había una especie de correa de cuero del que colgaba una bolsa del mismo material. Sacó una tira de algo. Era carne seca, que identifiqué como cecina. Su mano se fue un poco más atrás y extrajo un cuchillo. Imaginé que sería de pedernal o algo primitivo, pero no era así, era un machete de los que suelen llevar los cazadores, con un acero que relució. Cortó un trozo de carne, restregó sobre ella los líquenes que había arrancado y me la dio. "Come, bebe, tú débil. Aprende".

Después se fue hacia el otro lado del conducto, se sentó en cuclillas sobre sus posaderas, apoyó los codos sobre sus rodillas con las palmas de las manos abiertas hacia arriba y se quedó observándome. Comencé a comer aquella carne aderezada con aquella especie de hongo. Estaba dulce y aunque no era sabrosa, llenaba. Tuve que comer despacio, la carne estaba algo dura, parando de vez en cuando para echar un trago de agua. La oscuridad era absoluta fuera del pequeño círculo que mi pequeña linterna era capaz de iluminar.

Hay algo que me sorprendió. En un principio me creí prisionero de aquel ser, pero no me sentía como tal. Tampoco podía decirse que era un invitado, aunque fui yo mismo quien entró en "su" mundo. Pero era extraño. Comía lentamente y sin embargo la criatura no parecía tener prisa alguna. Un prisionero no era tratado así, siempre solía ser empujado, vejado y su captor constantemente metía prisa para todo.

Aquella criatura me miraba con una paciencia que parecía no existir, como si en realidad el tiempo no tuviera sentido, como para mí mismo había dejado de tenerlo cuando lancé mi reloj por un agujero. Tampoco fui capaz de descubrir algo en su rostros o en su fisonomía que me pudiera hacer adivina la edad de aquel ser, como si ni él mismo sintiera esa cosa llamada tiempo.

Su postura, tranquila, sosegada, con las palmas de sus manos hacia arriba, como mostrando que yo no tenía nada que temer, a pesar de haberme amenazado con la muerte si incumplía aquellas extrañas reglas. Me pareció estar ante la paciencia ancestral de nuestros más prehistóricos antepasados.

Pero aquella criatura, a pesar de su apariencia, no parecía primitivo en el concepto de ser primario o tosco. Conocía mi idioma, al menos algo, y hablaba, aunque notara que le costaba un gran esfuerzo. A pesar del terror del que me costaba deshacerme, comenzaba a tener una sensación de confianza. Lo que no comprendía era su insistencia en que aprendiera, cuando lo más fácil era mostrarme el camino de regreso, si es que había alguna posibilidad de regresar a "mi" mundo.

Pude fijarme mejor en su físico. Lo más llamativo era su musculatura, pero no en el sentido de esos cuerpos llenos de músculos antinaturales producto de la acción de esteroides y forzados por máquinas para hacerlos crecer. Su musculatura era natural, pura, fibrosa, potente, marcada hasta en el más mínimo detalle.

Por la enorme cornamenta, su cabeza parecía desproporcionada en relación con el cuerpo. Sus manos, cuyas palmas me mostraba, eran callosas, las uñas cortas. No tenía pelo o vello alguno en todo su cuerpo. Su nariz parecía como si se hubiera ensanchado y retraído la carne y los cartílagos, dejando dos oquedades plagadas de esas pequeñas excrecencias óseas de diferentes formas. Sus ojos completamente blancos, sus párpados no se movían. Sin embargo, notaba su mirada, pendiente de cada uno de mis movimientos.

Su respiración era muy lenta, como si hubiera bajado el ritmo de todo su metabolismo, como una forma de ahorrar energía, pero también notaba que estaba alerta.

Miró hacia uno de los lados de aquel pasaje de piedra. Yo no había escuchado nada, pero al momento lo oí hablar de aquella forma extraña, con leves chasquidos de su lengua y sonidos graves y guturales. Al momento, dos seres muy parecidos a él aparecieron en el entorno de luz de mi pequeña linterna. Se pararon e intercambiaron palabras. Uno de ellos me miró y se volvió hacia mí. Era una mujer.

Sus pechos eran pequeños, fundidos con la musculatura pectoral, Su pubis lampiño no escondía nada. En vez llevar un cinturón de cuero, llevaba una pequeña mochila color verde. Se acercó a mí. Yo me quedé petrificado, sin poder mover un músculo, casi sin respirar. Ella se agachó con su cara muy cerca de la mía, mirándome con sus acuosos ojos. Pude notar que sus labios eran más rosados y llenos. Parecía sonreír. Entonces alargó su mano hacia mi rostro y pasó uno de sus callosos dedos por él. Se lo llevó a la boca y lo chupó. Su sonrisa se hizo más amplia y asintió. Se alzó y volvió junto a los otros dos, comenzando a hablar.

Entonces me di cuenta de un detalle que me dejó de pasmado, si es que algo en aquella situación podía dejar de hacerlo. La mujer, en su muslo de blanca piel llevaba un tatuaje de vivos colores. Pero no fue eso lo que me dejó de piedra, si no el motivo. Era Betty Boop, perfectamente dibujada en una de sus características posturas más sexy, con su corto traje rojo y tacones a juego. Sobre aquella piel blanca sobresalía de forma espectacular, aunque alguna de sus líneas habían cambiado por la misma forma del muslo, donde la piel era tirante, sobre un músculo poderoso y a la vez esbelto.

¿Qué hacia una de aquellas criaturas con un tatuaje de Betty Boop sobre su piel? No tenía sentido alguno. Nada de lo que me estaba ocurriendo en aquellas profundidades lo tenía.

La pareja siguió su camino, perdiéndose en la oscuridad, como si caminaran por una calle perfectamente iluminada. Mi compañero, siguió en la misma postura, mirándome, sin prisas. La luz fue menguando, y recargué la batería. Cogí un poco de aquel liquen y lo restregué contra el pequeño trozo de carne que aún me quedaba. La criatura asintió, como si de alguna manera aprobara lo que acababa de hacer. "Aprende".

Continuamos nuestro camino, a oscuras. Mi mano sobre su hombro, como un ciego guiado por un lazarillo. Silencio, oscuridad, desorientación al volver un recodo uno detrás de otros. A veces agachados, otras erguido, unas pocas arrastrándonos por estrechos pasajes. La criatura no me permitió encender mi pequeña linterna, me hacía pasar mis dedos por las pareces de roca y chuparlo para sentir su textura y su sabor y siempre aquella palabra: "Aprende".

Las horas se convirtieron en días, los días en semanas y no sé si las semanas pasaron a ser meses. Era del todo imposible medir el tiempo o si era de día o de noche en un lugar donde la oscuridad más absoluta lo dominaba todo. Incluso ese reloj biológico que todos llevamos dentro fue cambiando y lo único que sabía es que tenía hambre, mucha hambre. Aquel ser me alimentaba de vez en cuando, pero notaba que espaciaba cada vez más mi alimentación.

Cuando dormíamos, lo hacíamos directamente en el suelo, en un rincón o cavidad en los senderos que íbamos recorriendo. La primera vez me costó mucho poder dormir. Allí acurrucado, escuchaba leves roces y en muchas ocasiones, voces hablando el extraño lenguaje de las profundidades. Había muchos más seres de los que podía imaginar recorriendo aquellos abismales caminos.

Finalmente, me hice a la idea, no de mi posible destino, si no de mi presente, que era lo único que podía existir en las profundidades. Seguía a la criatura dócilmente, horas y horas de caminata. Dormía, bebía y comía cuando él lo indicaba y ninguna de estas tres cosas nunca eran suficientes para mí.

Me asombraba la facilidad que tenía en encontrar agua. A veces yo mismo escuchaba el fluir del líquido, otras era tan leve que resultaba imposible oírlo. Pero él sabía dónde encontrarla, porque la falta de agua no era ningún problema en las profundidades, siempre que supieras diferenciar entre las aguas potables, las ácidas y las ponzoñosas.

Otro detalle que me asombró es el olor de la criatura, o más bien la falta de él. Imaginaba que al ser una criatura a todas luces primitiva, tendría una higiene descuidada. Sin embargo, pude darme cuenta pronto de que no era así.

No sé si era la presión atmosférica que a veces taponaba mis oídos o la escasa alimentación, pero las necesidades fisiológicas eran cada vez menores en número, pero increíblemente regulares y en el lugar indicado. Pequeños canales de agua caliente servían para orinar o defecar en ellos, una piedra para limpiarse, que también acababa en aquel canal corriente abajo. Y cada vez que encontraba agua potable, solía asearse la cara, sobacos y entrepierna. Finalmente, tuve que imitarlo, porque el que apestaba era yo.

Poco a poco mis ropas fueron rompiéndose con pequeños roces, perdí el chaquetón, la camiseta se agujereó y los pantalones sufrieron de la misma manera, tan sólo mis fuertes botas resistían aquel inacabable deambular por la oscuridad.

En una ocasión dimos con una cascada que llenaba un lago que desprendía cierta luminosidad mineral. La criatura se colocó debajo de la cascada y se aseó a fondo. Luego me invitó a hacerlo a mí. El agua estaba helada, pero me reconfortó y bebí de ella sin problemas. Luego fuimos a un rincón y nos tumbamos en el suelo a secarnos, con tranquilidad, sin prisas. Me llamó la atención que la roca estuviera caliente. Algo que agradecí. Cuando nos secamos, ambos nos quedamos dormidos.

A veces, en uno de los caminos, comenzaba a ver algo en la oscuridad. No es que mis ojos se acostumbraran a la negrura intensa y palpable de las profundidades, si no que existían piedras, pequeños animales e incluso plantas que tenían una leve fosforescencia. Me había dado cuenta de que en aquellas profundidades existía una biología extensa, diferentes hábitats que llenaban de vida aquellos abismos.

En una de esas ocasiones paramos al lado de un cúmulo de líquenes que tenían esa cualidad luminiscente. Podía ver con claridad la cara de mi compañero de viaje. Se agachó ante ellas y las señaló. Al lado corría un canal con agua. Cogió mi mano y la restregó contra aquellas plantas biofosforescentes, luego me la llevó a la boca. Sabía horrible. Escupí con fuerza. Él asintió.

Luego introdujo un par de dedos de mi mano en el agua y de nuevo me animó a lamerlos. Lo hice y sentí un calor intenso, como si contuviera algún tipo de ácido. De nuevo escupí y para colmo sin nada para poder aliviar el escozor y mal sabor. "Aprende".

Sí, aprendí que aquellas plantas fulgurosas no se podían comer, ni el agua que las alimentaba se debía beber. Sin embargo, la criatura sacó su cuchillo y con el mango golpeó la piedra que bordeaba las plantas. La roca tenía un fino grosor, porque se abrió un boquete con demasiada facilidad. Metió su mano dentro y sacó un puñado de gusanos que medían unos dos centímetros, se los llevó a la boca y se los comió con calma, como si fueran un manjar.

Me invitó a imitarlo y negué con mi cabeza, señalando a la vez a su zurrón para que me diera un trozo de carne seca. El negó a su vez y señaló el agujero. Ahora comprendía porqué me mantenía en un estado de permanente hambre, porque hay cosas que sólo eres capaz de comer cuando se tiene la suficiente. Y yo la tenía.

Metí mi mano en el agujero, saqué un puñado de aquellos gusanos y por primera vez, a pesar de tener algo de luz, cerré los ojos y me los metí en la boca. Yo mismo me sorprendí. No es que supieran bien, pero lo desagradable no era el sabor, sino sentir que tu comida se mueve en la boca. Mastiqué lentamente, era dulzón y un gusto que no sabría definir, pero sentí cómo apagaba mi permanente hambre.

Volví a  meter la mano y cogí otro puñado que acabó en mi boca. Cuando lo intenté una tercera vez, el ser me detuvo y negó con la cabeza. A pesar de mi hambre, lo comprendí. Hay que dejar una parte para quien venga detrás y lo necesite. Además, imaginé que esos gusanos, fuente de alimento en las profundidades, necesitarían volver a reproducirse para seguir alimentando a los seres que habitaban aquellos abismos.

Como en cada ocasión que comía algo, me dio un pequeño trozo de piedra, sal mineral, que yo chupaba durante horas hasta consumirla totalmente. Jamás pensé ni imaginé la importancia de aquella sal que era la vida en aquel mundo, "su" mundo.

Después hizo algo que me sorprendió. Con el cuchillo aún en su mano, cogió mi muñeca con fuerza, luego me hizo un corte de unos cinco centímetros en el antebrazo. Estuve a punto de dar un grito, no sólo por el dolor, si no también por lo inesperado y la rapidez de aquel acto al que en ese momento no encontraba sentido. Con la misma celeridad, su mano fue a mi boca, tapándola y su cuchillo a mi cuello. Lo comprendía, tenía que callar y aguantar el dolor.

Mientras yo sostenía mi brazo y veía gotear mi propia sangre sobre el agujero donde habitaban aquellos gusanos, la criatura cogió un poco de aquel liquen fosforescente, escupió varias veces sobre la palma de su mano y comenzó a aplastar la mezcla, hasta convertirla en una especie de masa. Después volvió a coger mi antebrazo y aplicó aquel emplasto sobre la herida. Sentí temor, sin saber las consecuencias de aquel acto, sin desinfectante ni nada que se le pareciera. Luego sopló sobre aquel improvisado ungüento y para mi sorpresa se solidifico con bastante rapidez, taponando la herida y adhiriéndose a mi piel. Me miró y asintió. "Aprende".

Sí, en aquella parada aprendí varias cosas. Probar antes de comer, por mucha hambre que tuviera. Los líquenes bioluminiscentes no son comestibles, al igual que el agua de la que se alimentan. Pero los pequeños gusanos que a su vez se nutren de aquellas plantas y que puedo encontrar bajo la piedra a su alrededor, sí son comestibles. Y también aprendí que mezclando aquel vegetal con saliva podía conseguir un emplasto que curaba las heridas. Unas horas después, retiré el parche y la herida estaba casi completamente curada. Si en la superficie conocieran aquello, su descubridor se harían inmensamente rico.

¿Rico? Me di cuenta de que había pensado una auténtica estupidez inmerso en un mundo donde el dinero carecía de valor, donde vetas de oro eran claramente reconocibles y a la vez carentes de valor. Un lugar donde la vida que conocía iba poco a poco desprendiéndose de mí mismo en aquel viaje hacia el abismo. Sí, pensar en riquezas fue una estupidez. La fortuna me rodeaba, porque en aquel mundo, la riqueza era la propia vida.

Nos alzamos, me miró, hizo un movimiento con su cabeza y mi mano se posó sobre su hombro, continuábamos caminando, bajando cada vez a más profundidad. Transitábamos por un estrecho camino, que nos hacía ir encorvados, sin poder evitar que me llevara más de un golpe o una rozadura.

Cuando salimos de aquella especie de túnel, nos encontrábamos en un lugar amplio, una caverna inmensa como jamás hubiera imaginado que pudiera existir. No me hizo falta linterna para poder ver un leve resplandor en lo más hondo y percatarme de la grandeza del lugar, un fulgor seguramente producido por mineral, animales o plantas con propiedades lumínicas.

La criatura señaló mi bolsillo. "Luz". Saqué la pequeña linterna y la cargué. Cuando iluminé el lugar donde nos encontrábamos, tuve que dar un paso atrás asustado. nos encontrábamos casi al borde de un auténtico precipicio. No veía camino posible, pero estaba claro que había que bajar por aquella pared horizontal. El ser me miró, con un gesto hizo que me acercara. Mi luz era incapaz de iluminar el fondo. Con otro ademán me indicó que me subiera a su espalda. Una locura. Posiblemente yo pesara mucho más que él. Además, me acababa de dar cuenta que pretendía bajar por esa pared vertical de la que no adivinaba el fondo, cargando conmigo sobre su espalda.

Insistió. Él se agachó, apagué la linterna y la guardé en mi bolsillo, me subí sobre su espalda, intentando que mis brazos no estuvieran alrededor de su cuello. Mis piernas se enroscaron en sus ingles. Cuando se alzó, me sorprendí al comprobar que se movía con total naturalidad a pesar de tener ochenta kilos de peso muerto a la espalda.

Se acercó al acantilado, dio un suave saltó y se colgó del borde. Sus manos y sus piernas se movían con rapidez, bajando y bajando, mientras yo contenía el aliento, aterrorizado y a la vez asombrado de la habilidad y fuerza de aquella criatura. Metros y metros de bajada que parecían no tener fin. Podía escuchar leves cascadas de agua y eran varias, aunque no conseguía ubicarlas rodeado de la más intensa oscuridad. Sólo aquel lejano y etéreo resplandor parecía ser un lejano y esperanzador faro.

Sabía que nuestro rumbo se dirigía hacia el lugar del que procedía aquel distante y tenue fulgor y no tenía ni idea de lo que me esperaba en el que parecía nuestro destino. Mi destino.

¿Cómo era posible que sin resistencia me hubiera dejado llevar por aquella criatura infernal? ¿Por qué fui de alguna manera elegido para ser conducido hasta allí? ¿Como era que otras criaturas de las profundidades me habían tocado y sonreído al saborear mi piel? ¿Quién era yo para ellos? ¿Alimento, un cautivo, un esclavo...? No, no podía ser. Insistía mucho en algo: "Aprende". ¿Acaso era yo uno de ellos sin saberlo?

Me encontraba colgado sobre el abismo, mi vida dependiendo de la increíble fuerza y de la voluntad de aquella criatura y sin embargo, no sabía cuál de las posibles respuestas a estas preguntas era capaz de producirme más terror.

© José Luis Carranco

Continuará...

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Comentarios 

 
+3 #1 Alma 18-10-2011 14:31
"Necesito" la siguiente entrega, plissssssss
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+2 #2 Damian 18-10-2011 15:41
Guau interesante relato como la vida misma que llega a hacer pensar mucho a quien lo lee....
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+4 #3 No Name 19-10-2011 18:44
Muy bueno, como siempre una narración impecable que va subiendo el nivel poco a poco, enganchando cada vez más en cada párrafo. Deseando poder leer la segunda entrega. Señor Carranco, gracias por compartir estas historias que demuestran una vez más su gran creatividad. Un saludo.
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+1 #4 Maria Mordor 16-11-2011 11:10
Precioso, espero q lo continues pronto :lol:
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