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Tierra de Nadie, esa zona del frente que separada a dos ejércitos enfrentados. A veces es estrecha, unos doscientos o trescientos metros, otras mucho más ancha. Trincheras a cada lado y en su centro, alambradas de espino, minas, hoyos de obuses y muertos, la mayor de las veces repartidos en trozos, pero sobre todo, miedo y terror. En Tierra de Nadie también hay vivos, ocultos en agujeros como puestos avanzados de vigilancia de las propias trincheras, agujeros cincuenta o cien metros más cerca del enemigo, donde alguien se agazapa silencioso, atento al menor ruido que delate que una patrulla se acerca a investigar, o quizás a capturar a uno de ellos. Esta noche, uno de esos soldados en un puesto avanzado, soy yo.


Hace frío, la noche es cerrada, sin Luna. En un pequeño agujero en la pared de mi hoyo tengo dos cargadores, dos bombas de mano y la pistola de bengalas. Mi luger está alojada entre los botones superiores de mi guerrera, bien a mano. Mi casco de acero descansa en el suelo, a veces me siento sobre él, pero poco, mi cabeza no llega al borde y no puedo perder de vista lo que tengo delante. Aunque la vista no me sirva de nada en esta noche, por eso no puedo tener el casco puesto, entorpecería mis oídos y los necesito más que nunca para percibir el más ínfimo roce sobre la tierra o el sonido de metal contra metal.

Yo mismo procuro no hacer el más mínimo ruido que pueda delatar mi posición o vendrán a por mí. Tengo miedo, un miedo atroz. Me duele el cuello de la tensión. Tres años de guerra en el frente y es imposible dejar de tener miedo. Hans está en un hoyo a mi derecha, a unos cincuenta metros, a mi izquierda un novato. Espero que no lance una bengala ante cualquier sonido, eso despierta el frente y señala su posición. Además, deslumbra demasiado y la noche se vuelve más negra. Alejó de mí mi propia pistola de bengalas, la tentación es demasiado fuerte cuando oyes algo y en Tierra de Nadie siempre hay algún ruido que has de saber diferenciar.

Miro por el borde de mi agujero, veo algún resplandor en las trincheras de enfrente. Ellos están calientes, quizás tomando un café. Los escucho hablar. Yo sólo tengo mi cantimplora con slivovitz, pero lo uso sólo para calentarme momentáneamente. A mi derecha, muy a lo lejos veo el resplandor de la artillería, aunque no se oye nada. Un duelo artillero puede ser terrible cuando estás en una trinchera, los nervios se rompen y puedes perder la cabeza y querer salir corriendo, siempre directamente hacia donde caen las bombas. Por suerte siempre hay cerca un camarada que a golpes y patadas hace que vuelvas a razonar, si es que aquí es posible razonar. Es un método brusco y a veces brutal, pero funciona, salva vidas.

Maldigo que la noche sea tan oscura, y mi guardia acaba de empezar. Si al menos hubiera Luna podría haber contado los bultos de los muertos que tengo delante de mí, así cada rato los vuelvo a contar por si hay alguno de más. Una buena forma para saber que hay una patrulla cerca que ha salido de caza en busca de información. Si caes en sus manos no puedes hacerte ilusiones, todos sabemos lo que nos espera, nosotros hacemos lo mismo, no los soldados del frente, para eso están los bárbaros de las SS que todos odiamos. Torturas bestiales para sacar información y luego, si tienes suerte, un tiro en la nuca, si no la tienes, posiblemente te claven en la cabeza un casquillo de fusil con un martillo, eso ahorra munición.

He escuchado algo. Mi cuerpo se tensa y mis oídos se agudizan. Siempre hay ruidos en la Tierra de Nadie y sólo la experiencia te hace diferenciar el que provoca el viento, un cadáver al que se le escapan los gases por alguna rotura o algún animalillo. Parece mentira, pero hay animales que salen por la noche y merodean por la Tierra de Nadie, sobre todo las ratas. Odiamos las ratas, se alimentan de los cuerpos, un festín gratuito. Las odiamos tanto como al enemigo, a veces disparamos contra ellas por pura diversión. También están los piojos que recorren nuestros cuerpos en manada, pero llegas a acostumbrarte, no son tan peligrosos y hacen compañía.

Hace mucho frío, oigo una tos delante de mí, pero proviene de las trincheras que tengo enfrente. Saco el slivovitz y doy un trago. Su calor reconforta. Muevo el cuello y lo giro, me duele, demasiada tensión. Compruebo mi schmeisser con dedos expertos. Una bala en la recámara y el seguro echado. Huele a aceite, siempre la tengo bien engrasada y limpia. Un poco de barro y podría encasquillarse o algo peor y eso supondría mi muerte. La muerte, nuestra compañera, nos rodea, nos susurra, siempre merodeando a nuestro alrededor. Olemos a muerte y aunque volvamos a descansar a retaguardia, tarda días y semanas en irse su olor.

Miro de nuevo al frente al oír un roce, pero no sirve de nada, demasiada oscuridad. Mi mano intenta ir hacia la pistola con las bengalas de magnesio, pero la retiro con rapidez. Aunque ellos estén ahí, no saben exactamente dónde estoy yo, si disparo... Otro roce. Mi cuerpo se tensa aún más. Cojo mi cuchillo de combate y lo coloco delante de mí y saco el cañón de mi schmeisser por encima de mi agujero. Temo que el novato de la izquierda lance una bengala, pero no miro hacia su lado, sino al frente, los ojos bien abiertos para intentar captar un movimiento aunque esté tan oscuro, intentar captar un nuevo roce que me indique dónde están.

No quiero estar aquí, querría estar en cualquier parte, pero no aquí. Mi relevo aún tardará una hora, una hora que se hace tremendamente larga sin saber si esta noche me tocará a mí o a otro camarada. Espero que no sea a Hans. Es uno de los viejos, llevamos juntos desde que comenzó la guerra. Sí, de los viejos, somos viejos de veinte años que no saben nada de la vida, sólo matar de mil manera distintas. Es posible que tengamos los mismos conocimientos que un cirujano, sabemos dónde está cada órgano y cuál es vital o no. Es nuestro oficio, ya hemos olvidado a lo que nos dedicábamos antes de que comenzara toda esta locura, sólo sabemos matar y también sabemos que ya no somos los mismos ni nunca más volveremos a serlo. Hemos visto el horror, lo hemos mirado a la cara y él nos ha mirado a nosotros, y eso no tiene vuelta atrás.

Los de enfrente han apagado sus candiles y fuegos, se han callado. Va a pasar algo. Agudizo aún más el oído, hay un ruido inconfundible de fondo que al veterano del frente le pone la carne de gallina. Sí, están lejos, a algunos kilómetros, pero no cabe duda, son T-34, bastantes. Si estuviera un poco más atrás no los escucharía. Se está preparando una ofensiva y eso quiere decir que necesitan información. Vendrán.

Intento calmarme. No puedo. Detrás de mí, en la trinchera, sé que está Eric Dominic, otro veterano. Estará pendiente, con la MG-42 al lado. Sabe que Hans y yo estamos aquí, se puede confiar en él. Además, esta noche está de guardia el teniente Müller, un auténtico oficial del frente que llegó hace algo más de un mes a nuestra sección. El anterior era un nazi que no dejaba de pasar revista en pleno frente, sin dejarnos descansar y cuando le venía en gana, nos ordenaba hacer incursiones en las trincheras de enfrente.

Una noche quiso acompañarnos para demostrar que no era tan peligroso como nosotros decíamos. Eric se ocupó de él, le clavó su cuchillo de combate en la nuca y luego lo tiró sobre una mina. El informe decía que se salió del camino marcado como despejado en el mapa. El coronel ni investigó, sólo nos miró uno a uno a los ojos, sabía cómo era aquel cerdo y sabía lo que había pasado, caso cerrado. El teniente Müller nos demostró que era de los nuestros desde el primer día, con su uniforme gastado, los galones de plata de sus hombreras deshilachados y dos Cruces de Hierro sobre el pecho. Es un buen tipo.

Ahora no cabe duda, lo he oído claro, metal contra metal, hay más que muertos y ratas en la Tierra de Nadie. Intento localizar de dónde ha venido el sonido. Un poco a mi derecha. Espero que Hans esté atento y que el idiota del novato de mi izquierda no haga ninguna tontería, aunque lo preferiría, así irían a por él. Maldita sea, están cerca.

-!!!Me han cogido. Iván me ha cogido. Ayudadme!!!

El grito desesperado procedía de la garganta de Hans. Lancé mi mano hacia la pistola de bengalas, pero el novato de la izquierda se adelantó, algo que agradecí en ese momento. Mientras la cola chispeante se elevaba en el aire y antes de iluminarlo todo con más intensidad que si estuviéramos en pleno día, cogí los dos cargadores y los metí en el bolsillo de mi guerrera, guardé mi luger en su cartuchera y las granadas terminaron en las cañas de mis botas. Antes de salir de mi agujero, metí la pequeña pala en mi cinturón. Una pala para cavar trincheras es un arma terrible y eficaz en un cuerpo a cuerpo, y más cuando están afilados sus bordes, al igual que hacemos con el borde delantero de nuestros cascos.

En cuanto la bengala estalló en el aire y comenzó su lenta caída, todo el frente despertó, plagándose de las estelas de las balas trazadoras de las ametralladoras pesadas. Saqué la cabeza de mi agujero. Hans se había anticipado al cable que iba a atraparlo por el cuello y había logrado meter su mano. Un soldado tiraba de él para sacarlo del agujero, mientras otro lo golpeaba con la culata de su Kalashnikov. Dos más estaban de rodillas disparando hacia nuestras trincheras.

De un salto salí y lancé una certera ráfaga hacia los dos algo más alejados de Hans, que cayeron hacia atrás con el pecho destrozado. El del Kalashnikov me vio, dejó de golpear a Hans y alzó su arma hacia mí justo en el momento en que me tiraba de cabeza en el agujero de un obús. Las balas levantaron la tierra del borde. Me asomé cauteloso, y lo vi caer acribillado por las balas de la MG-42 de Eric, justo en el momento en que estaba a punto de llegar al hoyo en el que me había refugiado. Miré hacia donde estaba Eric, que alzó su casco de hierro a modo de saludo. Posiblemente me haya salvado la vida. Una vez más.

Algunas bengalas más surgieron de ambos lados de la Tierra de Nadie. Hans se había librado del cable que intentaba atrapar su cuello, pero ahora luchaba ferozmente con el otro soldado que llevaba un cuchillo en una de sus manos, mientras Hans se enfrentaba con sus manos desnudas. Tenía que ir rápidamente y ayudarlo. Aparecieron tres soldados rusos de entre las alambradas para capturar a Hans. Saqué las dos bombas de mano, las descapsulé, tiré de los cordones y las lancé una detrás de otra al pequeño grupo, mientras volvía a meterme en el agujero. Tras explotar ambas, me alcé. Había acertado, ya no estaban.

Con tanto ruido a mi alrededor casi ni me di cuenta de que otros tres enemigos venían por mi espalda. De lo que sí me percaté con claridad era de cómo caían acribillados, uno de ellos prácticamente encima de mí. De nuevo Eric y su inseparable MG-42, que maneja mejor que nadie. Como de costumbre alzó su casco para saludarme, mientras que con la otra mano hacía el signo de la victoria. O quizás era para decirme que en esa noche era la segunda vez que salvaba mi vida. Una vez más.

Los disparos fueron cesando conforme las bengalas caían y desaparecía su fulgor, volviendo la noche más negra aún de lo que pudiera estar antes de despertar momentáneamente nuestro sector del frente. De repente, tal y como comenzó, todo acabo y el silencio volvió a inundar la Tierra de Nadie. Me arrastré hasta Hans, que respiraba con fuerza tumbado boca arriba con el cuerpo del otro soldado a su lado.

-Era un jodido siberiano. Qué miedo he pasado, pero le he ganado. Por un pelo, pero me lo he comido vivo. Literalmente -me dijo entrecortadamente, recuperando el resuello.

Casi no podía verlo, pero estaba todo cubierto de sangre, tanto su rostro como su guerrera.

-¿Como que te lo has comido vivo?
-El jodido siberiano estaba a punto de clavarme su cuchillo, movió la cabeza para hacer más fuerza y dejó expuesto su cuello, le mordí. Joder, le arranqué un buen trozo y por suerte pillé la yugular. Siempre viene bien beber algo caliente con este frío.

No me asombró, era algo que ocurría más veces de lo que se pueda pensar cuando llegamos al cuerpo a cuerpo. Clavas tus dientes y muerdes con toda tu fuerza donde pilles con tal de salvar la vida. Unas veces arrancas un dedo o dos, otras una nariz, o como en este caso, un trozo de cuello, que más da. Escuchamos ruido que se acercaba desde nuestras trincheras.

-¿Cómo estáis? ¿Alguno está herido? -preguntó el teniente Müller, que venía acompañado por dos soldados
-Le informo, teniente, que el soldado Hans y el soldado Joseph, están gravemente heridos y necesitan al menos dos meses de estancia en el hospital, a ser posible con balneario y guapas enfermeras.
-Déjate de tonterías, Hans. ¿De donde ha salido toda esa sangre?
-Tenía hambre y le mordí el cuello al vecino, quería invitarme a cenar en su zona, pero preferí picar algo antes.
-¿Por qué tienes que ser tan bestia? Hay cosas con las que no me gusta que se bromee.
-Cada uno es como es, teniente.
-¿Y tú, Joseph?
-Bien. Gracias, Müller.
-Has hecho un buen trabajo.
-Sólo quería hacerme una visita, teniente. Se sentía solo en su agujero -dijo Hans.
-Bueno, dejémonos de charla. En cuanto volvamos quiero un informe. Traigo vuestro relevo, necesitáis descansar después de un poco de acción.

Se quedó un momento parado.

-¿Qué es ese ruido?
-¿Qué ruido, teniente? Yo no escucho nada más que los pedos del vecino -replicó Hans, como siempre con su peculiar humor, que increíblemente no solía perder ni en los peores momentos.
-Son T-34 -dije-. Y creo que son muchos.
-Venga, volvamos, tenemos que informar.

En cuanto comenzamos a arrastrarnos hacia nuestras trincheras, Hans me dio una patada.

-Podías haberte callado, imbécil. Ya verás como ahora tendremos que ser nosotros los que salgamos a cruzar las líneas para ver qué prepara Iván.
-Müller ya los había oído - me quejé.
-Y una mierda. Siempre hay un tonto que mete la pata y nos jode la noche.
-No te quejes, te he salvado la vida.
-No hacía falta, lo tenía todo controlado.
-Sí, ya me di cuenta -dije, siguiendo su irónico comentario

Nada más saltar dentro de nuestras trincheras por encima de los sacos terreros, nos dejamos caer en el suelo derrengados. El teniente se perdió por un recodo de la trinchera, camino del puesto de mando. Hans y yo apoyamos nuestras espaldas en la pared de tierra. Eric nos miraba muy serio, a Hans comenzó a temblarle las manos y él sabía lo que estaba pasando. De repente mi camarada comenzó a sollozar mientras los temblores se extendían por todo su cuerpo. Arrojó su casco sobre la pared de enfrente y yo pasé mi brazo por sus hombros, abrazándolo.

Sus sollozos se convirtieron en un llanto desgarrador. Yo lo mecía suavemente mientras hundía su cabeza en mi pecho. Por mi rostro también corrían algunas lágrimas. Todos sabíamos lo que estaba ocurriendo. Tras años de guerra puede parecer que nos acostumbramos a todo, pero no es así. El miedo, la adrenalina, luchar por tu vida como un animal...

Todos conocemos la diferencia entre matar a un ser humano desde tu puesto de tirador, tras una ametralladora, dentro de un carro blindado... Todos sabemos que no deja de ser un acto impersonal, como si le ocurriera a otro, como si no estuvieras matando a un padre o a un hijo. El cuerpo a cuerpo lo cambia todo. Matas con tus propias manos, con un cuchillo, con los dientes, pero lo haces mirando cara a cara, mirando directamente los desesperados ojos de otro ser humano que, como tú, no quiere morir. Y cuando la adrenalina del combate va desapareciendo por todos los poros de tu piel, estallas.

El descontrolado llanto de Hans fue bajando en intensidad, al igual que los temblores de su cuerpo. La manos que agarraban con fuerza mi guerrera comenzaron a relajarse. Se apartó de mí, me miró a los ojos e hizo una mueca en un intento de sonrisa y agradecimiento. Saqué un cigarrillo y lo encendí, luego se lo pasé a Hans, que le dio una potente calada. Sus manos se apoyaron en sus rodillas. Ya más tranquilo, me miró.

-Gracias, camarada.

Le sonreí. Aquel ser humano destrozado era el mismo Hans que bromeaba ante la muerte, que hacía chistes ante una cabeza cercenada o lanzaba comentarios jocosos cuando encontraba una pierna y se quejaba de la calidad de la bota que llevaba y que era una pena no poder encontrar la otra pierna para quitárselas. Aquel ser humano era el mismo que hundía su cuchillo en el vientre de otro ser humano hasta hacer salir sus intestinos, que mordía un cuello y arrancaba la carne con sus propios dientes para salvar la vida. Aquel guerrero era sencillamente un muchacho de veinte años que no había hecho otra cosa en su vida mas que matar, pero que nunca dejó de ser un chiquillo que poco antes correteaba por las calles de Hamburgo.

Todos los que la conocemos odiamos la guerra. No hay absolutamente nada bueno en la guerra. La muerte no es hermosa. Matar o que te maten no tiene nada de heroico. Las medallas son simples y patéticos trozos de metal manchados de sangre. La guerra envilece a los pueblos que las inician y a los que las apoyan. Es hacer descender al ser humano a lo más profundo y oscuro de su condición animal. Porque al final sólo somos eso, animales que luchan por su vida, sin siquiera saber porqué.

Nos han convertido en bestias. Por eso cuando volvemos a la civilización nadie nos comprende, sólo el camarada que ha luchado a nuestro lado puede hacerlo. Porque aunque parezca mentira, ya sólo nos sentimos cómodos en una trinchera. Es nuestro hábitat, el único donde podemos existir. Porque no hay otro lugar donde podamos sentir confianza en nosotros mismos y en quienes nos rodean. Los demás, los que no han pisado el frente, son extraños para nosotros, un enemigo más al que no nos importaría machacar la cabeza o hundir un cuchillo en su barriga. Sí, odiamos la guerra, pero inexorablemente, ya formamos parte de ella, ya somos parte del abismo, parte del horror.

Hans, ya se ha calmado totalmente, vuelve a ser el mismo. Saco mi cantimplora y se la paso. Le da un buen trago y eructa.

-Joder, sabe a meados de caballo.
-No te quejes, es el mejor slivovitz que hay en todo el frente del este. Además, ¿has probado el meado de un caballo? -le pregunto sarcástico.
-Cuanto se tiene la sed suficiente, uno bebe lo que sea.

Sí, volvía a ser el mismo y aunque su comentario tenía su acostumbrado todo irónico, no dejaba de ser cierto lo que acababa de decir. Me devuelve la cantimplora y se la lanzo a Eric que también le pega un buen tiento y me la devuelve mientras se limpia su abultado bigote rubio con la manga de su guerrera. Luego bebo yo. Los camaradas primero, aunque lo que al final quede en la cantimplora sea un mísero buche.

Lo que acababa de ocurrir no es extraño, no era motivo de vergüenza llorar desconsoladamente tras un combate. A todos nos ha pasado más de una vez y nos volverá a pasar, si es que seguimos vivos al día siguiente. Y todos llaman a su madre. Cuando luchamos cuerpo a cuerpo y tu enemigo está a punto de morir, sólo llama a su madre. Igual que un herido de gravedad en las trincheras o en las alambradas y que sabe que va a morir. Lanza alaridos, llora, pero sobre todo grita: "¡Mamá!". Ni novias, ni esposas, ni hijos. Cuando la muerte te está arrancando la vida sólo recuerdas y llamas desesperado a quien te la dio.

Estábamos fumando tranquilamente sentados en la trinchera, cuando vimos aparecer al teniente Müller. Sospechábamos lo que iba a pasar al verlo con un uniforme ruso. Detrás de él venía el cabo Kolb, también con el mismo uniforme y con un saco en su mano, que tiró ante nosotros.

-Ten cuidado, Müller, he estado a punto de pegarte un tiro en la barriga. Con ese uniforme creí que había llegado Iván -dijo Hans, que no había hecho ningún movimiento, desmintiendo lo que acababa de decir.

Al teniente Müller no le importaba que lo llamáramos por su nombre en vez de por su grado, era uno de los nuestros.

-Vengo del puesto de mando, tengo que ir con cuatro soldados tras las líneas enemigas para ver qué está pasando con tanto ruido de motores.
-Ves como tenías que haberte callado, idiota -me dijo Eric a la vez que me lanzaba un terrón de tierra que impactó en mi hombro.
-Dejaros de tonterías. Han llegado más informes al puesto de mando con ruido de movimiento de tropas y blindados. Me han ordenado que me infiltre tras las líneas enemigas con un comando reducido de cuatro soldados para comprobar las fuerzas que Iván está reuniendo. Hay un bosque a unos dos o tres kilómetros y es allí donde parece que están acumulando tropas y carros para una ofensiva.

Eric hizo una pregunta de la que sabíamos perfectamente la respuesta.

-Y además de Kolb, ¿quiénes son los otros tres idiotas que tienen que acompañarte?
-Vosotros tres.
-Siempre somos nosotros. Müller, por una vez podías haber buscado a otros que la pringuen o que tengan ganas de lucir una Cruz de Hierro, aunque lo más probable es que sea una cruz de madera. Con estos trapos de Iván encima es como pedir a gritos una bala en la nuca
-Os he escogido porque sois los más veteranos y los que tenéis más experiencia, no confiaría en otros.
-Claro que somos los más veteranos, como que somos los únicos tres que quedamos con vida de la primera sección desde que Adolf decidió empezar esta guerra mundial.
-Yo también comencé desde el principio y me quedé sin sección, por eso estoy aquí ahora con vosotros.

Mientras hablábamos, íbamos cambiando nuestros uniformes por los rusos.

-Una pregunta, teniente.
-Dime, Eric.
-¿Cómo es que lleva más de tres años en esta guerra, tiene dos cruces de hierro y aún sigues siendo teniente?
-Me han ascendido tres veces y tres veces me volvieron a convertir en teniente. Cada vez que volvía a casa, acababa borracho y dándole de puñetazos a alguien, y siempre era a algún imbécil del partido. Además, todos sabéis lo que es volver a casa para nosotros. Pero yo os puedo hacer la misma pregunta, Eric. Los tres estáis aquí desde el principio y todos tenéis la Cruz de Hierro. ¿Cómo es que no sois al menos suboficiales.
-Porque no queremos, hemos rechazado cualquier proposición de ascenso. Cuando acabe esta guerra mundial todos los que tengan algún galón de más, tendrá que responder por todo lo que hemos hecho. Los soldados rasos devolveremos nuestros uniformes y nos iremos tranquilamente a casa, a los oficiales os van a dar para el pelo

Miré a Eric sin poder disimular algo de tristeza en mi mirada.

-Ninguno de nosotros vivirá para ver terminar esta guerra -le dije.
-Vosotros posiblemente no, pero yo sí -respondió Eric-. He tenido un sueño, una visión. Estaba en Berlín, en la Puerta de Branderburgo, Adolf estaba colgado en el arco del centro, y bajo su cadáver, un soldado ruso y yo estábamos bailando y bebiendo vodka, celebrando la muerte del cerdo y el fin de su guerra mundial. Y vosotros no estabais, así que yo seré el único que sobreviva.

Poco podía imaginar Eric en ese momento que moriría en mis brazos en el parque Tiergarten de Berlín, con sus piernas arrancadas por una granada, mirándome a los ojos, mientras yo lloraba como un niño por perder a mi mejor camarada, el único que quedaba con vida, justo en el mismo momento en que Hitler se pegaba un tiro escondido como una rata en su bunker de la Cancilleria del Reich.

-Bien, dejaros de charla -dijo el teniente Müller-. Calculo que nos quedan algo más de dos horas de oscuridad para cruzar las líneas enemigas. Durante el día nos ocultaremos en el bosque y mañana por la noche intentaremos ver qué está preparando Iván. Procuraremos contar sus efectivos y volver para informar al puesto de mando.
-Pan comido -dijo Hans mientras se deslizaba ya por encima del parapeto de la trinchera vestido de soldado ruso.

Hans siempre iba el primero en este tipo de misiones, tenía un sexto sentido para detectar una mina o cualquier otra trampa que Iván hubiera preparado. Nadie sabía cómo lo hacía, pero siempre acertaba y nos dejábamos guiar por su intuición. Detrás salto el teniente Müller, luego Kolb y Eric, yo me encargaba de la retaguardia. Comenzamos a arrastrarnos lo más silenciosamente posible. Me encontré un brazo cercenado, y lo eché a un lado. Me di cuenta de que tenía aún puesto el reloj. Se lo quité. Cualquier cosa de valor venía siempre bien y nunca se sabía cuando te podía hacer falta.

Hans nos guiaba lentamente, pero con seguridad. Estábamos atravesando las alambradas por un hueco abierto por un obús. Volví a sentir el hormigueo del miedo recorriendo todo mi cuerpo, sudaba a pesar del frío y el dolor en el cuello se hizo más intenso. Porque no hay un lugar más terrible, un lugar que infunda más pavor, un lugar que huela más a muerte, que cuando te encuentras en Tierra de Nadie.

José Luis Carranco

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Comentarios 

 
+7 #1 Antonio G. 08-08-2011 09:32
Una excelente narración, angustiosa, pero con momentos de respiro utilizando un humor más que negro que te hacen imaginar cómo era en realidad y lo terrible de una guerra, el miedo y el horror. Se ve bien documentada y engancha.
Me sigue sorprendiendo la creatividad del autor, la diversidad de los contenidos de las que da muestra y además la cantidad de páginas que es capaz de escribir en poco tiempo, se nota que escribe los artículos y los publica sobre la marcha, pero sin que decaiga el nivel de lo que nos ofrece. Señor José Luis Carranco, aquí tiene un seguidor y un admirador.
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+4 #2 Damian 08-08-2011 16:01
Un relato intenso y bueno, yo no luche cuerpo a cuerpo, pero si vi el refuljir de los misiles volar a lo lejos, estar en tension por llegar a tierra de nadie, aunque protejidos. Eso si muy lejos de todo conflicto armado. Buen relato repito y seguiremos leyendo....
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+3 #3 No Name 23-08-2011 18:41
Me ha encantado, es como si el autor hubiera vivido de verdad la experiencia de las trincheras. Gracias.
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+3 #4 Maria Mordor 16-11-2011 18:57
Creo que no tengo palabras para describir lo que me parecen estos parrafos, pero si puedo decir lo que he senido... varios escalofrios y en algun momeno las lagrimas querian brotar de mis ojos, apenas he podido reprimirlas... no tengo palabras.
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+3 #5 cristobal ignacio 30-11-2011 21:07
que horror ,angustia y pena sin fin ...realmente la guerra nos convierte en animales ,leer esta narración me conmovió terriblemente ...dios quiera que no hallan mas guerras y podamos vivir tranquilos y en paz ,aunque no sea como hermanos sino como vecinos .le pido a dios que guié a los mandatarios de cada país por la senda de la paz y la justicia . para no volver a vivir nunca mas las barbaridades relatadas
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+2 #6 julio 24-12-2014 16:57
muy bueno amigo te metes en la historia de los soldados y entiendes que así fueron esos tiempos
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