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Primera y Segunda Parte

Existe un pueblo que no aparece en los mapas y nunca olvidaré el día de mi llegada cuando, ante un vaso de añejo vino, unos sonrientes aldeanos me preguntaron cuál era mi oficio y yo inocentemente respondí: escritor. En ese momento no tenía ni la más remota idea de lo que aquello iba a significar, de la vida de espanto, dolor y miedo que iba a vivir a partir de entonces. Pavor ante la hoja en blanco, horror ante la evidencia de que ese día sería incapaz de escribir una sola línea, pánico ante las consecuencias. Pero será mejor que comience a relataros esta pesadilla en la que vivo desde el principio...


Desde pequeño quise ser escritor, pero no fue hasta los treinta que comencé a escribir pequeños relatos para un par de publicaciones. No ganaba casi nada, pero ver tus letras impresas era toda una recompensa. Unos años después, finalmente una editorial se interesó por mi trabajo, pensé que quizás podría trabajar en una novela de verdad, pero no fue así, sólo querían publicar una selección de mis relatos. El adelanto no estuvo mal, y al fin y al cabo aquellas pequeñas obras ya habían dado sus frutos. Pero aquel encuentro con una editorial y un agente de verdad me hizo al fin enfrascarme en la elaboración de una novela, mi sueño.

El sueño se convirtió en pesadilla una vez acabada, porque las ventas del primer libro fueron desastrosas y ni mi agente ni la editorial mostraron el más mínimo interés por mi nuevo trabajo, a pesar de que era realmente bueno tras invertir unos tres años en darle forma, pero para la editorial, los números eran los que mandaban. Finalmente me autoedité a través de Internet, no me costaba nada y al menos podía verla publicada. Recibí infinidad de correos de lectores entusiasmados con mi historia de la que pedían más.

No sé cómo, pero el libro cayó en manos de un editor que trabajaba en una gran editorial y mostró su enorme interés por mi obra. Se trasladó hasta mi ciudad para llegar a un acuerdo, despedí a mi anterior agente que no se interesó en mi libro y contacté con uno nuevo que llevó las negociaciones con el editor. Finalmente, un año después, mi novela vio la luz y se convirtió en todo un éxito de ventas. Los correos llenaban mi buzón a diario, tuve que cambiar de número de teléfono y sobre todo, mi editor reclamaba una segunda parte, porque todos los comentarios se parecían, la novela les había parecido corta y querían más.

Tres años después había publicado la que fue conocida como La Trilogía de las Esferas. Se tradujo a infinidad de idiomas y hasta fue llevada al cine. Al fin dejé de tener problemas económicos para poder dedicarme definitivamente a lo que más deseaba en el mundo: escribir. Mis dos siguientes trabajos tuvieron una acogida similar. Era un escritor popular, participaba en tertulias, era invitado a fiestas, viajaba por todo el mundo, pero entonces ocurrió. Habían pasado tres años y no había vuelto a escribir una sola línea.

Mi editor me presionaba, mi agente me presionaba, los lectores me presionaban y lo peor de todo, me criticaban duramente, como si en aquellos cinco libros publicados estuviera todo lo que podía dar como escritor. Pasaba noches en vela intentando imaginar historias, comencé muchas de ellas, pero no llevaban a ningún sitio. Intentaba crear un nudo interesante como antes conseguía con cierta facilidad, pero el nudo se deshacía sin sentido alguno. Había perdido toda mi inspiración.

Me instaron a un reunión en la que estábamos mi agente, los editores y yo, me exigían una nueva obra. A pesar de la fortuna que gané y sigo ganando con los derechos de mis libros, la editorial quería más. Puso ante mí un goloso adelanto de trescientos mil euros y una idea: irme a un lugar apartado, un pueblo tranquilo, alejarme de la gran ciudad, de sus ruidos, sus gentes y sobre todo, de sus infinitos vicios en los que no dejaba de sumergirme, y en la mansedumbre de prados y montañas encontrar la musa perdida.

Acepté. Metí en una maleta todo lo necesario y cargado con mi portátil y una pequeña impresora, comencé a recorrer las carreteras secundarias de nuestro país guiado por un GPS de última tecnología. Conocí pueblos y gentes interesantes, pero no me quedaba en el lugar más allá de un par de días. Llegaba a aburrirme y dejaba la localidad en busca de un pueblo que me diera algo más que navegar por Internet mientras la hoja del Word continuaba en blanco. Se suponía que era eso lo que buscaba, un lugar tranquilo en el que el aburrimiento me hiciera crear una historia y darle forma, pero yo buscaba algo más, un lugar que realmente me inspirara.

Me dejaba llevar al volante de mi monovolumen, huyendo de las autopistas o los grandes centros urbanos, el GPS me guiaba por pequeñas y olvidadas carreteras, muchas de ellas necesitadas de un buen asfaltado. Llevaba recorrido más de mil kilómetros cuando de nuevo me adentré en la provincia que me vio nacer. Sólo un pequeño cartel descolorido anunciaba que había vuelto a Sevilla por carreteras de la serranía. Llegué a un cruce no señalizado, aunque más que cruce era que la pequeña carretera principal se partía en ángulo recto en dos.

Algo no iba bien. Miré la pantalla de aquel GPS de última tecnología y me decía que allí no había ningún cruce, bueno sí, pero que no podía llamarse como tal. Según el GPS aquella estrecha carretera secundaria continuaba en línea recta hacia Guadalcanal y lo que aparecía a los lados eran dos simples caminos rurales que extrañamente se volvían a unir una decena de metros más adelante. Pero lo que tenía frente a mí era el infranqueable muro de piedra de una montaña, y a los lados unas carreteras recién asfaltadas. Como buen técnico, di varios golpecitos a la pantalla del aparato, pero la imagen no cambiaba, la carretera seguía recta sin nada a los lados.

Me encontraba parado, con ganas de bajar del vehículo y comprobar físicamente que el aparato se equivocaba aunque fuera dándole dos patadas a las rocas que tenía delante. No se oía nada, sólo el canto de algún pájaro, pero ningún sonido que me anunciara que hubiera cerca algún vehículo. Tan sólo había dos carteles que comunicaban el destino de ambos caminos y extrañamente los dos iban al mismo sitio: "Villa Serena del Rey - Fundada en 1923". No me podía imaginar que dos caminos que iban diametralmente en sentido opuesto pudieran llevar al mismo sitio. El nombre del lugar ni me sonaba, tampoco era algo extraño ya que muchos pueblos que había visitado tenían nombres totalmente desconocidos para mí. Pero, ¿en mi propia provincia, la misma que creía conocer al dedillo?

Pensé que al fin y al cabo comencé este viaje para dejarme llevar, así que metí primera y antes de soltar el embrague tenía que decidir si a la izquierda o a la derecha, aunque poco importaba, porque según aquellos carteles ambas carreteras me llevarían al mismo lugar, tomé la carretera de la izquierda. No sé si aquello influyó en el terror continuo en que estoy viviendo actualmente, pero creo que no hubiera importado. Villa Serena del Rey esperaba un nuevo visitante e ineludiblemente, yo era aquel visitante.

No recorrí más de un kilómetro cuando me encontré a la entrada del pueblo. Una especie de plaza me recibió, cuyo centro estaba ocupado por una estatua de Alfonso XIII rodeada de flores y setos perfectamente cuidados y una piedra rectangular donde rezaba: Villa Serena del Rey, fundada en Mayo de 1923 por S. M. el rey Alfonso XIII. Me pareció tan curioso que paré el vehículo, baje e hice unas fotos con mi cámara digital a la estatua y la leyenda escrita en piedra. Volví a montar en mi coche y entré en la localidad.

Nada más enfilar la calle principal de Villa Serena del Rey, fue tanta mi sorpresa y asombro, que hasta detuve mi monovolumen y bajé para mirar más detenidamente lo que tenía delante. La calle no era muy larga, algo más de mil metros. Recta, como si hubiera sido trazada con una regla. Dividida en manzanas perfectamente idénticas, de unos cincuenta metros cada una. Las casas también tenían un parecido casi irreal, pintadas de un blanco impoluto. Pensé que al ser planificada en una fecha de no más allá de cien años, es lógico que fuera trazada sobre un plano y que no dejara de ser tremendamente cuadrangular.

Sus calles era adoquinadas. Sorprendía la limpieza y que ningún vehículo rodara por ellas. Conforme miraba con más atención mi asombro fue creciendo. A los lados de la calle había vehículos aparcados, igualmente impolutos, brillantes, como recién salidos de fábrica, pero lo extraño eran los modelos, que abarcaban desde un vetusto Hispano Suiza, hasta un Porshe Carrera 2. Y cuando digo que abarcaba todo lo creado en automoción entre ambas marcas de vehículos es que era así. Un Gordini, un seiscientos, un Renault 5, un Audi 6, un BMW y varios vehículos que casi no pude identificar, pero que no quedaban dudas de que fueron fabricados en los años 30, 40 ó 50. Un museo automovilístico en plena calle.

Tuve sentimientos encontrados, por una parte estaba la extrañeza que inspiraba la visión que tenía delante, por otra, el pensar que había llegado al lugar adecuado para ser capaz de inspirar mi imaginación y al fin dar forma a una nueva novela. Me estaba entusiasmando antes de tiempo.

Seguí observando y escuchando. Algunos trinos de diferentes pájaros y poco más. Otra nueva sorpresa, algo en lo que no me fijé en un principio pero que de repente se hizo completamente evidente en mi mente de asfalto de ciudad. No había ni un solo cable por las paredes, ni postes telefónicos, ni antenas... nada. Sí, es posible que aquel fuera el lugar que estaba buscando, más apartado imposible y aparentemente sin comunicaciones. Tan sólo esperaba que tuviera donde enganchar mi portátil para escribir, para conectarme a la red ya lo haría vía satélite.

Saqué el móvil para avisar a mi agente de dónde me encontraba y que quizás pasara allí una temporada. No había cobertura. Mi móvil no captaba ningún tipo de señal. Miré el GSP e igualmente había dejado de captar señal alguna. No es que avisara que faltaba por localizar un satélite para triangular mi posición, sencillamente no encontraba ninguno de ellos. Nunca, en ningún lugar, me había ocurrido algo así. Pensé que quizás dependíamos demasiado de las últimas tecnologías, pero seguro que en el pueblo tendrían teléfono fijo para llamar, aunque me seguía extrañando no ver ningún cable ni antena, aunque fuera de televisión.

De repente escuché los cascos de un animal de carga y por una de sus calles apareció un aldeano tirando pausadamente de un burro. Me maravilló la indumentaria, más clásica no podía ser. Alpargatas, camisa blanca remangada, un pantalón de pana y un sombrero de paja. El hombre se paró y se quedó mirándome, alzó su mano a modo de saludo y yo respondí del mismo modo. Aquello pareció ser una señal ya que de un lado de la calle, de lo que identifiqué como un bar, salieron cuatro o cinco aldeanos más que del mismo modo alzaron sus manos a modo de saludo, invitándome a continuar hasta donde se encontraban. Subí a mi vehículo y me dirigí hacia ellos.

Me paré algo indeciso al lado de aquellos aldeanos que estaban junto a la puerta donde había una cartel que anunciaba: "Taberna Alfonso XIII". No cabía duda de que eran de lo más monárquicos. Finalmente aparqué en un hueco que parecía perfecto para mi vehículo y ante la invitación de aquellos señores entré en la taberna. Más rústico no podía ser el lugar. Todo el interior estaba decorado con aperos de labranza y tanto las mesas como las sillas era de madera, nada de plástico, ni siquiera aglomerado contrachapado. Quizás lo único que desentonaba un poco era la chica que veía de espaldas detrás de la barra con una larga melena rubia ya que hasta el momento sólo había visto hombres. Me invitaron a sentarme y uno de ellos pidió un vino para mí con potente vozarrón. No pude negarme, sonó más como una orden que como una simple sugerencia.

-Y bien, ¿qué le trae por aquí?
-Buscaba un sitio tranquilo, un pueblo donde poder quedarme un temporada.
-Ah, pues ha llegado usted al lugar idóneo. No en vano, el nombre de nuestra real villa serena, no es un nombre que Su Majestad hubiera escogido a la ligera. El pueblo perfecto donde pasar unas vacaciones, unas largas vacaciones.
-Bueno, no sé si me quedaré, tendría que ver...
-Por supuesto que se quedará. Ya le he dicho que Villa Serena del Rey es el lugar idóneo para unas vacaciones.
-No vengo por vacaciones precisamente, verá, soy escritor.
-Ah, un escritor, hacia mucho tiempo que no teníamos un escritor en el pueblo, y bien sabe Dios y el rey que lo necesitamos, quizás por eso esta usted aquí.
-Bueno, yo no diría tanto.
-Sepa usted, mi querido escribiente, que aquí nada le faltará. Es más, cuente usted con buena casa, generosa comida y todo lo que necesite. Todos los habitantes del pueblo tendrán a bien hacer su estancia lo más cómoda posible. Por cierto -dijo el aldeano sin darme tiempo a réplica-, aún no nos hemos presentado y aquí la cortesía es una de nuestras leyes más sagradas. Yo soy Fabián, el alcalde de la localidad, aquí don Manuel, el teniente de alcalde. Don Práxedes, el notario y juez de paz y aunque no vaya de uniforme, aquí don Alfonso, el sargento de la Guardia Civil.

No podía ni imaginar que estuvieran allí las fuerzas vivas de la localidad, me sentí algo abrumado, normal para alguien de ciudad como yo, poco acostumbrado a que cargos políticos estuvieran tan a mano.

-Es todo un honor, señores, mi nombre es José Luis, de Sevilla.
-Un escritor de la capital, el honor es nuestro, don José Luis. Ah, ya está aquí su vino, de buena cosecha, no le queda duda.

La joven camarera rubia estaba a mi lado, no dijo nada, llegó con tanto sigilo que ni cuenta me di, fue como si hubiera aparecido de repente. No me la presentaron ni ella dijo nada. Iba vestida con una moderna blusa color crema, unos vaqueros que había conocido mejores tiempos y en sus pies, como fuera de lugar, unas alpargatas de esparto. En una mano llevaba una bandeja de latón y en la otra el vaso de barro colmado de vino que dejó ante mí. En esa mano me pude dar cuenta que le faltaban tres dedos, el meñique, el anular y el corazón. Su mano semejaba las pinzas de un cangrejo. Cojeaba un poco y al mirar su rostro sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Le faltaba una oreja, como si esta hubiera sido cortada toscamente, pero lo peor era su mirada.

¿Cómo podría definir aquellos ojos? Azules, intensos, pero sencillamente vacíos, sin brillo. Es como si mirara sin ver, y en el fondo podía leerse un terror inimaginable. Me era imposible adivinar el motivo de su pavor. Tras dejar el vaso sobre la mesa, bajó aún más su mirada y se retiro de la misma sigilosa forma. Me quedé sin habla observando cómo se marchaba hacia detrás de la barra, como intentando que su presencia pasara desapercibida, dando la espalda al resto del local, sin volverse, sin mirar, su cabeza gacha al llegar a su destino y quedarse quieta como una estatua de sal. No sabía qué decir.

-¿Le ha molestado la forma de servirle de la señorita Clara? Sepa que aquí no toleramos la más mínima descortesía por parte de nuestros empleados.

La joven de repente comenzó a temblar, encogiéndose aún más. Algunos aldeanos que estaban sentados en otras mesas volvieron sus cabezas de forma repentina mirando a la muchacha. No sabía qué pensar sobre la extraña escena que estaba viviendo.

-No, para nada, ha sido muy servicial y todo muy correcto. Es más, jamás me habían servido tan bien -dije, creyendo que era lo que tenía que decir.
-Entonces nos alegra que esté satisfecho. Como puede apreciar en nuestro pueblo todo funciona a la perfección y hay cinco normas que todos han de respetar si no quieren incurrir en una falta que como es obvio conlleva sus consecuencias.
-¿Cinco normas?
-Así es. Cortesía, respeto, responsabilidad, compromiso y obediencia. Cortesía máxima con todos los habitantes nativos del pueblo, respetar nuestras decisiones, personas, idiosincrasia y costumbres, responsabilidad con el trabajo que se le asigne en la comunidad, compromiso de servicio y obediencia ciega a esos compromisos adquiridos con los habitantes de Villa Serena del Rey. Si alguna de estas normas son quebrantadas por acción u omisión, siempre, indefectiblemente, tendrá sus consecuencias.

Lo que el alcalde me estaba contando no tenía ni pies ni cabeza, en ese momento no entendía lo que en realidad quería decirme. Además, aparte del comportamiento de la camarera y las palabras de aquel hombre, hubo otra cosa que me llamó poderosamente la atención: no había ningún televisor y ni siquiera sonaba una radio como sería habitual, sólo silencio. De repente, de lo único que tenía ganas era de salir corriendo de aquel lugar. Di un largo trago al vino hasta acabarlo y me dispuse a despedirme.

-Bien, señores, ha sido un placer conocerlos y estar en su encantadora localidad, pero me temo que he de seguir mi camino.
-¿No dijo usted que estaba buscando un lugar tranquilo en el que escribir? Pues es este, ya se lo he dicho antes.
-No lo dudo, don Fabián, pero me temo que antes de decidirme prefiero mirar otros pueblos de las cercanías.
-Eso no va a ser posible. Don José Luis, usted no puede rechazar nuestra hospitalidad, para eso ha sido enviado aquí.
-Perdón, ¿enviado aquí?
-Así nos lo prometió el rey.
-Me temo que aquí hay un malentendido -dije levantándome sin poder disimular el temblor que recorría mi cuerpo.
-No, usted no se ha perdido, ha llegado a su destino. Haga el favor de tomar asiento y le explicaré.

El guardia civil se levantó de su asiento, puso una mano sobre mi hombro y prácticamente me obligó a sentarme.

-Verá, don José Luis, aunque no lo crea, usted es un enviado del rey, al igual que la señorita Clara y el resto de personas que trabajan al servicio de los habitantes de nuestro pueblo. Su Majestad Alfonso XIII iba a construir una de las primeras presas de nuestro país para surtir a la capital de agua. Nosotros vivíamos en un pequeño pueblo llamado Almadén de la Sierra, un fértil y bello valle donde nada nos faltaba, a cambio nos prometió un nuevo pueblo con buenas tierras y además, a los menos de cien habitantes del pueblo prometió que por las molestias que nos iba a ocasionar, enviaría peones y personal para trabajar y servirnos y que los habitantes nativos de Almadén de la Sierra jamás volverían a trabajar hasta la siguiente generación. Esa mano de obra ha ido viniendo poco a poco y no cabe duda de que usted, como escritor, es un nuevo enviado de Su Majestad, ya que el anterior escritor don Benavides Casas Viejas murió hace algún tiempo.

Seguía sin poder creer lo que estaba escuchando. ¿En qué locura me había metido? ¿Qué gentes eran aquellas? De repente recordé el nombre del escritor, Casas Viejas. Desapareció a finales de los setenta tras la Transición, en la que había participado activamente. Su desaparición siempre fue un misterio y ahora me enteraba de que se había visto atrapado en aquel pueblo de locos, quizás habiendo vivido una escena casi idéntica a la que estaba viviendo yo mismo en ese momento.

Me levanté y de nuevo miré hacia la chica rubia de la barra que había vuelto la cabeza para mirarme. Lo que volví a ver en sus ojos me dejó aterrorizado. Era puro pánico mientras movía su cabeza negando casi imperceptiblemente, como avisándome de que callara y siguiera al corriente a aquellas gentes o lo pagaría. No sabía qué hacer, tan sólo me vino a la mente una frase: "Si alguna de estas normas son quebrantadas por acción u omisión, siempre, indefectiblemente, tendrá sus consecuencias". ¿Pero qué consecuencias?

De repente, de un rincón de mi memoria, vino a mi cabeza la historia de Almadén de la Sierra. Fue en 1923, una de las mayores catástrofes que aún se suelen recordar en la provincia a pesar del tiempo transcurrido. En 1918, tras acabar el conflicto europeo, España estaba en muy buena posición económica gracias a su neutralidad, el rey Alfonso XIII decidió invertir en las zonas más deprimidas del país y entre una de sus decisiones estaba la de construir una presa con filtrado de aguas para la capital. Había algunos brotes de cólera debido a la ingesta de agua del río y el rey, recordando que su padre murió a causa de esta enfermedad por consolar y ayudar personalmente a los enfermos de esta terrible enfermedad, quiso erradicarla. Tras un viaje por tierras del sur ordenó la construcción de una presa.

Sus ingenieros eligieron un hermoso valle rodeado de montañas en la sierra norte de la provincia. Construyendo una barrera con compuertas, podría disponer de un embalse de agua importante y encauzarla hacia la capital mediante tuberías, el único problema era el pueblo que se asentaba en el mismo centro del valle. Un pueblo próspero, de ricas tierras, apacible y bello, de no más de cien habitantes. Fue el mismísimo rey en una visita quien convenció a los aldeanos de la conveniencia de la construcción de dicho embalse de agua. Les hizo varias promesas, la primera de ellas la construcción de una nueva villa de armonioso trazado, donde todos y cada uno de los habitantes tendrían una vivienda aún mayor que la que poseían en su actual pueblo.

Además contaría con ricas y amplias tierras de labranza a su alrededor, aumentando el territorio municipal, así como la excepción total de impuestos a perpetuidad. Pero el rey fue más allá. Viendo que no eran muchos los habitantes y que enorme iba a ser su pena por la pérdida del tan hermoso pueblo que les vio nacer, se atrevió a prometer que los nativos nacidos en Almadén de la Sierra no tendrían que volver a trabajar, sino que el rey mandaría nuevos habitantes que trabajarían a cambio de techo, comida y vestidos, así como un estipendio que debería salir de las arcas municipales, ya que no pagarían impuestos a la corona. Aquella fue la promesa que los aldeanos aceptaron de muy buena gana. Pero nadie podía imaginar la tragedia que se cerniría sobre Almadén de la Sierra.

La presa fue terminada, el nuevo pueblo que llevaría el nombre de Villa Serena del Rey estaba igualmente acabado, siendo la envidia de las localidades vecinas por su trazado y belleza. Tan sólo quedaba la visita real para inaugurar la nueva villa y que los aldeanos se trasladaran a su nuevo pueblo, donde algunos ya habían llevado sus enseres, aunque les estaba prohibido ocuparla hasta que no fuera inaugurada oficialmente por Su Majestad.

El rey se retrasó más de un mes de forma injustificada. Tres días antes de que finalmente fuera anunciada su llegada, ocurrió lo que nadie podía esperar. Comenzó a llover torrencialmente sobre el valle. El pequeño arrollo que lo cruzaba fue creciendo, pero nadie se preocupó, pues era normal que se desbordara cuando las lluvias eran copiosas. Pocos pensaron que al final de su camino ahora había una barrera infranqueable para el agua y que la inundación sería muy distinta. Las aguas subieron metros y metros llenando el valle con gran velocidad y los habitantes de Almadén de la Sierra perecieron ahogados. Nadie se salvó. No hubo supervivientes en aquella noche de mayo de 1923.

El rey Alfonso XIII, totalmente desolado por la catástrofe y tras visitar el lugar sintiéndose culpable del desastre por su retraso en inaugurar el nuevo pueblo, dio órdenes de que la nueva localidad de Villa Serena del Rey no fuera ocupada por persona alguna, que la carretera que a ella llevaba fuera cortada y que desapareciera totalmente, que el pueblo no fuera tocado como homenaje a las víctimas, y que su localización fuera borrada de los mapas, intentando de esta forma borrar también su culpa. Y ahora, casi cien años después ahí estaba yo, en Villa Serena del Rey, un pueblo que se supone que no debería existir, con unos habitantes que tampoco deberían existir y anclado en un tiempo que sencillamente no existe.

Me levanté de repente. Sudaba. Temblaba. Los aldeanos me sonreían, con unos rostros alejados de cualquier maldad y sin embargo, sus ojos me decían otra cosa. Me despedí atropelladamente y salí a la calle corriendo. Monté en mi coche y arranqué. Miré el GPS. Seguía sin mostrar señal alguna. Cogí mi teléfono móvil, seguía sin señal. Toda comunicación estaba muerta. Arranqué mientras los aldeanos salían del bar para verme marchar.

Enfilé la calle hacia la plaza de entrada, rodeé la estatua del rey muerto y entré en la recta de salida de aquella localidad que se me antojaba llena de fantasmas. Respiré con más tranquilidad al recorrer varios cientos de metros y perder de vista la estatua del monarca por el espejo retrovisor al pasar una rasante. Di varios golpecitos al GPS que seguía sin dar señal alguna. La carretera se me antojaba una lengua negra y recta con frondosos árboles a cada lado. Esperaba con ansia legar al cruce que me llevó hasta aquel lugar maldito y despertar de aquella pesadilla.

Di un frenazo. Perdí la respiración. Temblaba ostensiblemente. Me quedé parado mirando al frente cuando tras pasar otra pequeña rasante de la carretera ante mí se alzaba de nuevo la estatua del rey en aquella pequeña plaza de entrada a Villa Serena del Rey. No había dado ningún giro, la carretera era totalmente recta, pero ahí estaba de nuevo Alfonso XIII mirando al frente, como si me mirara directamente a los ojos. Era la misma estatua, el mismo lugar que acababa de dejar atrás, aunque mi mente se negara a creerlo.

Metí primera y comencé a encaminarme hacia el pueblo. Rodeé la estatua y de nuevo salí de la villa por aquella recta carretera esperando perderlo de nuevo de vista a través del retrovisor. Miré el cuenta kilómetros del coche y vi pasar un kilómetro, el cruce debería estar ya cerca, y de repente... Ahí estaba de nuevo la mirada inquisitiva de la estatua real. La misma maldita plaza de entrada a Villa Serena del Rey.

Realicé la misma operación tres veces más con idéntico resultado. Frené, sin saber qué hacer, si seguir entrando y saliendo infinitamente o adentrarme en el pueblo y enfrentarme a aquellos vecinos para poder saber la verdad de lo que ocurría, para poder al fin escapar. Tomé esta última decisión sin saber qué me deparaba el destino, sin siquiera poder llegar a imaginar la vida de terror que me esperaba. Un terror que sentía cómo comenzaba a tomar forma dentro de mí nada más volver a enfilar la calle principal...

La pesadilla no terminaba, ni siquiera continuaba, sencillamente, la pesadilla acababa de comenzar.

 

Segunda Parte

Continué por la calle principal, pasé de largo junto a la taberna, en cuya entrada, sonrientes, continuaban las fuerzas vivas del pueblo. Fui hasta la otra punta de la calle buscando salir por la parte de atrás de la villa, pero al terminar la calle no había nada. La carretera se cortaba de repente y sencillamente me encontré campos sembrados. Di la vuelta al coche y me fui fijando en las calles laterales, todas llevaban a un campo sembrado. Aquel maldito pueblo sólo tenía una salida. ¿O es que acaso no existía ninguna?

-Bien, don José Luis, finalmente parece que ha decidido quedarse con nosotros una temporada -dijo el alcalde del pueblo, cuando volví a pararme ante el bar. Pero en su tono no había ironía alguna, sencillamente lo daba como un hecho irrefutable.
-¿Qué está pasando aquí? -pregunté malhumorado mientras bajaba de mi vehículo.
-No veo que pase nada. Usted buscaba un pueblo tranquilo en el que escribir y como le dije antes, este es el lugar idóneo, además, a nosotros nos viene bien tener un escritor, hace tiempo que don Benavides nos dejó.

Intenté calmarme, porque mi ira comenzaba a exteriorizarse y si por un casual intentaba utilizar la violencia, todo estaba en mi contra. Estuvimos varios minutos mirándonos, el sonreía, yo me imaginaba a mí mismo con un rictus de rabia, mientras resoplaba y pensaba lo más rápido que podía. Decidí llevarles la corriente, luego ya vería las posibilidades de escapar de aquella pesadilla.

-Está bien, ustedes ganan, me quedaré una temporada.
-Sabíamos que decidiría correctamente y es más, ya lo tenemos todo preparado. Este joven es el secretario del Ayuntamiento, se llama Antonio, él le mostrará su nueva casa. Siendo escritor, a diferencia de otros empleados del rey que trabajan para nosotros, le corresponde una de las mejores casas, además cuenta con servicio doméstico y con una biblioteca. La verdad, no somos gente de letras, pero el rey decidió dotarnos de una y de un maestro. Siento decir que el maestro nunca llegó, pero no nos importa, nos parece mejor tener un escritor. Antonio le dirá sus obligaciones como empleado del consistorio, así como sus emolumentos. Bien, don José Luis, mañana seguiremos hablando, ha sido un placer conocerlo y recuerde las normas del pueblo, toda acción tiene sus consecuencias, aunque dicha acción sea por omisión de sus obligaciones. Buenas tardes.

Se dieron la vuelta y entraron en el establecimiento. A mi lado se quedó el tal Antonio, que no tenía más de veinte años y que presuroso abrió el maletero de mi coche y cogió la única maleta que había. Yo por mi parte abrí la puerta trasera y cogí mi maletín con apuntes y mi ordenador portátil. Me guió un centenar de metros más allá y paró ante la puerta de una casa  que podría ocupar toda la manzana. No había cerradura, así que sencillamente abrió y entró.

Junto a la puerta había una señora de unos cincuenta años esperando con sus manos en el regazo. Con la cabeza gacha, cogió la maleta de manos del secretario del Ayuntamiento y se dirigió hacia un patio con una fuente central y una escalera lateral que subía al piso superior. Imaginé que se dirigiría a mi habitación. Me extrañó que la mujer no dijera absolutamente nada.

-Es Beatriz, será su cocinera y ama de llaves, hará todo lo que le pida y está exclusivamente a su servicio. Como ve la casa es amplia. Aquí en la planta baja hay dos habitaciones grandes que no se utilizan, se supone que serían las aulas del colegio. Este es el patio, como ve, muy luminoso y fresco. La puerta del fondo da a la biblioteca, está llena de libros, yo sólo he entrado una vez. Sígame.

Subimos por las escaleras hasta la planta superior que tenía un pasillo protegido por una barandilla que rodeaba el patio y al que daban varias puertas.

-Este es su dormitorio, Beatriz estará deshaciendo su equipaje y esta otra puerta es su despacho para escribir.

Entramos en una habitación amplia, una vetusta mesa junto a un pequeño balcón que daba a la parte trasera. Más sembrados. Había estanterías repletas de archivadores y un par de armarios.

-En este armario tendrá todo lo que necesita para escribir -dijo el secretario a la vez que lo abría-. Como ve aquí tiene papel en cantidad, botes de tinta, lapiceros y plumillas, no le faltará de nada para su tarea.
-¿Plumillas, papel...?
-Sí, claro, ¿cómo si no piensa usted escribir?
-Traigo mi ordenador y una pequeña impresora...
-No sé lo que son esos aparatos ni me interesan, para escribir papel, tinta y plumilla.
-De verdad, no es necesario, tan sólo necesito una toma de corriente.
-¿Corriente?
-Sí, corriente eléctrica.
-Ah, he escuchado hablar de ella, pero en el pueblo no hay.

Aquello no podía ser cierto. Pero lo era. Ni teléfonos, ni electricidad. ¿Cómo era posible?

-Como ve, no necesitamos de eso, aquí tiene velas y los candiles en los que nunca falta queroseno, con eso vamos sobrados aquí. Ahora he de pasar a explicarle sus obligaciones. Somos comprensibles, tiene que instalarse, así que mañana no tiene que tener nada preparado, pero pasado, y a partir de entonces cada día, a las seis de la tarde debe tener preparado un relato, cuento o escrito, que nos leerá a los habitantes del pueblo en la sala de juntas del Ayuntamiento. No tiene porqué ser muy largo, imagino que ocho o diez páginas serán suficientes para entretenernos aproximadamente una hora. Tampoco somos un público exigente, pero si notamos que sus cuentos son aburridos o realizados de mala gana lo tomaremos como una irresponsabilidad en su trabajo y por lo tanto tendrá consecuencias.
-Perdón, ¿me está diciendo que cada día a las seis he de tener escritas unas diez páginas y leérselas para entretenerlos?
-Es escritor, es su trabajo.
-Pero es imposible escribir a ese ritmo.
-Nada es imposible. Usted tiene una responsabilidad como escritor del pueblo y como tal ha de cumplir. Nosotros le proporcionamos una buena vivienda, toda la comida que desee, servicio doméstico y se le pagará un duro al mes. No puede quejarse, total por garabatear unas hojas.
-Pero eso es una locura.
-Usted, don José Luis, puede decir lo que quiera, yo le he transmitido sus obligaciones, mañana tiene el día libre, pero pasado y cada día sin falta a las seis de la tarde en la sala de juntas del Ayuntamiento estaremos esperándole, porque sinceramente, no querrá sufrir las consecuencias por vagancia e irresponsabilidad en su trabajo. Yo ya he acabado, le dejo en su nueva casa. Buenas tardes, don José Luis.

Me quedé mirando la espalda de aquel hombre que tranquilamente salía por la puerta sin decir nada más. A mi mente racional aún le costaba creer todo lo que estaba pasando, pero allí estaba. Me volví con las manos en los bolsillos, mirando a través de aquel balcón el campo sembrado que terminaba a unos trescientos metros en un alto seto. Escuché un ruido a mi espalda y me volví, era el ama de llaves. Me acerqué a ella tendiendo mi mano.

-Beatriz, un placer conocerla, aunque en tan extrañas circunstancias.

Algo temblorosa, alargó su mano y cogió la mía en un apretón lánguido, casi sin fuerza alguna.

-Yo me llamo José Luis. ¿Es usted nativa del lugar?

La mujer negó con la cabeza.

-¿Lleva aquí mucho tiempo?

En esta ocasión la respuesta fue afirmativa.

-Perdone, pero esto es algo incómodo. No sólo estoy asustado con lo que me está ocurriendo en este pueblo y no tengo ni idea de qué o quién está detrás de todo esto. Necesito que alguien me dé alguna explicación.

Beatriz volvió a negar con la cabeza.

-Por favor, se lo suplico, hábleme, explíqueme qué está pasando aquí.

La mujer abrió su boca. Le faltaban todos los dientes delanteros, tanto los de arriba como los de abajo, tan sólo le quedaban las muelas, pero aquello no era lo peor. En su boca no había nada más, al fondo un trozo de carne negra que intentaba moverse. Tenía la lengua cortada y se notaba claramente que había sido cercenada de manera brutal. Unas lágrimas rodaron por su rostro, mientras de su boca abierta surgía un quejido grave, profundo, como proveniente de una caverna, como surgido de un dolor imposible de expresar mas que con aquel lamento. Yo, inconscientemente, trastabillé dando pasos hacia atrás, alejándome de aquella visión, de aquella boca abierta, negra, vacía, profunda... hasta que choqué contra la enorme mesa, en la que comenzaba a sospechar, estaría atado durante mucho tiempo inmerso en aquella pesadilla.

Pedí disculpas a Beatriz por mi reacción ante su desgracia. Instintivamente, me acerqué, la abracé y su llanto aumentó. Percibí que hacía mucho que aquella desdichada no sentía el cariño de otro semejante. Intentaba calmarla con palabras suaves, diciéndole que pronto todo se solucionaría, que me encargaría de salir de allí y contar al mundo lo que estaba ocurriendo y que pronto aquella pesadilla tendría fin. No dejaba de pensar cuántas personas estaban o habían estado en la misma situación en aquel pueblo maldito que no aparece en los mapas. No había visto a casi nadie que no fuera un nativo de la aldea, pero eso no quería decir que quizás fueran muchos más los que se ocultaban cuando llegaba un visitante nuevo.

La mujer se calmó, lo que me ayudó también a tranquilizarme un poco. Todo aquello tendría que tener una solución y pensaba dar con ella como fuera. Me indicó que la siguiera, me mostró el dormitorio. Mis cosas ya estaban acomodadas en el armario y en la cómoda. Aunque le dije que no hacía falta, que no me quedaría, que al día siguiente pensaba salir de allí, ella sencillamente negó con la cabeza. Me instó a seguirla de nuevo y bajamos a la planta baja, cruzamos el patio y entramos en la cocina.

Parecía salida de un museo. Un hornillo de carbón, una chimenea apagada de donde colgaba un puchero, utensilios totalmente arcaicos y una mesa, donde ya reposaba un plato. Me sirvió una buena ración de estofado, que alabé de forma ostensible y que la hizo sonreír con una especie de mueca que hacia casi imposible dejar de sentir un escalofrío al verla. Se sentó a mi lado y le pregunté si ella no comía, negó con la cabeza, tan sólo me miraba. No tenía hambre, pero yo mismo me convencí de que debía comer, no podían faltarme fuerzas si de verdad quería salir de aquel infierno.

Tras comer decidí inspeccionar la casa. Miré la biblioteca, las aulas con sus bancos perfectamente alineados y por fin el amplio y espacioso despacho de la planta superior. Algo que me llamó poderosamente la atención es que todo mostraba una limpieza impoluta, desde los suelos a cualquier mueble o utensilio. Saqué un fajo de hojas, un tintero, un lapicero y un juego de plumillas. No tenía ni idea de cómo iba a escribir con aquello. Lo dejé ordenado sobre la mesa. Cogí mi ordenador portátil y lo encendí. Un icono me avisaba de que la batería estaba baja y que debía recargarla de inmediato. Lógicamente, también me fijé en el icono de conexión a la Red a través de satélite que parpadeaba en color rojo. Ningún satélite, ninguna comunicación. Nada. Sonreí hastiado y cerré con furia el inservible aparato.

Comencé a curiosear por las estanterías. Filas de archivadores sin fecha. Cogí uno al azar y lo abrí. Me encontré con hojas manuscritas perforadas unidas al archivador. La caligrafía no era muy buena, costaba un poco entender la letra. Se notaba que estaba escrito con rapidez, como cuando se toman apuntes en la Universidad. Lo que se leía perfectamente era la firma: Casas Viejas. La fila de estanterías llenas de archivadores se extendía casi por la totalidad de las dos paredes laterales, tan sólo un armario a cada lado rompía la cadena de estanterías.

Seguí sacando algunos archivadores de aquí y de allá, todos contenían escritos de Casas Viejas. Una especie de locura se apoderó de mí y continué mirando estantería tras estantería sacando archivadores sin ton ni son, abriéndolos, leyendo, tirándolos después por el suelo. ¿Cuántas hojas fue capaz de escribir aquel conocido escritor desaparecido en la década de los setenta y al que todo apuntaba que yo iba a sustituir?

De repente, al pasar a otra estantería la letra era diferente. Había habido más escritores en aquella casa. Busqué con ansiedad la firma. Antonio Busquets. Me quedé pensativo buscando en mi memoria aquel nombre que había encendido una alarma en mi cerebro. Sí, de repente lo recordé. Era un escritor valenciano que frecuentó a la Generación del 27 cuando era aún demasiado joven para pertenecer a ella y que durante La República escribió encendidos artículos por la muerte de Federico García Lorca y un libro de hermosos poemas dedicados al poeta granadino. Intenté recordar su historia. Desapareció en los años cuarenta, todo el mundo dio por sentado que el Régimen de Franco lo había encarcelado y fusilado, y que sus restos reposarían en alguna fosa común, pero no, Busquets no había sido fusilado, había escapado, pero había escapado para ser atrapado por aquel pueblo de pesadilla.

Seguí sacando archivadores, leyendo trozos de las historias que mis antecesores habían escrito en un alarde de creatividad fuera de lo común. Obligados a crear, empujados a escribir. No dejaba de pensar qué les había forzado a cumplir con semejante y monumental despliegue de trabajo, cuáles eran realmente las consecuencias de no cumplir día a día con tamaña labor. Me producía terror tan sólo imaginarlo.

Me sentía enloquecer, debía parar, debía descansar, esperar la caída de la noche, intentar toda huida posible antes de rendirme. Sí, lo decidí, esperar a que anocheciera, sin alumbrado público eléctrico era más sencillo escabullirse sin ser visto y quizás ese era el truco, si "ellos" no lo sabían, quizás pudiera salir de aquella ratonera, si no era por la calle principal sería campo a través por una de las calles laterales que daban a los sembrados.

En espera del momento estuve leyendo varios manuscritos. La mayoría no eran muy buenos. Aunque tengo que reconocer que me encontré con alguno que enganchaban desde la primera línea. En esas estaba cuando llegó Beatriz que por señas me indicaba que era la hora de la cena. Sin darme cuenta había oscurecido. De repente me puse algo nervioso. No hablé casi nada con aquella buena mujer, pero al terminar, me acerqué y la abracé de nuevo. Necesitaba calor y fuerzas de alguien que estaba sufriendo todo aquello con mayor intensidad y tiempo para darme entereza.

Subí a mi dormitorio. No pensaba llevar maleta, quería ir ligero, tan sólo cogí el móvil y su cargador, sin olvidar la cámara de fotos, todo lo demás se quedaba allí. Observé que la casa no tenía cerradura, así que no habría problema con verme encerrado o algo parecido. Me asomé por el pequeño balcón y como pensaba casi todo era oscuridad, tan sólo un candil en cada calle marcaba las manzanas de casas e iluminaba tenuemente la calle principal. Por lo demás, todo eran sombras.

Abrí con sigilo la puerta de la calle, me asomé. Delante de mí un Ford Fiesta color blanco, al lado de la esquina de la calle por la que pensaba escabullirme un enorme cuatro por cuatro. Agudicé la vista y el oído, pero nada se movía, ni un alma. Salí al exterior pegado a la pared y me deslicé hacia la esquina sin dejar de mirar a todas partes, sobre todo hacia algunas ventanas desde las que salía un tenue resplandor. Había gente despierta.

-¿Dando un paseo?

La voz surgió justo a mi lado, cuando me encontraba a la altura de la parte trasera del cuatro por cuatro y del susto casi lanzo un grito. Allí apoyado sobre el vehículo había alguien que desde las sombras me miraba.

-No te preocupes, yo no soy uno de "ellos", soy un "visitante", como tú. Y lo mismo que estás haciendo en estos momentos hice yo en su día, la verdad, no pierdas el tiempo, no hay nada que hacer.

No tenía pinta de ser unos de "ellos". Llevaba vaqueros, una camiseta de un grupo de Heavy Metal y calzado deportivo, aunque en bastante mal estado.

-No te preocupes, podemos hablar, "ellos" no están, no hace falta que intentes esconderte tanto. Yo ya sabía que lo intentarías, como todos, así que te estaba esperando. Por cierto, me llamo Javier.
-José Luis.
-Encantando, José Luis. Así que tú eres el nuevo escritor. No te envidio, un trabajo jodido, tanto como ser la camarera o la cocinera de estos fantasmas hijos de puta.
-Sí, no es un trabajo normal, pero no pienso quedarme aquí tranquilamente, alguno de estos caminos ha de llevar a algún sitio fuera de este lugar.
-¿Qué lugar?
-Este maldito pueblo.
-Para ser escritor no eres muy listo. Parece que aún no te has dado cuenta de que este pueblo no existe.
-He llegado hasta él, y pienso marcharme, si se puede entrar, se puede salir.
-Yo pensaba lo mismo, como todos. Pero cuanto antes te des cuenta de la realidad mejor, al menos no perderás la chaveta como la mayoría.
-¿De qué realidad me estás hablando? Puedo tocar estas paredes, los coches... todo esto es real, por lo tanto debe haber una salida, aunque la entrada al pueblo tenga truco.
-¿Truco? ¿De verdad piensas que todo esto es un truco?

El hombre se acercó más a mí, entonces pude ver mejor sus rasgos y no pude evitar dar un paso atrás. Le faltaba un ojo, cuyo hueco brillaba como si aún no hubiera cicatrizado, como si no pudiera hacerlo nunca y su nariz eran dos agujeros negros que le daban a su voz un matiz extraño. No tendría más de treinta años.

-No te asustes. Lo mío no es nada. Acepté la realidad, ahora cumplo, y no tengo que sufrir las consecuencias. Otros lo han tenido mucho peor. Al menos a mí no me cortan nada de las extremidades, si fuera así no podría cumplir con mi labor de vigilante nocturno. Ya ves, de guardia jurado en una empresa a vigilante nocturno de un pueblo fantasma, es para morirse de risa.
-¿Ellos te han hecho eso?
-Ya te digo que lo mío no es nada.
-¿Pero cómo es posible?
-Siendo. Esto es una pesadilla, un pueblo lleno de fantasmas que reclaman lo suyo y que a quien entra hacen pagar por sus desdichas. Yo ya me he acostumbrado a este aspecto horrible que tengo, sé que no voy a salir de aquí jamás, lo mismo que tú.
-Pero estas calles dan a sembrados, más allá tiene que haber algo, montañas, más sierra, lo que sea y en algún momento se llegará a algún pueblo.
-Sigues sin darse cuenta de nada. Este pueblo no existe, este lugar no existe, este tiempo no existe, tú ya no existes. Aquí siempre es el mismo día, no sé cuál, pero nunca llueve, siempre la misma temperatura y yo paso todas las noches al raso. No dejo de mirar al cielo, y ¿sabe qué?, jamás he visto las luces de un avión pasar por encima de este pueblo y aquí la Luna siempre está en cuarto creciente. Curioso, ¿verdad? Ya le digo, nada de esto existe, pero tú y yo estamos aquí, igual que otros muchos visitantes.
-¿Pero cuánto hay en esta situación?
-No sé el número exacto, pero unos veinte o treinta. Los hay que se encargan de la labranza, de los animales, de la limpieza, de la ropa, de la carpintería... hasta hay un médico algo mayor, que hace ya mucho que perdió la cabeza.
-Pues yo no pienso quedarme de brazos cruzados.
-Y nadie dice que lo hagas. La verdad, deberías estar escribiendo aunque mañana no tengas que leer nada, hazme caso, adelanta todo el trabajo que puedas.
-Lo siento, pero yo me voy.
-¿Campo a través? Bien, ahí están los sembrados, habrás visto que a unos trescientos metros hay un seto, es fácil cruzarlo. Lo divertido viene precisamente cuando lo cruzas, porque nada más hacerlo estarás de nuevo a este lado del pueblo y puedes hacerlo todas las veces que quieras, el resultado siempre será el mismo. ¿Cuántas veces has entrado y salido hoy del pueblo con tu coche?
-Unas cinco veces.
-Pues te rendiste pronto, yo lo hice unas veinte.
-Me voy, tengo que intentarlo.
-Vale, tú mismo, ahora nos vemos.

Y tranquilamente, Javier, volvió a apoyarse en la parte trasera del vehículo. Yo me metí en la calle trasversal, llegué a los sembrados y comencé a atravesarlos. La luz no era mucha, pero el cielo era claro, y aquella Luna que siempre estaba en cuarto creciente iluminaba lo suficiente para ver delante de mí el seto. Llegué hasta él, medía unos tres metros de altura, era imposible adivinar qué había al otro lado. Miré hacia atrás y podía ver perfectamente el contorno del pueblo y el candil que iluminaba la esquina de la calle por la que había entrado.

Aparté los ramajes del seto y me metí en él. Era más ancho de lo que pensaba. Más de tres metros apartando ramas hasta salir de la oscuridad en la que me sumergí al entrar en aquel cercado de plantas. Cuando llegué al otro lado me encontré lo que el vigilante nocturno de la villa me había predicho. Delante de mí estaba la misma imagen que vi al volver la cabeza antes de sumergirme en el ramaje. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, me puse a temblar y casi de forma histérica me di la vuelta y volví a entrar en el seto. Lloraba y gritaba mientras una y otra vez entraba y salía de aquella empalizada para encontrarme siempre lo mismo: Villa Serena del Rey.

Caí rendido al suelo mientras continuaba llorando. Con mis manos destrozaba terrones de tierra y los lanzaba lejos. Aquello me dio una idea. Me levanté, cogí una piedra y la lancé por encima del seto. Tal como salió la piedra por encima de la cerca, volvió a entrar. Me la quedé mirando aturdido. La cogí de nuevo, era la misma. La volví a lanzar con el mismo resultado. Ni siquiera una miserable piedra podía salir de aquella maldita aldea. Rendido, cansado, aterrorizado... di la vuelta y me encaminé de nuevo hacia el pueblo.

-Vaya, ya estás de vuelta. No has tardado mucho.

Me senté en el borde de la acera con la cabeza entre mis manos. Era la viva imagen de la desesperación.

-Yo estuve varias horas entrando y saliendo, incluso arrancaba ramas para hacer un camino, pero nada, llegaba al otro lado y el seto estaba como nuevo. ¿Imagino que habrás tirado una piedra por encima?

Asentí.

-Yo hice lo mismo, una y otra vez. Espero que al fin te des cuenta de lo que pasa. No hay salida, convéncete lo antes posible o perderás la cabeza como Clara, la camarera. Esa sí que lo ha pasado mal de verdad y no es porque sea una mujer, que además está buenísima, a esta gente no le interesa eso, pero con lo que le pasó a su compañera se le fue la olla totalmente.
-¿Qué les pasó?
-Era lo típico, dos amigas que con el coche de papá iban a pasar una semana de aventura en plan rural y menuda aventura, estoy seguro que ni se lo podían imaginar, estar dentro de una película de terror. Eran estudiantes de vacaciones y tuvieron el mismo recibimiento que tú. Como la única experiencia de trabajo que tenían era servir copas en un local, pues a ambas les asignaron el trabajo de camareras en el bar. No se lo tomaron nada bien. Se pusieron histéricas. Gritos, golpes. Nada, una noche en el calabozo de la Casa Cuartel. Al otro día ya más calmadas les dieron otra oportunidad. Como nosotros entraron y salieron del pueblo un montón de veces hasta que se dieron cuenta de que no había salida. Y se pusieron a trabajar en el bar. Y ahí empezó todo. Ya sabe, responsabilidad y obediencia en el trabajo. Lo de ser camarera servicial de unos pueblerinos no era lo suyo. Clara se mostró más dócil, pero Vanesa... Aún tiemblo al recordar lo que tuvo que pasar. Las consecuencias.

Yo mismo estaba temblando al recordar la cara de Clara, sus ojos muertos, su oreja arrancada, su mano con sólo dos dedos, como si fuera tan sólo unas pinzas para sostener vasos...

-Las consecuencias... -dije como para mí mismo.
-Sí, querido amigo, las consecuencias por no cumplir las cinco normas básicas. Las consecuencias son que has de pagar con tu sangre, con una parte de ti y a la pobre Vanesa se le acabaron las partes antes de tiempo. Respetaron sus piernas y sus brazos hasta el límite de poder cumplir con el trabajo asignado, pero cómo no le quedaba nada, un día decidieron que los pechos no los necesitaba. Estamos en 1923, imagina tan sólo lo que es eso. Ni anestesia ni nada. Murió en ese momento entre gritos de dolor. Y creo que fue lo mejor para ella, aunque suene de locos, pero escapó, aunque tuvo que pagar con un sufrimiento que no puedo ni quiero imaginar. Clara perdió la cabeza completamente, es otro fantasma, como muchos otros. Porque, ¿sabes qué es lo peor? Que la aplicación de las consecuencias tenemos que verlas todos los visitantes, así nos sirve de escarmiento y acicate para que no fallemos en el trabajo que nos han asignado. Joder, ni viendo cien películas gore he visto más sangre y mala leche que aquí. La de veces que he vomitado. Pero lo que son las cosas, a todo se acostumbra uno.
-¿Pero cómo es posible todo esto y cómo puede ser que te acostumbres?
-Porque o lo haces o también perderás la cabeza y con tu trabajo has de tener la cabeza despejada si quieres durar.

El pánico inundaba todo mi cuerpo, no podía pensar, imaginaba esas escenas de terror y el mundo comenzaba a dar vueltas delante de mí. Quería despertar en un hostal de un pueblo cualquiera, quería salir de aquella pesadilla, pero el dolor que sentía era real, estaba allí y no había salida.

-¿Pero tú sabes lo que es escribir unas diez páginas diarias un día tras otro?
-No lo sé, ni ganas tengo, lo mío es más sencillo, vigilante nocturno.
-Pero también te han castigado...
-Sí, por falta de responsabilidad en el trabajo. Verás, por la noche "ellos" no están, desaparecen nada más anochecer. No sé dónde van, aunque lo sospecho. Te habrás dado cuenta de que no hay ninguna mujer o niño nativo del pueblo, así que me imagino que de noche vuelven a casa, a Almadén de la Sierra, para estar con sus familias. De eso me di cuenta pronto, como ves ninguna casa tiene cerradura, ni siquiera la de ellos, así que investigué a gusto y lo peor de todo, pensé que no se iban a dar cuenta si daba una cabezadita, no veas lo aburrido que es estar toda la noche calle arriba calle abajo. Pero ellos lo saben. Cuando regresan con el alba, saben todo lo que ha pasado, incluso que yo he dado una pequeña cabezadita y claro, pagué las consecuencias. Ya no me duermo, lo hago por el día. Como te digo, ellos lo saben todo aunque no estén, incluso saben que estamos hablando en estos momentos, y que has intentado irte a través de los campos.
-¿Y eso trae consecuencias?
-No, es lo normal, no está en las normas que no puedas intentar irte, aunque lo que es poder... ya lo has comprobado.

Quiero despertar. Quiero despertar. Quiero despertar. Quiero despertar. Quiero despertar. Quiero despertar.

-En lo de escribir unas diez páginas diarias creo que tú lo tienes más fácil que tus antecesores.
-¿Cómo que más fácil?
-Sí, claro. Algo habrás escrito si eres escritor. Dime algún titulo, igual me suena, no llevo tanto tiempo aquí.
-Escribí La Trilogía de las Esferas.
-Ah, claro, así decía yo que me sonaba tu cara. La leí, no estaba mal, aunque antes de comprar el libro vi la película, pero no sabía que era una trilogía, cuando yo estaba al otro lado sólo habían editado dos libros sobre las esferas.

Aquello me dio una pista del tiempo que Javier llevaba allí.

-Entonces llevas aquí unos seis años.
-Vaya, pensaba que era más, aquí el tiempo vuela. Bueno, pues como te iba diciendo, ya que has escrito algo, vuélvelo a escribir, y si estaba bien, mucho mejor, así los entretienes más. Y en lo que lo tienes más fácil que tus antecesores... imagino que habrás visto muchas películas.
-Sí, claro.
-¿La saga de la Guerra de las Galaxias, por ejemplo?
-Sí. Me gusta la ciencia ficción.
-Pues con eso ya tienes para varios meses de escritura. Tampoco es que tengan mucho gusto literario, la cosa es entretenerlos, así que por ejemplo, escribes escenas de películas que hayas visto y que estén bien y se las lees. A lo tonto pueden pasar años, y es más que posible que te mantengas "entero". Pero ten cuidado, no vayas a ir con unos folios en blanco y ponerte a rememorar una escena, ya te he dicho que ellos lo saben todo, y eres escritor, quieren que escribas, aunque sean garabatos. No pueden leer nuestras mentes, pero saben en todo momento qué hacemos.  Puedes comenzar a rescribir tus propios libros y luego vas tirando de películas y bueno, así podrás librarte de las consecuencias durante años. Pero recuerda, no pierdas la cabeza.
-Es buen consejo.

Y lo fue. Sin duda el mejor consejo que recibí jamás. Las cientos de películas que he visto, los miles de libros que he leído, me han ayudado durante todo este tiempo. Javier es mi mejor amigo, diría que mi único amigo. Todas las noches charlamos un par de horas y a veces, cuando llega un nuevo "visitante", procuramos convencerlo de su nueva realidad, de la misma forma que intentamos tener noticias de lo que sucede fuera del pueblo, porque lo que entra en Villa Serena del Rey, jamás sale. Hablamos de todo un poco, a ambos nos mantiene cuerdos a diferencia de la mayoría.

Hace poco, Javier a comenzado un romance con una nueva visitante, la recién nombrada peluquera de la villa. Los pueblerinos no han dicho nada sobre esa relación, no está en las normas y algunas noches las charlas son a tres. Ella me informó que llevaban mucho tiempo intentando localizarme, las malas lenguas dijeron que como no era capaz de escribir más, me había marchado lejos con mi fortuna. Si supieran la de folios que ahora soy capaz de escribir...

Recuerdo una charla en concreto, en la que especulamos sobre dónde estaba exactamente el pueblo en un intento de ubicarlo sobre el mapa. Yo salí de Alanís de la Sierra hacia Guadalcanal cuando me encontré el cruce. Javier salía de El Pedroso tras una despedida de soltero en dirección a Constantina. Su nueva amiga, Daniela, estaba más cerca de la capital, iba desde La Algaba hacia La Rinconada por una carretera secundaria cuando encontró ese cruce que dividía en dos la carretera principal.

Villa Serena del Rey no está en ninguna parte, no existe, ni está en un lugar concreto, ni en un tiempo más que en el suyo: 1923. Cuando necesita a alguien, sin prisas pero con total seguridad, estará donde haga falta, por la carretera secundaria por la que pase esa persona que requieren para estar a su servicio. El pueblo estará ahí, con la espigada figura del rey Alfonso XIII en la entrada, esperándote, porque aunque te parezca increíble, tú puedes ser el próximo habitante de Villa Serena del Rey.

Estoy cansado y es algo tarde, escribir con tinta y plumilla es agotador tras estar acostumbrado a escribir durante años en un ordenador. Mi pelo ha encanecido. En mis manos han aparecido manchas. No sé la edad que tengo. He llenado ya dos estanterías con archivadores colmados con mis escritos, éste que termino estrenará la tercera. Sé que nadie lo leerá, porque lo que está en Villa Serena del Rey, en Villa Serena del Rey se queda. Pero espero que mi sustituto llegue a leer estas líneas para que esté más preparado que yo.

Un escritor necesita sus orejas, sus ojos, sus labios, sus manos intactas, pero por ejemplo, no necesita las piernas, y a mí ya me falta una de la rodilla para abajo por mi cabezonería o quizás como dijeron en las sentencias que me la hicieron perder, por mi vagancia e irresponsabilidad en el trabajo. Me negaba a creer en todo aquello y algunas veces me rebelaba negándome a escribir. Una pierna no se pierde de momento, hay cinco dedos, un tobillo, una rodilla... Ahora no me va tan mal con una pata de palo, aunque no es lo mismo, pero he aprendido la lección con creces. Y es verdad, no me hacen falta las piernas para seguir dando forma a personajes y mundos que no existen en ningún lugar ni en ningún tiempo.

Buscaba inspiración y nunca imaginé encontrar tanta, porque hay cosas que no vemos pero están ahí, esperándonos, tan sólo hay que cruzar al otro lado y eso puede ocurrir cuando menos lo esperas.

Si estás leyendo esto es porque yo ya estoy muerto y tú eres mi sucesor, si no es así, estás en el lugar y en el tiempo equivocado. Te has encontrado un cruce que señalaba a un lugar desconocido y en vez de dar marcha atrás y volver a tu vida, elegiste el camino equivocado y no te diste cuenta de tu error hasta que viste varias veces la maldita estatua de Alfonso XIII a la entrada de Villa Serena del Rey.

© José Luis Carranco

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Comentarios 

 
+9 #1 Belen 06-07-2011 15:11
Me ha encantado he sentido el agobio mas que el protagonista,ge nial
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+12 #2 Albert 07-07-2011 08:46
Se me ha hecho corto el retalo y me he quedado con ganas de más. No me esperaba el decenlace de la historia. ¿Cuando sacan la película? :D
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+8 #3 Shidartha 09-07-2011 15:28
Un magnifico relato, muy bueno, yo solo he leido una novela de las esferas, jo a ver cuando veo las otras dos...... un saludo.
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+8 #4 Estrella 12-07-2011 21:24
Muy bueno y sí, sin duda el hilado de la historia puede dar lugar a una buena peli. Enhorabuena.
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+13 #5 Antonio González 21-07-2011 13:54
Un cuento realmente bueno. Mantiene el interés de forma casi constante enganchando desde los primeros párrafos. Además, lees tres párrafos y de repente encuentras uno que sube el nivel en un in crecendo que te empuja a desear seguir leyendo hasta el final. Comienza con suavidad, va subiendo de intensidad poco a poco y termina con fuerza, intentando y consiguiendo inquietar al lector. Muy bueno, espero que próximamente José Luis nos deleite con un nuevo cuento.
Muchas gracias por esta web con contenidos tan interesantes y entretenidos. :-)
Saludos de un lector incondicional.
Antonio.
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+10 #6 No Name 21-08-2011 19:34
Señor Carranco, he leído éste y otros cuentos escritos por usted, así como el resto de artículos de lo más variado que llevan su firma y permítame decirle que es usted un crack, sería un placer algún día encontrar un libro escrito por usted, si llega ese día, por favor, infórmenos. Gracias por compartir esta magnífica web.
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+9 #7 Sir Williams 08-10-2011 13:57
Espeluznante y oscuro relato, al mejor estilo de S. King o Lovecraft. El lector se va metiendo en el personaje y la historia sin darse cuenta. Muy bueno, felicitaciones !!!
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+10 #8 SrKALISTRATE Carlos. 14-11-2011 11:21
Cuando hablemos te diré mas,solo puedo decir que he dejado de hacer mi trabajo por leer un cuento pavoroso que me ha gustado mucho ,el horror psicilógico descrito el de una gran calidad. Si es cierto que es un cuento corto ,es cierto que podria desarrollar más las intrahistorias que contiene,pero el resultado es ser de una lectura ágil ,viva y que envuelve al lector en un universo cercado, casi agobiante y sin salida.Digna de un pequeño cuento de mi Edgar Allan Poe , es mas casi de Guy de Maupassant .Corto, cerrado y lleno de un panico envuielto en las palabras que de verdad envuelve al lector en lo que ha hecho conmigo ,perderse en la noción de un tiempo que le ha llevado a 1923.
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+6 #9 Maria Mordor 16-11-2011 22:53
Bua, me encanta, la verdad esq es fresco y sigue un ritmo buenisimo, ya q se podria tirar mucho mas del hilo, pero se haria mas pesado, esta en su justa medida, felicidades.
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+4 #10 Lola 09-01-2012 16:17
Me encantaría conocer ese pueblo...!!!! Yo también pensé en Allan Poe conforme lo iba leyendo... Gracias, Jose Luis por hacer que ni me levante de la silla mientras lo leo... uffff
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+5 #11 luna nueva 02-02-2012 14:30
fantastico Señor , primero pense que era real , hasta comenzar a leer la segunda parte. Me he quedado con ganas de seguir leyendo me ha sabido a poco , lo escribe Usted de tal manera que me veia sentada a Su lado en el coche intentando huir , la sensacion de agobia es tremenda , gracias por compartirla y aqui hay una lectora con ganas de mas , gracias :D
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+4 #12 Isabel 17-03-2012 12:03
Ahora entiendo a Nono..Saludos!
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