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Ya sabemos que la diferencia entre hombres y mujeres es algo que salta a la vista, y no hablo del físico, sino de la propia psicología de cada sexo. Vamos a comenzar viendo esas pequeñas grandes cosas que las mujeres no comprenden de los hombres, para más adelante darle la vuelta a la tortilla, a ver si no se me cae al suelo, y tratar las cosas que los hombres no entienden de las mujeres. Sí, es verdad, este artículo ya fue publicado en dos partes al comienzo de la andadura de Revista en Red, pero igual alguno de vosotros no los conocéis y además, me apetecía revisarlos y unirlos en uno solo. Así que volvamos a ver esas cosas que hombres y mujeres no comprenden el uno del otro y comentémoslas...


No es casualidad que haya frases adscritas al género masculino tales como que sólo podemos hacer una cosa a la vez, la famosa única neurona del hombre, el lugar donde reside nuestro cerebro, lo simple y básico que podemos llegar a ser... y tengo que reconocer que no les falta razón, pero con matices, con muchos matices, porque el problema radica en que sencillamente ellas en realidad no nos comprenden. El universo masculino es completamente distinto al femenino, donde ellas ven desorden, nosotros vemos nuestro espacio personal de caos controlado, donde ellas ven suciedad, nosotros vemos que tampoco es para tanto, donde ellas ven una desastrosa manera de vestir, nosotros vemos la utilidad de la sencillez y la comodidad.

No voy a hablar del hombre que vive solo en su leonera, sino del incomprendido por su pareja y compañera de vivienda, esa persona con la que lo comparte todo, excepto...

Vamos a desglosar unos pocos ejemplos de este misterioso mundo...

Ella nunca comprenderá porqué nos gusta estar en casa con esa camiseta que cuenta en su haber con varios años de uso, de mucho uso, y que inevitablemente tiene sus pequeñas roturas, descosidos, el color casi perdido de innumerables lavados y esos agujeritos misteriosos que han ido apareciendo con el tiempo. Es imposible que tu pareja pueda entender porqué no queremos tirarla o convertirla en trapos, no comprende lo cómodo que nos sentimos con ella en nuestra propia casa.

Las mujeres, que les dan vueltas a todo, imaginan que es una forma de aferrarnos a un hipotético pasado juvenil, como si la camiseta fuera de cuando teníamos 18 años, para ellas es como si no quisiéramos crecer, pero se equivocan. Aunque ellas saben que somos más simples en nuestros razonamientos, son capaces de elucubrar distintas teorías sicológicas, a cual más complicada, para comprender algo que no necesita ser comprendido. Llevamos la misma camiseta porque nos sentimos cómodos, además, somos animales de costumbre, y la verdad, ya estamos acostumbrados a ella, queremos nuestra camiseta vieja, la adoramos, es parte de nosotros.

Pero, cuando menos lo esperas, un día la buscas y no la encuentras. Lo ha hecho. Finalmente, en uno de esos arrebatos que nos es imposible entender, la ha destrozado en tiras más o menos anchas y ahora en vez confortarnos sobre nuestra piel, limpiará el polvo de casa y ella, en su infinita sabiduría nos ha comprado otra. No es la misma, nos sentimos incómodos con la nueva, echamos de menos la nuestra de siempre.

Sí, nos acostumbraremos, no hay más remedio, pero también sabes que cuando la nueva camiseta tenga sus años, y se haya convertido de nuevo en indispensable para nosotros cuando estamos en casa, la historia se repetirá en un círculo vicioso sin fin y sin razonamiento posible. Sí, era vieja y estaba deteriorada, hecha una mierda, vale, pero es para estar en casa, y no va a visitarnos un ministro así de repente.

Otro tema misterioso es el de la limpieza del hogar.

Somos comprensivos con que la casa es de los dos y en la misma medida tenemos la obligación de colaborar en la limpieza y orden de nuestra vivienda. No hay problema, ya no somos trogloditas y colaboramos con más o menos entusiasmo, más bien menos, pero se intenta y se hace. Sin embargo nos encontramos con algunos problemas insospechados y fuente de discusiones inútiles y baldías, que te hacen sospechar que mejor hubiera sido seguir siendo el cavernícola que nunca deberíamos haber dejado de ser.

De entrada hay un factor que nos es extraño, el tiempo. Ya sabemos que la medida del tiempo es infinitamente diferente cuando éste es contabilizado por una mujer. De la misma manera que cuando ellas se están arreglando para salir, cinco minutos en realidad puede ser una hora o más, cuando se trata de la limpieza del hogar, la ecuación es radicalmente lo contrario.

Bien, hoy te toca hacer la cama, realmente no hay prisa, no van a venir los de Casa y Jardín a hacer un reportaje de tu casa nada más levantarte. A nosotros nos gusta levantarnos tranquilos, hacernos un café, sentarnos a leer la prensa en el ordenador mientras saboreamos la negra y gratificante infusión, y claro, siempre te entretienes un poco, ya se sabe, el correo, el Facebook y esas cosas. Sabes que hay tiempo sobrado para hacer la cama antes de, por ejemplo, la hora de comer.

Si la fiera está en casa, podrás oírla refunfuñar, merodear a tu alrededor como una pantera enjaulada, hasta conseguir que los nervios afloren y finalmente no tienes más remedio que preguntar qué pasa. La cama. Uno dice, vale, me fumo un cigarrito y la hago. No hay problema, ¿dónde está el problema?

Sí, hay un problema enorme que es imposible que puedas llegar a imaginar por mucho que lo pienses, un problema que difícilmente puedes llegar a comprender por mucha lógica que le eches. De repente la oyes en el dormitorio estirando la cama y refunfuñando aún más fuerte. Tú vas con toda tu buena voluntad y ayudas, diciendo que no hacía falta que ella lo hiciera que ya lo ibas a hacer tú en un ratito. No sirve para nada. Incomprensiblemente la has cagado.

Pongamos que la haces tú solo y es más, la haces a tiempo, nada más tomar el café y haber dejado que se "airee", como parece ser que es preceptivo. Crees que la mañana comenzará bien entre tú y tu pareja, craso error. Hagas como lo hagas, la cama nunca estará bien hecha y la discusión vuelve de la misma manera que si no la hubieras hecho.

Este tema es algo que ocurre absolutamente con todas las tareas del hogar, no falla. Limpiar el polvo, barrer, pasar la fregona, fregar los platos... por mucho que te esmeres, es una batalla perdida. No tienes ni puñetera idea, todo lo haces mal. Y ni siquiera me atrevo a hablar de la lavadora, esa eterna desconocida para el hombre, aunque no tanto como la misteriosa plancha y sus diversos usos, temperaturas, tejidos y maneras de pasarla, toda una ciencia que debería estar en las universidades.

Pasemos a otros pequeños detalles, para ellas auténticas montañas, que las mujeres no entienden de los hombres.

Ellas imaginan que nos encanta el desorden, creen que nos gustaría vivir en un vertedero, por el simple detalle de que cuando nos quitamos una camiseta o los pantalones, pensamos que estos no deben ser doblados perfectamente y colocados en ese misterioso lugar llamado "su sitio".

Hemos puesto la camiseta y los pantalones directamente sobre la silla porque seguramente volveremos a ponérnoslo en breve y como para ellas el tiempo tiene otra dimensión, aunque ese breve espacio de tiempo sean 15 ó 20 minutos, esas prendas han de estar "en su sitio" y en perfecto estado de revista. No comprenden la utilidad de la comodidad de tener a mano aquello que vamos a volver a utilizar en poco tiempo, quizás si comprendieran este concepto no tardarían tanto en elegir y ponerse la ropa para salir, eso, eso sí que es una verdadera pérdida de tiempo.

La ropa. Elegir la ropa, sí, otro mundo desconocido para el hombre, una forma de complicar las cosas hasta extremos inauditos. Si mi camisa azul y mis vaqueros me sientan bien, y me encuentro cómodo, porqué tenemos que pensar en cambiar cada dos por tres. Si por nosotros fuera tendríamos 5 pantalones y 5 camisas iguales, y con un traje para una boda o comunión ya vamos sobrados. Todo es más fácil, no tenemos que estar pensando qué ponernos, porque ya tenemos muy a mano las prendas con las que nos sentimos bien, cómodos, con las que sentimos que somos nosotros mismos.

Dicen que hay que variar y saber combinar colores y prendas. Pues bien, yo siempre visto de negro, mis pantalones y camisetas son iguales y es genial, el negro combina con todo y siempre es elegante, además, todo hay que decirlo, disimula convenientemente esos muchos kilitos de más que me adornan. No hay problema, ¿dónde está el problema? ¿Que parece que siempre llevo la misma ropa?, pues vale, pero como dice el refrán sacado de un soneto de Góngora: "ande yo caliente, ríase la gente".

Para nosotros no hay nada más importante que la comodidad y el conveniente aprovechamiento del tiempo, y sabemos cómo sacarle partido no perdiéndolo en elegir constantemente qué ponernos y qué combina mejor con qué. ¿Parece por esto que somos más simples? No, todo lo contrario, somos mucho más prácticos. No hay color, nunca mejor dicho.

He hablado del misterioso lugar conocido como "su sitio". Esta frase nos persigue a los hombres desde niños cuando preguntábamos a nuestra madre inocentemente, "¿dónde está...?". La respuesta era indiscutiblemente siempre la misma: "en su sitio". Cuando lo oías hacías lo impensable por averiguar dónde se encontraba ese extraño y desconocido lugar y al rato confesabas no saber cuál era "su sitio". "Tercer cajón del mueble de la derecha del dormitorio". Bien, la pista parecía buena, pero ni por esas. Revolvías el cajón y nada, y cuando expresabas que no encontrabas lo buscado la frase pasaba a ser: "eso es que no has mirado bien, a ver si voy a tener que ir yo".

Pues bien, veinte años después, tu pareja tiene sobradamente aprendida las mismas frases mágicas para solucionar tu, para ellas, inutilidad para encontrar las cosas, que esconden ladinamente sin dar pistas de donde se encuentra ese lugar llamado "su sitio". Menos mal que siempre nos queda la solución de replicarles que podían hacer un mapa, pero claro, las mujeres no comprenden los mapas, es otro invento maquiavélico de la caótica mente del hombre y del desorden del que nos gusta rodearnos.

Otro orden, o mejor dicho otro, para ellas desorden, lo componen nuestras pequeñas aficiones, algo que ellas tampoco llegarán nunca a comprender. Los hombres somos coleccionistas por naturaleza, da igual que sean revistas, soldaditos de plomo o maquetas. Nos gusta coleccionar, aunque sólo sean los folletos que nos echan en el buzón. No dejan de quejarse de ese montón de revistas que tenemos sobre nuestro escritorio.

Sí, parece a simple vista que su equilibrio es incierto, pero no se cae, y bueno, si se cae, pues se vuelve a poner y ya está, no pasa nada. Da igual que las de arriba sean más anchas que las de abajo, pero mira como aguantan aunque su equilibrio parezca sospechosamente confuso. No hay problema, ¿dónde está el problema?

Dirán que está desordenado porque no están colocadas en números consecutivos o por títulos, pero nosotros sabemos dónde está cada una de las revistas, si queremos una en concreto, seguro que tardamos muy poco en encontrarla, es una de nuestras habilidades menos valoradas, controlamos el caos, pero ellas no lo saben, no lo comprenden. También piensan que, aunque en muy contadas ocasiones consultamos nuestra querida colección de revistas, no las necesitamos para nada, para ellas es basura, como si tuviéramos el síndrome de Diógenes, no piensan en el famoso "por si acaso". Puede que tardemos en consultarlas, pero cuando menos lo esperas la necesitamos, y para eso están ahí, a mano, por si acaso.

Podríamos, pensando en ese "por si acaso", echarles en cara el suyo propio, cuando nos vamos a pasar un fin de semana a la playa y lleva maletas como si nos fuéramos un mes y cuando nos vamos un mes, parece que estemos de mudanza y si nos quejamos, poco tardan en decirte "por si acaso", pero en lo suyo sí que vale esa frase, en lo nuestro carece de valor.

Pero indefectiblemente siempre llega ese día, trágico y aciago día, en que al regresar a casa ves que tu ansiada y maravillosa columna de revistas ha desaparecido. En su afán destructor, en uno de esos arrebatos que las caracteriza, ha cogido una bolsa, ha destrozado nuestras valiosas revistas o comics y han terminado en el contenedor para papel, igualito que hizo tu madre hace veinte años, pero sin el contenedor de reciclaje que no existía.

Finalmente piensas que has cambiado una madre por otra y no sabes si has salido perdiendo en el cambio, porque tu madre jamás te dijo eso de a ver si planchas, friegas o barres la casa. Bendita ella, que madre nada más que hay una y nosotros en nuestra inconsciencia la hemos cambiado por otra.

Y siguiendo con las colecciones, los hombres nunca hemos dejado de tener ese ardor guerrero y a veces también nos da por coleccionar maquetas, bien pueden ser soldaditos de plomo, carros de combate o aviones. Tal afición siempre es fuente de discusiones varias, desde el lugar que ocupan, al polvo que cogen. A ver, en el mueble del salón precisamente hay unas baldas que están fabricadas para tal fin, es su lugar, mucho mejor que figuritas de porcelana de dudoso gusto.

El polvo. Sus figuritas, jarrones, bandejas o copas parecen que no atraen el polvo con la misma fuerza que nuestra querida colección y como el tiempo es relativo, para ellas nuestra afición conlleva un mayor tiempo de trabajo en su limpieza. No importa que seamos nosotros quienes las limpiemos, porque nunca estarán bien, ni lo haremos con la frecuencia necesaria por si vienen los de Casa y Jardín a hacer su consabido reportaje gráfico.

Otros ejemplos. Ellas ven inútil que guardemos los 16 teléfonos móviles que adquirimos con el tiempo, desde el famoso ladrillo de Motorola al último modelo de Nokia. Ven inútil que los guardemos, siguen pensando que es como si quisiéramos seguir siendo jóvenes y por eso guardamos esos recuerdos que en su momento han significado mucho para nosotros.

Además, deberían entender que mola mucho tener algo que pocos tienen y que con orgullo muestras a los amigos cuando te visitan. Pues nada, para ellas todos esos pequeños recuerdos, esos pequeños detalles, esas colecciones deberían estar en el vertedero, en el mismo que según parece nos gusta vivir a nosotros.

Cuán equivocadas están y qué poco valoran nuestras pequeñas y maravillosas aficiones. Eso sí, no te quejes de que tiene 30 bolsos ocupando medio armario, que eso no es colección, es que son de diferentes colores y tonalidades para que combinen perfectamente con ese vestido que casi nunca se pone o que en un futuro incierto se comprarán, pero ahí están los bolsos de innumerables colores y tonos "por si acaso"...

Pero vamos a ver ahora esas cosas de las mujeres que los hombres no comprenden...


De entrada, voy a intentar desglosar las diferencias del entendimiento del lenguaje hablado y corporal entre ambos sexos. Hablamos el mismo idioma, pero la comprensión de las frases y lo que se intenta expresar con ellas, puede ser entendido de forma diametralmente opuesta dependiendo del sexo. Ya he comentado antes, que la medida del tiempo es relativa dependiendo del sexo y también de para qué se va a utilizar dicho tiempo.

Has quedado en salir a una hora, pongamos las 8 de la tarde. Queda claro que no es a las 7 ni a las 9, ni tampoco a las 8:30 ni a las 7:30. La puntualidad, para este que escribe es una virtud, pero por mucho que he intentado dar muestras de dicha virtud, siempre dependo de quien me acompañe para poder cumplir.

Decir a una mujer que hemos quedado a las 8 es algo totalmente abstracto, porque faltando cinco minutos para las 8, ella aún está luchando con las perchas del armario para elegir el vestuario adecuado, y todavía no se ha duchado. Ante una sencilla pregunta como es: "¿Te queda mucho?", la respuesta puede variar en ofrecernos una medida de tiempo exacta: 5 minutos, o bien ser contestada con una medida de tiempo indeterminable: un ratito.

En ambas ocasiones es del todo imposible imaginar el tiempo real. Puedes ver un documental, un partido de fútbol, leer medio Quijote o bien irte al bar de abajo, anunciándole a tu pareja que la esperas allí. Puedes tomarte una cerveza, un par de tapas, que medio cenas y hasta pides un café. Y cuando estás a medias de esa última consumición, ella aparece y además, con prisas: "Chiquillo, qué haces, venga que ya vamos tarde". No se te ocurra protestar. Paga y sal corriendo hacia el coche.

Dentro de la incomprensión del lenguaje hablado, la mujer tiende a elaborar frases que parecen no tener un fin determinado más allá de ser meramente informativa, no llega a expresar exactamente qué es lo que quiere en realidad, pero tú tienes la obligación de tener ese sentido abstracto que las adornan, llamado sexto sentido, y que no es ver muertos, que te podría hacer comprender con exactitud lo que ella ha querido expresar.

Estáis sentados viendo la televisión y ella dice: "Hay mucha basura". Tú contestas: "Pues sí". Ella continúa: "Habría que bajar la bolsa de la basura". Tú contestas: "Es verdad". Y seguís viendo la tele. Pero ahora hay una diferencia en el entorno que te rodea, de repente se ha vuelto hostil, lo notas, se puede palpar, ella no habla, murmura, se enfada. Y tú, inocentemente, preguntas: "¿Qué te pasa, cariño?". "Nada", pero ese "nada" esconde algo, ha sonado como si rozaran entre sí hojas muertas.

No entiendes el enfado repentino, no puedes entenderlo, te falta información y aunque pidas dicha información, la respuesta correcta que aclare tus dudas nunca llegará, sólo seguirá expresando que no pasa nada, pero el cabreo, su lenguaje corporal te está diciendo que ahí pasa algo, y grave.

Bien, ha habido una falta total de entendimiento. Ella ha dicho: "Habría que bajar la bolsa de la basura". Nos ha informado de un hecho irrefutable y nosotros hemos corroborado dicha información con la frase "Es verdad". Pero no, te has equivocado. Aunque la información no es directa y comprensible en su exactitud, ella con "Habría que bajar la bolsa de la basura", realmente ha querido decir: "Baja la basura". Es verdad que el hombre es más simple en sus razonamientos, pero ellas en su propia comprensión del lenguaje creen que han sido directas. Pues no.

Dentro de ese tipo de frases también podemos aportar otras como "Está el fregadero lleno, habría que fregar los platos". "Nos hemos quedado sin pan". "El enchufe de la lavadora no funciona". "Hace tiempo que no salimos". "Una de las bombillas de la lámpara no enciende". Para nosotros son frases clara y sencillamente informativas, para ellas el significado de esas mismas frases son: "Friega los platos". "Baja por pan". "Arregla el enchufe de la lavadora". "Quiero que salgamos esta noche". "Cambia la bombilla de la lámpara". Parece lo mismo, pero no lo es, ganaríamos ambos más tiempo si el lenguaje fuera más directo y menos enrevesado.

Antes mencioné una respuesta que conlleva peligros insospechados, mucho peligro, muchísimo. Cuando le preguntas qué le pasa y ella responde: "Nada". Ese "nada" en realidad quiere decir que sí ocurre algo y normalmente gordo, pero que tú tienes que adivinarlo porque ella no te lo va a decir y no tienes ni idea de lo que te puede venir encima por no saber qué le pasa. Lógicamente, por mucho que pienses nunca sabrás dar con la respuesta correcta, tienes que adivinarlo, en realidad, en su mundo, tú tienes la obligación de saberlo. Lo sabes. Tú sabes que algo has hecho, no sabes qué, pero seguro que algo has hecho mal.

No cabe duda de que a su vez las mujeres han aprendido a dar una función extra a esa capacidad del uso del lenguaje abstracto, indirecto y retorcido. Con ese sabio uso del lenguaje ellas son capaces de conseguir de los hombres lo que deseen, sobre todo que se sientan culpables por casi todo, cuando sencillamente no hemos entendido sus mensajes. Saben usar el arte de la manipulación y tocar esa fibra sensible, a veces no tan sensible, para que hagas lo que quiere, y a pesar de ello, discutir.

Un ejemplo simple. La frase "me da igual" tiene más peligro del que podamos imaginar. Maldita frase tantas veces oída y a su vez dicha, pero el significado es completamente distinto si lo dice un hombre o una mujer.

Vas al cine, hay dos películas que parece ser os interesa a los dos. Ella te pregunta cuál prefieres ver y contestas, además inocentemente y expresando la realidad de forma directa: "Me da igual, la que tu quieras ver, cielo". Y ella te responde: "A mí también me da igual, tú eliges". Realmente te da igual y quieres agradarla y que vea la que más le apetece ver a ella y le dices: "En serio, me da igual una que otra, tú di la que más te gustaría ver". Y las frases se repiten casi de idéntica manera una detrás de otra.

Sin saber cómo, te acabas de enfrascar en una discusión sin sentido, en un extraño bucle dentro del espacio tiempo que puede no tener fin. De repente paras y dices: "Vale, quiero ver esta de Al Pacino". Y ella, malhumorada y dejando bien claro que esa no es la que ella habría elegido, te responde: "Pues muy bien, habrá que ver esa". "Si dijiste que te daba igual". "Y me da igual, pero si tu quieres ver esa, nada, a verla".

Ella acaba de dejar claro que quiere ver la de Hugh Grant y como al fin te has dado cuenta, le dices: "No te preocupes, vamos a ver esa que seguro está muy bien". "No, si me da igual, pero como estás emperrado en ver la de Al Pacino, déjalo y compra las entradas para esa". Tú sigues: "Pero, cariño, si me da igual, en serio". Y ella al final utiliza el arma definitiva, la culpabilidad: "Nada, haz lo que tú quieras, vamos a ver la de Al Pacino, siempre se hace lo que tú quieres".

Al final vas, compras las entradas para la película de Hugh Grant, que en verdad también te apetece verla, pero por no haberte percatado a tiempo de lo que realmente ella quería, vas a verla pero como con mal cuerpo y tras una discusión sin sentido alguno por no haber expresado ella claramente qué quería ver y que en realidad no le daba tan igual.

Esta misma discusión sin sentido puede tener muchas variantes, por el tipo de comida, chino o japonés, la bebida, playa o sierra, en tren o avión, bar de copas o discoteca...

Otro ejemplo del uso del lenguaje para beneficio propio puede ser el siguiente. Ella sale de trabajar a las 6 de la tarde y quiere ir a comprar unos zapatos, necesita un vehículo para así tener más tiempo, pero no puede decirte directamente que la recojas en el trabajo que quiere que la lleves al centro comercial para comprarse unos zapatos, que sería lo lógico.

No sabemos qué mecanismos rigen sus mentes pero la información directa no funciona, prefieren esto otro: "Cariño, hoy estoy muy cansada y tengo los pies reventados, y no tengo ganas de volver a casa andando". Tú, servicial y siempre dispuesto para que ella no sufra, rápidamente te ofreces a ir a recogerla al trabajo en el coche para que no tenga que andar las tres manzanas que lo separan de casa.

Vas a recogerla y cuando has comenzado a recorrer el camino de regreso a casa es cuando te suelta que "tiene que" comprarse unos zapatos y que la "tienes que" llevar al centro comercial que está al otro lado de la ciudad. Podría haberlo dicho antes, pero no, espera justo al último minuto para informarte. Dentro de esta misma categoría entran otras trampas parecidas de las que te informa en el último instante, ir al supermercado, ir a tomar una copa con las compañeras de trabajo... y una de ellas, la más trágica, ir a casa de su madre.

Pero lo peor de todo es que cuando le dices que podría haberte avisado antes, ella recurre a otra famosa frase: "Pero si te lo había dicho...". Obviamente en tu cerebro no está registrada tal información, pero prefieres callar y no replicar, porque al final ella siempre llevará la razón y el culpable serás tú porque no le echaste cuenta en ese misterioso e indeterminado momento en que lo dijo. Porque si se te ocurre decir: "cariño, no recuerdo que en algún momento me hayas informado de que hay que ir a...". Y ella sin cortarse un pelo recurrirá, hecha un basilisco, a otra conocida frase: "Claro, como nunca me escuchas cuando te hablo".

Como he dicho, podría informar antes para que tú ya tengas previsto que vas a estar dos horas fuera de casa o concienciarte de que te toca visitar a la familia, no hay problema, ¿dónde está el problema? Pero no, parece que decirlo en el último minuto o segundo le da más emoción a su vida, mientras tú no tienes más remedio que claudicar, siempre en ese intento por agradar y eludir discusiones sin sentido.

Otro tema espinoso, ir de compras con tu pareja. Los hombres en este sentido también somos directos, sabemos qué necesitamos y vamos directamente a la sección donde se encuentra, si en ese comercio no lo encontramos a nuestro gusto, recurrimos a otro y lógicamente a la sección correspondiente. Si en el primer lugar no lo hemos encontrado, no solemos pasar del tercero, realizamos la compra de forma directa y rápida. La mujer tiene otro concepto de necesidad y búsqueda, como he comentado, otro concepto de tiempo. Te pide que la acompañes que será algo rápido y aunque conoces de sobra el procedimiento del famoso ir de compras de las mujeres, te lo crees una vez más y picas.

Ella necesita un pantalón, pero no puede conformarse con ir a la sección de pantalones, porque no sabemos qué misterio ocurre en todos y cada uno de los comercios que vas, que dicha sección está siempre al final. Y he dicho misterioso, porque el misterio se amplia con cada incursión de compras, ya sea pantalones, vestidos, medias o zapatos, dicha sección siempre está al fondo, aunque vayas a la misma tienda, todo cambia y tu pareja te hace recorrer todas y cada una de las secciones. Le informas dónde se encuentra la sección que busca, pero da igual, se para en todas y cada una de ellas aunque no necesite, por ejemplo, otro bolso.

Los pies te duelen, te aburres, estás cansado, tienes cosas mejores que hacer, pero ella es incansable y te utiliza de percha andante, llevando un modelo tras otro de lo que sea al probador donde te hace una nueva batería de preguntas peligrosas, cargas de profundidad perfectamente dirigidas: ¿Qué te parece? ¿Cómo me queda? ¿Me hace gorda? ¿Se me nota la celulitis?

Tus respuestas serán: Es bonito. Perfecto. No estás gorda. ¿Qué celulitis? Todas y cada una de estas respuestas tiene su consabida réplica, y cuidado, dale la razón porque de nuevo la discusión está al acecho. Aunque debes tener extrema precaución en el modo de darle la razón, porque puede pasar lo siguiente: "¿Lo ves?, nunca me echas cuenta". Y efectivamente es así, es obvio, porque se ha probado ya el mismo vestido de diferentes tallas o tonalidades y para ti es imposible captar la diferencia.

Porque esa es otra, la impresionante capacidad de la mujer en diferenciar hasta el más mínimo cambio de tono en un color y además, dando muestras de sus increíbles dotes para este menester, darle nombre a cada uno de los distintos tonos. Donde tú ves un violeta claro, normal y oscuro, ella ve un malva, un lila y un morado y encima te lo explica! De hecho, yo creo que la gama de colores del Photoshop lo ha tenido que crear una mujer, porque si lo hubiera hecho un hombre no habrían salido tropecientos tipos de color, si no los ocho básicos y sus diferentes versiones de clarito y oscuro y para de contar.

Y cuidado, que no se conforma con visitar una tienda donde ya ha comprado lo que buscaba, sino que en su errante deambular por la zona comercial de la ciudad no falla el querer investigar en cada comercio. Ella te dice: "voy a mirar aquí un momentito". Tú, cansado de hacer de percha, le dices: "mejor te espero aquí fuera". Pues no, mejor hubiera sido irte a un bar, porque "un momentito" es otra medida de tiempo indeterminada que no sabes cuánto es capaz de estirarse. Y ellas saben cómo estirar el tiempo, algo que sigue siendo un misterio para la ciencia.

Lo que sí sabes es que ya has perdido el día entero, sabes que no se va comprar nada de lo que se está probando, sabes, por supuesto, que tendrás bronca. No podemos llegar a imaginar el extraño placer en probarse ropa nueva que no piensa ni de lejos adquirir, no podemos llegar a imaginar qué mecanismo hace que mire varias veces el mismo escaparate que ha explorado hasta el mínimo detalle anteriormente o que investigue en cada tienda que se cruza en su camino. Resignación, calla, síguela por los pasillos, asiente a cada comentario e intenta busca una buena excusa para el próximo día que se le ocurra ir de compras.

Bueno, vamos a ir terminando y espero que este artículo no le resulte ofensivo a ninguna fémina, nada más lejos de mi intención, que es la de retratar la realidad y hacer sonreír, porque seguro que muchos os habréis sentido identificados con alguna de las escenas que he descrito.

Por cierto, no quiero despedirme sin avisar de otra extendida costumbre femenina: pensar en voz alta mientras deambula por casa. Mucho cuidado, es una forma más de lanzar mensajes subliminales cuyo significado nunca serás capaz de imaginar y que, según cómo lo interpretes, pueden tener resultados catastróficos.

Podría extenderme mucho más en estos asuntos entre hombres y mujeres, pero mi pareja está detrás mía, leyendo por encima del hombro y al ver su rostro serio, le he preguntado: "¿Qué te pasa, cariño?". Y ella me ha respondido con una de las palabras más temidas: "Nada".

José Luis Carranco

 

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Comentarios 

 
+12 #1 No Name 30-08-2011 10:16
Buenísimo, como todos. Creo que todos nos hemos visto reflejados en este artículo :D :D :D
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+11 #2 Carmen A. 31-08-2011 08:30
Muy bueno. Se nota que está escrito desde la parte masculina, normal al ser su autor un hombre, pero tengo que reconocer que es así, me he visto retratada, y es verdad que las mujeres sabemos como utilizar el lenguaje, el hombre no, será por eso que no nos comprenden. Me ha divertido mucho este articulo y me he reido bastante, no lo veo ofensivo para nada, todo lo contrario, es la realidad, peor como dice José Luis, con matices. :lol: :lol:
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+7 #3 NONO 26-10-2011 17:57
TIENES MAS RAZON QUE UN SANTO. JAJAJJAJAJAJ
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-3 #4 lkjasdasd 12-03-2014 12:45
Muy largoooo...u.u
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+1 #5 inralei 03-08-2016 21:40
Sin ningun pero, TAL CUAL
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