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EL BASTON DEL PAPA

Miguel Ángel trabajó cuatro años y medio en la bóveda de la Capilla Sixtina, echado boca arriba sobre los andamios, con los ojos mirando hacia el techo. Había buscado todos los medios para rehuir el encargo, pero el Papa Julio II no quiso atender a razones.

-Esa bóveda la pintarás tú.
-Pero, Santidad, yo soy escultor... Hay tantos pintores... ¿Por qué no se lo encarga al joven Rafael?
-Cuando me interese Rafael, ya sabré dónde encontrarlo. Este trabajo me lo harás tú y nadie más.


Atemorizado por la mole del trabajo, el artista mandó venir a cinco pintores florentinos para que lo ayudaran en tamaña empresa. Al cabo de unas semanas ya los había mandado de nuevo a sus casas.

-Sois unos aprendices, no os encargaría pintar ni la pared de la cocina de mi casa. No me queda más remedio que hacerlo solo.

El Papa Julio, que era viejo y deseaba ver terminada la obra antes de morir, se presentaba con excesiva frecuencia en la capilla atestada de maderos y andamios.

-¿Qué tal por ahí arriba? ¿Terminarás algún día?

El murmullo que le llegaba desde arriba era casi siempre ininteligible, pero expresaba muy claramente el deseo de Miguel Ángel de que lo dejaran en paz.

-He preguntado cómo van las cosas. ¿Cuándo te decidirás a acabar?
-Cuando llegue al fondo, Santidad.
-Insolente. Ahora subo ahí y me vas a conocer.

Lógicamente, la edad y los achaques del pontífice le impedía trepar por escalas y andamios para poder llegar hasta donde estaba el artista.

-¿Ves este bastón? Si me vuelves a responder con esas formas te lo rompo en la cabeza.
-¿Y por qué no me dais una mano en lugar de agitarme el bastón ante las narices?
-¡Eres imposible! Pero recuerda lo que te he dicho.

Julio II volvía a bajar protestando, mientras miraba dónde ponía los pies y después de unos días volvía a la carga. Pero Miguel Ángel no le hacía el menor caso y es hasta posible que aquel Papa guerrero y malencarado  estuviera contento de haber hallado un temperamento tal que no se amilanaba ante él y que le respondía con el mismo tono.

Miguel Ángel tenía temperamento de sobra hasta para vender. Una vez pidió setenta ducados por un retrato realizado a un gentilhombre, recibió sólo cuarenta. Devolvió inmediatamente el dinero al remitente, precisando que ahora el precio era de cien en vez de setenta. El otro, pensando que fuera una broma, le mandó setenta, pero de la misma forma le fueron devueltos con una nota en que le anunciaba que el precio era de ciento cuarenta. En vista de que Miguel Ángel no cedía, finalmente el avaro se decidió a enviarle lo que pedía por miedo a ver aumentado aún más el precio.

El pintor de la Capilla Sixtina estaba hecho así, era duro como el acero e hiriente como una fusta, sobre todo con los pintores aficionados, que según él, maltrataban el arte. A uno de estos que le mostró la pintura de una "Piedad" pidiéndole su opinión le respondió secamente:

-Sí, no hay nada que decir, da pena verla.

EL ARTISTA INQUIETO

El único artista del Renacimiento con quien Miguel Ángel puede ser comparado es Leonardo, con el que el huraño escultor se llevaba fatal y con el que compartió el genio y la búsqueda casi afanosa de nuevas formas de expresión. Prefería la escultura a la pintura porque le atraía profundamente poder palpar la belleza del ser humano, pero eso no quitó que fuera capaz de imprimir la misma grandiosa vitalidad a sus pinturas.

El padre de Miguel Ángel ingresó a su hijo en el taller de Ghirlandaio, un escultor muy estimado, pero el joven no aprendió gran cosa de aquel maestro ya superado y sacó mucho más de la observación directa de la naturaleza.

La realización de la Piedad con tan sólo veintitrés años, le dio fama y también riqueza, parte de la cual siempre reservó para los más pobres. Su carácter era cerrado y extremadamente huraño, no faltando a lo largo de toda su vida disputas y litigios. Ni siquiera el mismísimo Papa Julio II se libró de tal carácter del que, aunque parezca mentira, se puede decir que nació una extraña amistad con sus frecuentes disputas y broncas al mismo nivel.

La impresionante cúpula de San Pedro reveló también sus dotes para la arquitectura, mientras que la defensa de Florencia puso de manifiesto su ingenio militar. Con ganas de hacerse con sus servicios, el Papa Pablo III, un gran admirador de su obra, le concedió una paga vitalicia de mil doscientas coronas, que para la época era una cantidad bastante respetable. A su muerte, los funerales romanos y florentinos fueron una apoteosis y un reconocimiento masivo de tu extraordinario genio.

Ahora veamos someramente su biografía...

Miguel Ángel Buonarotti, nació en Caprese, en 1475 y murió en Roma, en 1564. Escultor, pintor y arquitecto, fue un hombre cuya excepcional personalidad artística dominó el panorama creativo del siglo XVI junto a Leonardo da Vinci y cuya figura está en la base de la concepción del artista como un ser fuera de lo común, que rebasa ampliamente las convenciones ordinarias.

Durante los cerca de setenta años que duró su carrera, Miguel Ángel cultivó por igual la pintura, la escultura y la arquitectura, con resultados extraordinarios en cada una de estas facetas artísticas. Sus coetáneos veían en las realizaciones de Miguel Ángel una cualidad, denominada terribilità, a la que puede atribuirse la grandeza de su genio. Dicho término se refiere a aspectos como el vigor físico, la intensidad emocional y el entusiasmo creativo, verdaderas constantes en las obras de este creador que les confieren su grandeza y su personalidad inimitables.

La vida de Miguel Ángel transcurrió entre Florencia y Roma, ciudades en las que dejó sus obras maestras. Aprendió algo de pintura en el taller de Ghirlandaio, aunque decididamente no escultura, en la que se instruyó en el jardín de los Médicis, que habían reunido una excepcional colección de estatuas antiguas. Dio sus primeros pasos haciendo copias de frescos de Giotto o de Masaccio que le sirvieron para definir su estilo.

En 1496 se trasladó a Roma, donde realizó dos esculturas que lo proyectaron a la fama: el Baco y la Piedad de San Pedro. Esta última, su obra maestra de los años de juventud, es una escultura de gran belleza y de un acabado impecable que refleja su maestría técnica.

Al cabo de cinco años regresó a Florencia, donde recibió diversos encargos, entre ellos el David, que representa la belleza perfecta y sintetiza los valores del humanismo renacentista.

En 1505, cuando trabajaba en el boceto preparatorio de la Batalla de Cascina (inconclusa) para el Palazzo Vecchio, el Papa Julio II lo llamó a Roma para que esculpiera su tumba. Miguel Ángel trabajó en esta obra hasta 1545 y sólo terminó tres estatuas, el Moisés y dos Esclavos. Dejó a medias varias estatuas de esclavos que se cuentan en la actualidad entre sus realizaciones más admiradas, ya que permiten apreciar cómo extraía literalmente de los bloques de mármol unas figuras que, como él mismo decía, ya se encontraban en su interior.

Julio II le pidió que decorase el techo de la Capilla Sixtina, encargo que Miguel Ángel se resistió a aceptar, puesto que se consideraba ante todo un escultor, pero que se convirtió finalmente en su creación más sublime. Alrededor de las escenas centrales, que representan episodios del Génesis, se despliega un conjunto de profetas, sibilas y jóvenes desnudos, en un todo unitario dominado por dos cualidades esenciales: belleza física y energía dinámica.

En 1516, regresó a Florencia para ocuparse de la fachada de San Lorenzo, obra que le dio muchos quebraderos de cabeza y que por último no realizó. Pero el artista proyectó para San Lorenzo dos obras magistrales: la Biblioteca Laurenciana y la capilla Medicea o Sacristía Nueva. Ambas realizaciones son en el aspecto arquitectónico herederas de la obra de Brunelleschi, aunque la singular escalera de acceso a la biblioteca, capaz de crear un particular efecto de monumentalidad en el escaso espacio existente, sólo puede ser obra del genio de Miguel Ángel. La capilla Medicea alberga dos sepulturas que incluyen la estatua del difunto y las figuras magistrales del Día, la Noche, la Aurora y el Crepúsculo.

En 1534, Miguel Ángel se estableció definitivamente en Roma, donde realizó el fresco del Juicio Final en la capilla Sixtina y supervisó las obras de la basílica de San Pedro, en la que modificó sustancialmente los planos y diseñó la cúpula, que es obra suya. Su otra gran realización arquitectónica fue la finalización del Palacio Farnesio, comenzado por Sangallo el Joven.

Miguel Ángel triunfó en todas las artes en las su genio inquieto le hizo sumergirse, caracterizándose siempre por su perfeccionismo. La escultura, según siempre declaraba, era su predilecta y la primera a la que se dedicó. A continuación, la pintura, casi como una imposición por parte de Julio II, y que se concretó en una obra excepcional que magnifica la bóveda de la Capilla Sixtina y ya en sus últimos años, realizó proyectos arquitectónicos del que hay que resaltar el proyecto final de San Pedro, que fueron precursores de lo que luego sería la arquitectura barroca.

Miguel Ángel Buonarotti, junto a Leonardo da Vinci, fueron sin duda los genios que dieron forma y vida al Renacimiento y que inspiraron con su obra un futuro que sigue influyendo hoy día a artistas de todo el mundo y que es posible que aún nos depare más sorpresas. Pero personalmente tengo que reconocer que para mí, la obra de Miguel Ángel fue mucho más extensa que la del soñador Leonardo, que dejó más bocetos que obras acabadas en sí mismas, muy alejado del nivel productivo del autor de la sin igual Capilla Sixtina, aunque la fama de aquel nos parezca mayor hoy, la de Miguel Ángel la superó en su día sobradamente a todos los niveles.

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